de vino de primera
calidad, se acodó en el ángulo más oscuro y se decidió
a esperar el día de este modo; pero
también esta vez su esperanza quedó frustrada, y aunque escuchaba
con los oídos abiertos, no
oyó, en medio de los juramentos, las burlas y las injurias que entre
sí cambiaban los obreros, los
lacayos y los carreteros que componían la honorable sociedad de que
formaba parte, nada que
pudiera ponerle so bre las huellas de la pobre mujer raptada. Así pues,
tras haber tragado su
botella por ociosidad y para no despertar sospechas, trató de buscar
en su rincón la postura más
satisfactoria posible y de dormirse mal que bien. D'Artagnan tenía veinte
años, como se
recordará, y a esa edad el sueño tiene derechos imprescriptibles
que reclaman imperiosamente
incluso en los corazones más desesperados.
Hacia las seis de la mañana, D'Artagnan se despertó con ese malestar
que acompaña
ordinariamente al alba tras una mala noche. No era muy largo de hacer su aseo;
se tanteó para
saber si no se habían aprovechado de su sueño para robarle, y
habiendo encontrado su diamante
en su dedo, su bolsa en su bolsillo y sus pistolas en su cintura, se levantó,
pagó su botella y salió
para ver si tenía más suerte en la búsqueda de su lacayo
por la mañana que por la noche. En
efecto, lo primero que percibió a través de la niebla húmeda
y grisácea fue al honrado Planchet,
que con los dos caballos de la mano esperaba a la puerta de una pequeña
taberna miserable
ante la cual D'Artagnan había pasado sin sospechar siquiera su existencia.
Capítulo XXV
Porthos
En lugar de regresar a su casa directamente, D'Artagnan puso pie en tierra ante
la puerta del
señor de Tréville y subió rápidamente la escalera.
Aquella vez estaba decidido a contarle todo lo
que acababa de pasar. Sin duda, él daría buenos consejos en todo
aquel asunto; además, como
el señor de Tréville veía casi a diario a la reina, quizá
podría sacar a Su Majestad alguna
información sobre la pobre mujer a quien sin duda se hacía pagar
su adhesión a su señora.
El señor de Tréville escuchó el relato del joven con una
gravedad que probaba que había algo
más en toda aquella aventura que una intriga de amor; luego, cuando D'Artagnan
hubo acabado:
-¡Hum! -dijo-. Todo esto huele a Su Eminencia a una legua.
-Pero ¿qué hacer? -dijo D'Artagnan.
-Nada, absolutamente nada ahora sólo abandonar Paris como os he dicho,
lo antes posible. Yo
veré a la reina, le contaré los detalles de la desaparición
de esa pobre mujer, que ella sin duda
ignora; estos detalles la orientarán por su lado, y a vuestro regreso,
quizá tenga yo alguna buena
nueva que deciros. Dejadlo en mis manos.
D'Artagnan sabía que, aunque gascón el señor de Tréville
no tenía la costumbre de prometer, y
que cuando por azar prometía, mantenía, y con creces, lo que habia
prometido. Saludó, pues,
lleno de agradecimiento por el pasado y por el futuro, y el digno capitán,
que por su lado sentía
vivo interés por aquel joven tan valiente y tan resuelto, le apretó
afectuosamente la mano
deseándole un buen viaje.
Decidido a poner los consejos del señor de Tréville en práctica
en aquel mismo instante,
D'Artagnan se encaminó hacia la calle des Fossoyeurs, a fin de velar
por la preparación de su
equipaje. Al acercarse a su casa, reconoció al señor Bonacieux
en traje de mañana, de pie ante el
umbral de su puerta. Todo lo que le había dicho la víspera el
prudente Planchet sobre el carácter
siniestro de su huésped volvió en tonces a la memoria de D'Artagnan
que lo miró más
atentamente de lo que hasta entonces había hecho. En efecto, además
de aquella palidez
amarillenta y enfermiza que indica la filtración de la bilis en la sangre
y que por el otro lado podía
ser sólo accidental, D'Artagnan observó algo de sinuosamente pérfido
en la tendencia a las
arrugas de su cara. Un bribón no ríe de igual forma que un hombre
honesto, un hipócrita no llora
con las lágrimas que un hombre de buena fe. Toda falsedad es una máscara,
y por bien hecha
que esté la máscara, siempre se llega, con un poco de atención,
a distinguirla del rostro.
Le pareció pues, a D'Artagnan que el señor Bonacieux llevaba una
máscara, a incluso que
aquella máscara era de las más desagradables de ver.
En consecuencia, vencido por su repugnancia hacia aquel hombre, iba a pasar
por delante de
él sin hablarle cuando, como la víspera, el señor Bonacieux
lo interpeló:
