ha prevenido que nuestras orejas responderán por nuestra lengua.
-¡Y bien! ¿Puedo ver a Porthos?
-Desde luego, señor. Tomad la escalera, subid al primero y llamad en
el número uno. Sólo que
prevenidle que sois vos.
-¡Cómo! ¿Que le prevenga que soy yo?
-Sí porque os podría ocurrir alguna desgracia.
-¿Y qué desgracia queréis que me ocurra?
-El señor Porthos puede tomaros por alguien de la casa y en un movimiento
de cólera pasaros
su espada a través del cuerpo o saltaros la tapa de los sesos.
-¿Qué le habéis hecho, pues?
-Le hemos pedido el dinero.
-¡Ah, diablos! Ya comprendo; es una petición que Porthos recibe
muy mal cuando no tiene
fondos; pero yo sé que debía tenerlos.
-Es lo que nosotros hemos pensado, señor; como la casa es muy regular
y nosotros hacemos
nuestras cuentas todas las semanas, al cabo de ocho días le hemos presentado
nuestra nota;
pero parece que hemos llegado en un mal momento, porque a la primera palabra
que hemos
pronunciado sobre el tema, nos ha enviado al diablo; es cierto que la víspera
había jugado.
-¿Cómo que había jugado la víspera? ¿Y con
quién?
-¡Oh, Dios mío! Eso, ¿quién lo sabe? Con un señor
que estaba de paso y al que propuso una
partida de sacanete.
-Ya está, el desgraciado lo habrá perdido todo.
-Hasta su caballo, señor, porque cuando el extraño iba a partir,
nos hemos dado cuenta de que
su lacayo ensillaba el caballo del señor Porthos. Entonces nosotros le
hemos hecho la
observación, pero nos ha respondido que nos metiésemos en lo que
nos importaba y que aquel
caballo era suyo. En seguida hemos informado al señor Porthos de lo que
pasaba, pero él nos ha
dicho que éramos unos bellacos por dudar de la palabra de un gentilhombre,
y que, dado que él
había dicho que el caballo era suyo, era necesario que así fuese.
-Lo reconozco perfectamente en eso -murmuró D'Artagnan.
-Entonces -continuó el hostelero-, le hice saber que, desde el momento
en que parecíamos
destinados a no entendernos en el asunto del pago, esperaba que al menos tuviera
la bondad de
conceder el honor de su trato a mi colega el dueño del Aigle d'Or; pero
el señor Porthos me
respondió que mi hostal era el mejor y que deseaba quedarse en él.
Tal respuesta era demasiado
halagadora para que yo insistiese en su partida. Me limité, pues, a rogarle
que me devolviera su
habitación, que era la más hermosa del hotel, y se contentase
con un precioso gabinetito en el
tercer piso. Pero a esto el señor Porthos respondió que como esperaba
de un momento a otro a
su amante, que era una de las mayores damas de la corte yo debía comprender
que la habitación
que el me hacía el honor de habitar en mi casa era toda vía mediocre
para semejante persona.
Sin embargo, reconociendo y todo la verdad de lo que decía, creí
mi deber insistir; pero sin
tomarse siquiera la molestia de entrar en discusión conmigo, cogió
su pistola, la puso sobre su
mesilla de noche y declaró que a la primera palabra que se le dijera
de una mudanza cualquiera,
fuera o dentro del hostal, abriría la tapa de los sesos a quien fuese
lo bastante imprudente para
meterse en una cosa que no le importaba más que él. Por eso, señor,
desde ese momento nadie
entra ya en su habitación, a no ser su doméstico.
-¿Mosquetón está, pues, aquí?
-Sí, señor; cinco días después de su partida ha
vuelto del peor humor posible; parece que él
también ha tenido sinsabores durante su viaje. Por desgracia, es más
ligero de piernas que su
amo, lo cual hace que por su amo ponga todo patas arriba, dado que, pensando
que po dría
nagársele lo que pide, coge cuanto necesita sin pedirlo.
-El hecho es -respondió D'Artagnan- que siempre he observa do en Mosquetón
una adhesión y
una inteligencia muy superiores.
-Es posible, señor; pero suponed que tengo la oportunidad de ponerme
en contacto, sólo
cuatro veces al año, con una inteligencia y una adhesión semejantes,
y soy un hombre arruinado.
-No, porque Porthos os pagará.
-¡Hum! -dijo el hostelero en tono de duda.
-Es el favorito de una gran dama que no lo dejará en el apuro por una
miseria como la que os
debe...
-Si yo me atreviera a decir lo que creo sobre eso...
-¿Qué creéis vos?
-Yo diría incluso más: lo que sé.
-¿Qué sabéis?
-E incluso aquello de que estoy seguro.
-Veamos, ¿y de qué estáis seguro?
-Yo diría que conozco a esa gran dama.
-¿Vos?
