Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

    LIBROS GRATIS

    Libros Gratis
    Libros para Leer Online
    Recetas de Cocina
    Letras de Tangos
    Guia Medica
    Filosofia
    Derecho Privado



-¡Oh, Dios mío, claro que sí! Ayer incluso escribió; pero esta vez ha sido su doméstico el que ha
puesto la carta en la posta.
-¿Y decís que la procuradora es vieja y fea?
-Unos cincuenta años por lo menos, señor, no muy bella, según lo que ha dicho Pathaud.
-En tal caso, estad tranquilo, se dejará enternecer; además Porthos no puede deberos gran
cosa.
-¡Cómo que no gran cosa! Una veintena de pistolas ya, sin contar el médico. No se priva de
nada; se ve que está acostumbrado a vivir bien.
-Bueno, si su amante le abandona, encontrará amigos, os lo aseguro. Por eso, mi querido
hostelero, no tengáis ninguna inquietud, y continuad teniendo con él todos los cuidados que
exige su estado.
-El señor me ha prometido no hablar de la procuradora y no decir una palabra de la herida.
-Está convenido; tenéis mi palabra.
-¡Oh, es que me mataría!
-No tengáis miedo; no es tan malo como parece.
Al decir estas palabras, D'Artagnan subió la escalera, dejando a su huésped un poco más
tranquilo respecto a dos cosas que parecían preocuparle: su deuda y su vida.
En lo alto de la escalera, sobre la puerta más aparente del corredor, había trazado, con tinta
negra, un número uno gigantesco; D'Ar tagnan llamó con un golpe y, tras la invitación a pasar
adelante que le vino del interior, entró.
Porthos estaba acostado y jugaba una partida de sacanete con Mos quetón para entretener la
mano, mientras un asador cargado con perdices giraba ante el fuego y en cada rincón de una
gran chimenea hervían sobre dos hornillos dos cacerolas de las que salía doble olor a estofado de conejo y a caldereta de pescado que alegraba el olfato. Además, lo alto de un secreter y el
mármol de una cómoda estaban cubier tos de botellas vacías.
A la vista de su amigo Porthos lanzó un gran grito de alegría y Mosquetón, levantándose
respetuosamente, le cedió el sitio y fue a echar una ojeada a las cacerolas de las que parecía
encargase particularmente.
-¡Ah! Pardiez sois vos -dijo Porthos a D'Artagnan-; sed bienvenidos, y excusadme si no voy
hasta vos. Pero -añadió mirando a D'Artagnan con cierta inquietud- vos sabéis lo que me ha
pasado.
-No.
-¿El hostelero no os ha dicho nada?
-Le he preguntado por vos y he subido inmediatamente.
Porthos pareció respirar con mayor libertad.
-¿Y qué os ha pasado, mi querido Porthos? -continuó D'Artagnan.
-Lo que me ha pasado fue que al lanzarme a fondo sobre mi ad versario, a quien ya había dado
tres estocadas, y con el que quería acabar de una cuarta, mi pie fue a chocar con una piedra y
me torcí una rodilla.
-¿De verdad?
-¡Palabra de honor! Afortunadamente para el tunante, porque no lo habría dejado sino muerto
en el sitio, os lo garantizo.
-¿Y qué fue de él?
-¡Oh, no sé nada! Ya tenía bastante, y se marchó sin pedir lo que faltaba; pero a vos, mi
querido D'Artagnan, ¿qué os ha pasado?
-¿De modo, mi querido Porthos -continuó D'Artagnan-, que ese esguince os retiene en el
lecho?
-¡Ah, Dios mío, sí, eso es todo! Por lo demás, dentro de pocos días ya estaré en pie.
-Entonces, ¿por qué no habéis hecho que os lleven a París? De béis aburriros cruelmente aquí.
-Era mi intención, pero, querido amigo, es preciso que os confiese una cosa.
- Cuál?
- Es que, como me aburría cruelmente, como vos decís, y tenía en mi bolsillo las sesenta y
cinco pistolas que vos me habéis dado, para distraerme hice subir a mi cuarto a un gentilhombre
que estaba de paso y al cual propuse jugar una partidita de dados. El aceptó y, por mi honor, mis
sesenta y cinco pistolas pasaron de mi bolso al suyo, además de mi caballo, que encima se llevó
por añadidura. Pero ¿y vos, mi queri do D'Artagnan?
-¿Qué queréis, mi querido Porthos? No se puede ser afortunado en todo -dijo D'Artagnan-; ya
sabéis el proverbio: «Desgraciado en el juego, afortunado en amores.» Sois demasiado
afortunado en amo res para que el juego no se vengue; pero ¡qué os importan a vos los reveses
de la fortuna! ¿No tenéis, maldito pillo que sois, no tenéis a vuestra duquesa, que no puede dejar
de venir en vuestra ayuda?
-Pues bien, mi querido D'Artagnan, para que veáis mi mala suerte -respondió Porthos con el


 

 
 

Copyright (C) 1996- 2000 Escolar.com, All Rights Reserved. This web site or any pages within may not be reporoduced without express written permission