aire más desenvuelto del mundo-, le escribí que me enviase cincuenta
luises, de los que estaba
absolutamente necesitado dada la posición en que me hallaba...
-¿Y?
-Y... no debe estar en sus tierras, porque no me ha contestado.
-¿De veras?
-Sí. Ayer incluso le dirigí una segunda epístola, más
apremiante aún que la primera. Pero estáis
vos aquí, querido amigo, hablemos de vos. Os confieso que comenzaba a
tener cierta inquietud
por culpa vuestra.
-Pero vuestro hostelero se ha comportado bien con vos, según parece,
mi querido Porthos -dijo
D'Artagnan señalando al enfermo las cacerolas llenas y las botellas vacías.
-iAsí, así! -respondió Porthos-. Hace tres o cuatro días
que el impertinente me ha subido su
cuenta, y yo les he puesto en la puerta, a su cuenta y a él, de suerte
que estoy aquí como una
especie de ven cedor, como una especie de conquistador. Por eso, como veis,
temiendo a cada
momento ser violentado en mi posición, estoy armado hasta los dientes.
-Sin embargo -dijo riendo D'Artagnan-, me parece que de vez en cuando hacéis
salidas.
Y señalaba con el dedo las botellas y las cacerolas.
-¡No yo, por desgracia! -dijo Porthos-. Este miserable esguince me retiene
en el lecho; es
Mosquetón quien bate el campo y trae víve res. Mosquetón,
amigo mío -continuó Porthos-, ya veis
que nos han llegado refuerzos, necesitaremos un suplemento de vituallas.
-Mosquetón - dijo D'Artagnan-, tendréis que hacerme un favor.
-¿Cuál, señor?
-Dad vuestra receta a Planchet; yo también podría encontrarme
sitiado, y no me molestaría
que me hicieran gozar de las mismas ventajas con que vos gratificáis
a vuestro amo.
-¡Ay, Dios mío, señor! -dijo Mosquetón con aire modesto-.
Na da más fácil. Se trata de ser
diestro, eso es todo. He sido educado en el campo, y mi padre, en sus momentos
de apuro, era
algo furtivo.
-Y el resto del tiempo, ¿qué hacía?
-Señor, practicaba una industria que a mí siempre me ha parecido
bastante afortunada.
-¿Cuál?
-Como era en los tiempos de las guerras de los católicos y de los hugonotes,
y como él veía a
los católicos exterminar a los hugonotes, y a los hugonotes exterminar
a los católicos, y todo en
nombre de la religión, se había hecho una creencia mixta, lo que
le permitía ser tan pronto
católico como hugonote. Se paseaba habitualmente, con la escopeta al
hombro, detrás de los
setos que bordean los caminos, y cuando veía venir a un católico
solo, la religión protestante
dominaba en su espíritu al punto. Bajaba su escopeta en dirección
del viajero; luego, cuando
estaba a diez pasos de él, entablaba un diálogo que terminaba
casi siempre por al abandono que
el viajero hacía de su bolsa para salvar la vida. Por supuesto, cuando
veía venir a un hugonote,
se sentía arrebatado por un celo católico tan ardiente que no
comprendía cómo un cuarto de
hora antes había podido tener dudas sobre la superioridad de nuestra
santa religión. Porque yo,
señor, soy católico; mi padre, fiel a sus principios, hizo a mi
hermano mayor hugonote.
-¿Y cómo acabó ese digno hombre? -preguntó D'Artagnan.
-¡Oh! De la forma más desgraciada, señor. Un día
se encontró cogido en una encrucijada entre
un hugonote y un católico con quienes ya había tenido que vérselas
y le reconocieron los dos, de
suerte que se unieron contra él y lo colgaron de un árbol; luego
vinieron a vanagloriarse del
hermoso desatino que habían hecho en la taberna de la primera aldea,
donde estábamos
bebiendo nosotros, mi hermano y yo.
-¿Y qué hicisteis? -dijo D'Artagnan.
-Les dejamos decir -prosiguió Mosquetón-. Luego, como al salir
de la taberna cada uno tomó
un camino opuesto, mi hermano fue a emboscarse en el camino del católico,
y yo en el del
protestante. Dos horas después todo había acabado, nosotros les
habíamos arreglado el asunto a
cada uno, admirándonos al mismo tiempo de la previsión de nuestro
pobre padre, que había
tomado la precaución de educar nos a cada uno en una religión
diferente.
-En efecto, como decís, Mosquetón, vuestro padre me parece que
fue un mozo muy
inteligente. ¿Y decís que, en sus ratos perdidos, el buen hombre
era furtivo?
-Sí, señor, y fue él quien me enseñ a anudar un
lazo y a colocar una caña. Por eso, cuando yo
vi que nuestro bribón de hostelero nos alimentaba con un montón
de viandas bastas, buenas
sólo para pata nes, y que no le iban a dos estómagos tan debilitados
