camino. Resultaba de ello que sin cesar tenía el sombrero en la mano,
lo que le valía severas
reprimendas de parte de D'Artagnan, quien temía que, debido a tal exceso
de cortesía, se le
tomase por un criado de un hombre de poco valer.
Sin embargo, sea que efectivamente los viandantes quedaran con movidos por la
urbanidad de
Planchet, sea que aquella vez ninguno fue apostado en la ruta del joven, nuestros
dos viajeros
llegaron a Chantilly sin accidente alguno y se apearon ante el hostal del Grand
Saint Martin, el
mismo en el que se habían detenido durante su primer viaje.
El hoste lero, al ver al joven seguido de su lacayo y de dos caballos de mano,
se adelantó
respetuosamente hasta el umbral de la puerta. Ahora bien, como ya había
hecho once leguas,
D'Artagnan juzgó a propósito detenerse, estuviera o no estuviera
Porthos en el hostal. Además,
quizá no fuera prudente informarse a la primera de lo que había
sido del mosquetero. Resultó de
estas reflexiones que D'Artagnan, sin pedir ninguna noticia de lo que había
ocurrido, se apeó,
encomendó los caballos a su lacayo, entró en una pequeña
habitación destinada a recibir a
quienes deseaban estar solos, y pidió a su hostelero una botella de su
mejor vino y el mejor
desayuno posible, petición que corroboró más aún
la buena opinion que el alberguista se había
hecho de su viajero a la primera ojeada.
Por eso D'Artagnan fue servido con una celeridad milagrosa.
El regimiento de los guardias se reclutaba entre los primeros gentilhombres
del reino, y
D'Artagnan, seguido de un lacayo y viajando con cuatro magníficos caballos,
no podía, pese a la
sencillez de su uniforme, dejar de causar sensación. El hostelero quiso
servirle en persona; al ver
lo cual, D'Artagnan hizo traer dos vasos y entabló la siguiente conversación:
-A fe mía, mi querido hostelero -dijo D'Artagnan llenando los dos vasos-,
os he pedido vuestro
mejor vino, y si me habéis engañado vais a ser castigado por donde
pecasteis, dado que como
detesto beber solo, vos vais a beber conmigo. Tomad, pues, ese vaso y bebamos.
¿Por qué
brindaremos, para no herir ninguna suceptibilidad? ¡Bebamos por la prosperidad
de vuestro
establecimiento!
-Vuestra señoría me hace un honor -dijo el hostelero-, y le agradezco
sinceramente su buen
deseo.
-Pero no os engañis - dijo D'Artagnan-, hay quizá más egoísmo
de lo que pensáis en mi
brindis: sólo en los establecimientos que prosperan le recibien bien
a uno; en los hostales en
decadencia todo va manga por hombro, y el viajero es víctima de los apuros
de su huésped; pero
yo que viajo mucho y sobre todo por esta ruta, quisiera ver a todos los alberguistas
hacer
fortuna.
-En efecto -dijo el hostelero-, me parece que no es la primera vez que tengo
el honor de ver al
señor.
-Bueno, he pasado diez veces quizá por Chantilly, y de las diez veces
tres o cuatro por lo
menos me he detenido en vuestra casa. Mirad, la última vez hará
diez o doce días
aproximadamente; yo acompañaba a unos amigos, mosqueteros, y la prueba
es que uno de ellos
se vio envuelto en una disputa con un extraño, con un desconocido, un
hombre que le buscó no
sé qué querella.
-¡Ah! ¡Sí, es cierto! -dijo el hostelero-. Y me acuerdo perfecta
mente. ¿No es del señor Porthos
de quien Vuestra Señoría quiere hablarme?
-Ese es precisamente el nombre de mi compañero de viaje. ¡Dios
mío! Querido huésped,
decidme, ¿le ha ocurrido alguna desgracia?
-Pero Vuestra Señoría tuvo que darse cuenta de que no pudo con
tinuar su viaje.
-En efecto, nos había prometido reunirse con nosotros, y no lo hemos
vuelto a ver.
-El nos ha hecho el honor de quedarse aquí.
- Cómo? ¿Os ha hecho el honor de quedarse aquí?
- Sí, señor, en el hostal; incluso estamos muy inquietos.
-¿Y por qué?
-Por ciertos gastos que ha hecho.
-¡Bueno, los gastos que ha hecho él los pagará!
-¡Ay, señor, realmente me ponéis bálsamo en la sangre!
Hemos hecho fuertes adelantos, y esta
mañana incluso el cirujano nos declaraba que, si el señor Porthos
no le pagaba, sería yo quien
tendría que hacerse cargo de la cuenta, dado que era yo quien le había
enviado a buscar.
-Pero, entonces, ¿Porthos está herido?
-No sabría decíroslo, señor.
-¿Cómo que no sabríais decírmelo? Sin embargo, vos
deberíais estar mejor informado que
nadie.
-Sí, pero en nuestra situación no decimos todo lo que sabemos,
señor, sobre todo porque nos
