-¿Y quién ha venido? Vamos, habla.
-El señor de Cavois.
-¿El señor de Cavois?
-En persona.
-¿El capitán de los guardias de Su Eminencia?
-El mismo.
-¿Venía a arrestarme?
-Es lo que me temo, señor, y eso pese a su aire zalamero.
-¿Tenía el aire zalamero, dices?
-Quiero decir que era todo mieles, señor.
-¿De verdad?
-Venía, según dijo, de parte de Su Eminencia, que os quería
mu cho, a rogaros seguirle al Palais
Royal.
-Y tú, ¿qué le has contestado?
-Que era imposible, dado que estabais fuera de casa, como podía él
mismo ver.
-¿Y entonces qué ha dicho?
-Que no dejaseis de pasar por allí durante el día; luego ha añadido
en voz baja: «Dile a tu amo
que Su Eminencia está completamente dispuesto hacia él, y que
su fortuna depende quizá de esa
entrevista».
-La trampa es bastante torpe para ser del cardenal -repuso son riendo el joven.
-También yo he visto la trampa y he respondido que os desesperaríais
a vuestro regreso.
«Dónde ha ido?», ha preguntado el señor de Cavois.
«A Troyes, en Champagne», le he
respondido. «Y cuándo se ha marchado?» «Ayer tarde».
-Planchet, amigo mío -interrumpió D'Artagnan-, eres realmente
un hombre precioso.
-¿Comprendéis, señor? He pensado que siempre habría
tiempo, si deseáis ver al señor de
Cavois, de desmentirme diciendo que no os habíais marchado; sería
yo en tal caso quien habría
mentido, y como no soy gentilhombre, puedo mentir.
-Tranquilízate, Planchet, tu conservarás tu reputación
de hombre verdadero: dentro de un
cuarto de hora partimos.
-Es el consejo que iba a dar al señor; y, ¿adónde vamos,
si se puede saber?
-¡Pardiez! Hacia el lado contrario del que tú has dicho que había
ido. Además, ¿no tienes prisa
por tener nuevas con Grimaud, de Mos quetón y de Bazin, como las tengo
yo de saber qué ha
pasado de Athos, Porthos y Aramis?
-Claro que sí, señor -dijo Planchet-, y yo partiré cuando
queráis; el aire de la provincia nos va
mejor, según creo, en este momento que el aire de Paris. Por eso, pues...
-Por eso, pues, hagamos nuestro petate, Planchet y partamos; yo iré delante,
con las manos
en los bolsillos para que nadie sospeche nada. Tú te reunirás
conmigo en el palacio de los
Guardias. A propósito, Planchet, creo que times razón respecto
a nuestro huésped, y que
decididamente es un horrible canalla.
-¡Ah!, creedme, señor, cuando os digo algo; yo soy fisonomista,
y bueno.
D'Artagnan descendió el primero, como había convenido; luego,
para no tener nada que
reprocharse, se dirigió una vez más al domicilio de sus tres amigos:
no se había recibido ninguna
noticia de ellos; sólo una carta toda perfumada y de una escritura elegante
y menuda había
llegado para Aramis. D'Artagnan se hizo cargo de ella. Diez minutos después,
Planchet se reunió
en las cuadras del palacio de los Guardias. D'Artagnan, para no perder tiempo,
ya había ensillado
su caballo él mismo.
-Está bien -le dijo a Planchet cuando éste tuvo unido el maletín
de grupa al equipo-; ahora
ensilla los otros tres, y partamos.
-¿Creéis que iremos más deprisa con dos caballos cada uno?
-preguntó Planchet con aire
burlón.
-No, señor bromista -respondió D'Artagnan-, pero con nuestros
cuatro caballos podremos
volver a traer a nuestros tres amigos, si es que todavía los encontramos
vivos.
-Lo cual será una gran suerte -respondió Planchet-, pero en fin,
no hay que desesperar de la
misericordia de Dios.
-Amén -dijo D'Artagnan, montando a horcajadas en su caballo.
Y los dos salieron del palacio de los Guardias, alejándose cada uno por
una punta de la calle,
debiendo el uno dejar Paris por la barrera de La Villette y el otro por la barrera
de Montmartre,
para reunirse más allá de Saint-Denis, maniobra estratégica
que ejecutada con igual puntualidad
fue coronada por los más felices resultados. D'Artagnan y Planchet entraron
juntos en Pierrefitte.
Planchet estaba más animado, todo hay que decirlo, por el día
que por la noche.
Sin embargo, su prudencia natural no le abandonaba un solo instante; no había
olvidado
ninguno de los incidentes del primer viaje, y tenía por enemigos a todos
los que encontraba en
