Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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-¡Y bien, joven -le dijo-, parece que andamos de juerga! ¡Diablos, las siete de la mañana! Me
parece que os apartáis de las costumbres recibidas y que volvéis a la hora en que los demás
salen.
-No se os hará a vos el mismo reproche, maese Bonacieux -dijo el joven-, y sois modelo de las
gentes ordenadas. Es cierto que cuando se pone una mujer joven y bonita, no hay necesidad de
correr detrás de la felicidad; es la felicidad la que viene a buscaros, ¿no es así, señor Bonacieux?
Bonacieux se puso pálido como la muerte y muequeó una sonrisa.
-¡Ah, ah! - dijo Bonacieux-. Sois un compañero bromista. Pero ¿dónde diablos habéis andado de
correría esta noche, mi joven amigo? Parece que no hacía muy buen tiempo en los atajos.
D'Artagnan bajó los ojos hacia sus botas todas cubiertas de barro; pero en aquel movimiento
sus miradas se dirigieron al mismo tiempo hacia los zapatos y las medias del mercero; se hubiera
dicho que los había mojado en el mismo cenegal; unos y otros tenían manchas com pletamente
semejantes.
Entonces una idea súbi ta cruzó la mente de D'Artagnan. Aquel hombrecito grueso, rechoncho,
cuyos cabellos agrisaban ya, aquella especie de lacayo vestido con un traje oscuro, tratado sin
consideración por las gentes de espada que componían la escolta, era el mismo Bonacieux. El
marido había presidido el rapto de su mujer.
Le entraron a D'Artagnan unas terribles ganas de saltar a la garganta del mercero y de
estrangularlo; pero ya hemos dicho que era un muchacho muy prudente y se contuvo. Sin
embargo, la revolución que se había operado en su rostro era tan visible que Bonacieux quedó
espantado y trató de retroceder un paso; pero precisamente se encontraba delante del batiente
de la puerta, que estaba cerrada, y el obstáculo que encontró le forzó a quedarse en el mismo
sitio.
-¡Vaya, sois vos quien bromeáis, mi valiente amigo! -dijo D'Artagnan-. Me parece que si mis
botas necesitan una buena esponja, vuestras medias y vuestros zapatos también reclaman un
buen cepillado. ¿Es que también vos os habéis corrido una juerga, maese Bona ceux? ¡Diablos!
Eso sería imperdonable en un hombre de vuestra edad y que además tiene una mujer joven y
bonita como la vuestra.
-¡Oh, Dios mío, no! -dijo Bonacieux-. Ayer estuve en Saint-Mandé para informarme de una
sirvienta de la que no puedo prescindir, y como los caminos estaban en malas condiciones he
traído todo ese fango que aún no he tenido tiempo de hacer desaparecer.
El lugar que designaba Bonacieux como meta de correría fue una nueva prueba en apoyo de
las sospechas que había concebido D'Ar tagnan. Bonacieux había dicho Saint-Mandé porque
Saint-Mandé es el punto completamente opuesto a Saint-Cloud. Aquella probabilidad fue para él un primer consuelo. Si Bonacieux sabía dónde estaba su
mujer, siempre se podría, empleando medios extremos, forzar al mercero a soltar la lengua y
dejar escapar su secreto. Se trataba sólo de convertir esta probabilidad en certidumbre.
-Perdón, mi querido señor Bonacieux, si prescindo con vos de los modales -dijo D'Artagnan-;
pero nada me altera más que no dormir, tengo una sed implacable; permitidme tomar un vaso
de agua de vuestra casa; ya lo sabéis, eso no se niega entre vecinos.
Y sin esperar el permiso de su huésped, D'Artagnan entró rápidamente en la casa y lanzó una
rápida ojeada sobre la cama. La cama no estaba deshecha. Bonacieux no se había acostado.
Acababa de volver hacía una o dos horas; había acompañado a su mujer hasta el lugar al que la
habían conducido, o por lo menos hasta el primer relevo.
-Gracias, maese Bonacieux -dijo D'Artagnan vaciando su vaso-, eso es todo cuanto quería de
vos. Ahora vuelvo a mi casa, voy a ver si Planchet me limpia las botas y, cuando haya terminado,
os lo mandaré por si queréis limpiaros vuestros zapatos.
Y dejó al mercero todo pasmado por aquel singular adiós y preguntándose si no había caído en
su propia trampa.
En lo alto de la escalera encontró a Planchet todo estupefacto.
-¡Ah, señor! -exclamó Planchet cuando divisó a su amo-. Ya tenemos otra, y esperaba con
impaciencia que regresaseis.
-Pues, ¿qué pasa? -preguntó D'Artagnan.
-¡Oh, os apuesto cien, señor, os apuesto mil si adivanáis la visita que he recibido para vos en
vuestra ausencia!
-¿Y eso cuándo?
-Hará una media hora, mientras vos estabais con el señor de Tréville.


 

 
 

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