-Sí, yo.
-¿Y cómo la conocéis?
-¡Oh, señor! Si yo creyera poder confiarme a vuestra discreción
. . .
-Hablad, y a fe de gentilhombre que no tendréis que arrepentiros de vuestra
confianza.
-Pues bien, señor, ya sabéis, la inquietud hace hacer muchas cosas.
-¿Qué habéis hecho?
-¡Oh! Nada que no esté en el derecho de un acreedor.
- Y...?
- El señor Porthos nos ha entregado un billete para esa duquesa, encargándonos
echarlo al
correo. Su doméstico no había llegado todavía. Como no
podía dejar su habitación, era preciso
que nos hiciéramos cargo de sus recados.
-¿Y después?
-En lugar de echar la carta a la posta, cosa que nunca es segura, aproveché
la ocasión de uno
de mis mozos que iba a Paris y le ordené entregársela a la duquesa
en persona. Era cumplir con
las intenciones del señor Porthos, que nos había encomendado encarecidamente
aquella carta,
¿no es así?
-Más o menos.
-Pues bien, señor, ¿sabéis lo que es esa gran dama?
-No; yo he oído hablar a Porthos de ella, eso es todo.
-¿Sabéis lo que es esa presunta duquesa?
-Os repito, no la conozco.
-Es una vieja procuradora del Châtelet, señor, llamada señora
Coquenard, la cual tiene por lo
menos cincuenta años y se da incluso aires de estar celosa. Ya me parecía
demasiado singular
una princesa viviendo en la calle aux Ours.
-¿Cómo sabéis eso?
-Porque montó en gran cólera al recibir la carta, diciendo que
el señor Porthos era un veleta y
que además habría recibido la estocada por alguna mujer.
-Pero entonces, ¿ha recibido una estocada?
-¡Ah Dios mío! ¿Qué he dicho?
-Habéis dicho que Porthos había recibido una estocada.
-Sí, pero él me había prohibido terminantemente decirlo.
-Y eso, ¿por qué?
-¡Maldita sea! Señor, porque se había vanagloriado de perforar
a aquel extraño con el que vos
lo dejasteis peleando, y fue por el contrario el extranjero el que, pese a todas
sus baladronadas,
le hizo morder el polvo. Pero como el señor Porthos es un hombre muy
glorioso, excepto para la
duquesa, a la que él había creído interesar haciéndole
el relato de su aventura, no quiere
confesar a nadie que es una estocada lo que ha recibido.
-Entonces, ¿es una estocada lo que le retiene en su cama?
-Y una estocada magistral, os lo aseguro. Es preciso que vuestro amigo tenga
siete vidas como
los gatos.
-¿Estabais vos all'?
-Señor, yo los seguí por curiosidad, de suerte que vi el combate
sin que los combatientes me
viesen.
-¿Y cómo pasaron las cosas?
-Oh la cosa no fue muy larga, os lo aseguro; se pusieron en guardia; el extranjero
hizo una
finta y se lanzó a fondo; todo esto tan rápidamente que cuando
el señor Porthos llegó a la
parada, tenía ya tres pulgadas de hierro en el pecho. Cayó hacia
atrás. El desconocido le puso al
punto la punta de su espada en la garganta, y el señor Porthos, viéndose
a merced de su
adversario, se declaró vencido. A lo cual el desconocido le pidió
su nombre, y al enterarse de que
se llamaba Porthos y no señor D'Artagnan, le ofreció su brazo, le
trajo al hostal, montó a caballo
y desapareció.
-¿Así que era al señor D'Artagnan al que quería ese
desconocido?
-Parece que sí.
-¿Y sabéis vos qué ha sido de él?
-No, no lo había visto hasta entonces y no lo hemos vuelto a ver después.
-Muy bien; sé lo que quería saber. Ahora, ¿decís que
la habita ción de Porthos está en el primer
piso, número uno?
-Sí, señor, la habitación más hermosa del albergue,
una habita ción que ya habría tenido diez
ocasiones de alquilar.
-¡Bah! Tranquilizaos -dijo D'Artagnan riendo-. Por thos os pagará
con el dinero de la duquesa
Coquenard.
-¡Oh, señor! Procuradora o duquesa si soltara los cordones de su
bolsa, nada importaría; pero
ha respondido taxativamente que es taba harta de las exigencias y de las infidelidades
del señor
Porthos, y que no le enviaría ni un denario.
-¿Y vos habéis dado esa respuesta a vuestro huésped?
-Nos hemos guardado mucho de ello: se habría dado cuenta de la forma en
que habíamos
hecho el encargo.
-Es decir, que sigue esperando su dinero.
