Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

    LIBROS GRATIS

    Libros Gratis
    Libros para Leer Online
    Recetas de Cocina
    Letras de Tangos
    Guia Medica
    Filosofia
    Derecho Privado



palabras, me lanzó un escudo
que yo recogí, y él tomó mi escalera. Efectivamente, después de haber cerrado la puerta del seto
tras ellos hice ademán de volver a la casa; pero salí en seguida por la puerta de atrás y
deslizándome en la sombra llegué hasta esa mata de saúco, desde cuyo centro podía ver todo sin
ser visto. Los tres hombres habían hecho avanzar el coche sin ningún ruido, sacaron de él a un
hombrecito grueso, pequeño, de pelo gris, mezquinamente vestido de color oscuro, el cual se
subió con precaución a la escalera miró disimuladamente en el interior del cuarto, volvió a bajar a
paso de lobo y murmuró en voz baja: «Ella es!» Al punto aquel que me había hablado se acercó
a la puerta del pabellón, la abrió con una llave que llevaba encima, volvió a cerrar la puerta y
desapareció; al mismo tiempo los otros dos subieron a la escalera. El viejo permanecía en la
portezuela el cochero sostenía a los caballos del coche y un lacayo los caballos de silla. De pronto
resonaron grandes gritos en el pabellón, una mujer corrió a la ventana y la abrió como para
precipitarse por ella. Pero tan pronto como se dio cuenta de los dos hombres, retrocedió; los dos
hombres se lanzaron tras ella dentro de la habitación. Entonces ya no vi nada más; pero oía
ruido de muebles que se rompen. La mujer gritaba y pedía ayuda. Pero pronto sus gritos fueron
aho gados; los tres hombres se acercaron a la ventana, llevando a la mujer en sus brazos; dos
descendieron por la escalera y la transportaron al coche, donde el viejo entró junto a ella. El que
se había quedado en el pabellón volvió a cerrar la ventana, salió un instante después por la
puerta y se aseguró de que la mujer estaba en el coche: sus dos compañeros le esperaban ya a
caballo, saltó él a su vez a la silla; el lacayo ocupó su puesto junto al cochero; la carroza se alejó al galope escoltada por los tres caballeros, y todo terminó. A partir de ese momento, yo no he
visto nada ni he oído nada.
D'Artagnan, abrumado por una noticia tan terrible, quedó inmóvil y mudo, mientras todos los
demonios de la cólera y los celos aullaban en su corazón.
-Pero, señor gentilhombre -prosiguió el viejo, en el que aquella muda desesperación producía
ciertamente más afecto del que hubieran producido los gritos y las lágrimas-; vamos, no os
aflijáis, no os la han matado, eso es lo esencial.
-¿Sabéis aproximadamente -dijo D'Artagnan- quién era el hombre que dirigía esa infernal
expedición?
-No lo conozco.
-Pero, puesto que os ha hablado, habéis podido verlo.
-¡Ah! ¿Son sus señas lo que me pedís?
-Sí.
-Un hombre alto, enjuto, moreno, de bigotes negros, la mirada oscura, con aire de
gentilhombre.
-¡El es! -exclamó D'Artagnan-. ¡Otra vez él! ¡Siempre él! Es mi demonio, según parece. ¿Y el
otro?
-¿Cuál?
-El pequeño.
-¡Oh, ese no era un señor, os lo aseguro! Además, no llevaba es pada, y los otros le trataban
sin ninguna consideración.
-Algún lacayo -murmuró D'Artagnan-. ¡Ah, pobre mujer! ¡Pobre mujer! ¿Qué te han hecho?
-Me habéis prometido el secreto - dijo el viejo.
-Y os renuevo mi promesa, estad tranquilo, yo soy gentilhombre. Un gentilhombre no tiene
más que una palabra, y yo os he dado la mía.
D'Artagnan volvió a tomar, con el alma afligida, el camino de la barca. Tan pronto se resistía a
creer que se tratara de la señora Bo nacieux, y esperaba encontrarla al día siguiente en el Louvre,
como temía que ella tuviera una intriga con algún otro y que un celoso la hubiera sorprendido y
raptado. Vacilaba, se desolaba, se deses peraba.
-¡Oh, si tuviese aquí a mis amigos! -exclamó-. Tendría al menos alguna esperanza de volverla a
encontrar; pero ¿quién sabe qué habrá sido de ellos?
Era medianoche poco más o menos; se trataba de encontrar a Planchet. D Artagnan se hizo
abrir sucesivamente todas las tabernas en las que percibió algo de luz; en ninguna de ellas
encontró a Planchet.
En la sexta, comenzó a pensar que la búsqueda era un poco aventurada. D'Artagnan no había
citado a su lacayo más que a las seis de la mañana y, estuviese donde estuviese, estaba en su
derecho.
Además al joven le vino la idea de que, quedándose en los alrededores del lugar en que había
ocurrido el suceso, quizá obtendría algún esclarecimiento sobre aquel misterioso asunto. En la
sexta taberna, como hemos dicho, D'Artagnan se detuvo, pidió una botella


 

 
 

Copyright (C) 1996- 2000 Escolar.com, All Rights Reserved. This web site or any pages within may not be reporoduced without express written permission