Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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mantón negro, que parecía tener el mayor inte rés en no ser reconocida; pero precisamente
debido a esas precaucio nes que tomaba, el barquero le había prestado una atención mayor, y
había visto que la mujer era joven y hermosa.
Entonces, como hoy, había gran cantidad de mujeres jóvenes y her mosas que iban a
Saint-Cloud y que tenían interés en no ser vistas, y sin embargo D'Arta gnan no dudó un solo
instante que no fuera la señora Bonacieux la que el barquero había visto.
D'Artagnan aprovechó la lámpara que brillaba en la cabaña del barquero para volver a leer una
vez más el billete de la señora Bonacieux y asegurarse de que no se había engañado, que la cita
era en Saint-Cloud y no en otra parte, ante el pabellón del señor D'Estrées y no en otra calle.
Todo ayudaba a probar a D'Artagnan que sus presentimientos no lo engañaban y que una gran
desgracia había ocurrido.
Volvió a tomar el camino del castillo a todo correr; le parecía que en su ausencia algo nuevo
había podido pasar en el pabellón y que las informaciones lo esperaban allí.
La calleja continuaba desierta, y la misma luz suave y calma salía desde la ventana.
D'Artagnan pensó entonces en aquella casucha muda y ciega, pero que sin duda había visto y
que quizá podía hablar.
La puerta de la cerca estaba cerrada, pero saltó por encima del seto, y pese a los ladridos del
perm encadenado, se acercó a la cabaña.
A los primeros golpes que dio, no respondió nadie.
Un silencio de muerte reinaba tanto en la cabaña como en el pabe llón; no obstante, como
aquella cabaña era su último recurso, insistió.
Pronto le pareció oír un ligero ruido interior, ruido temeroso, y que parecía temblar él mismo de
ser oído.
Entonces D'Artagnan dejó de golpear y rogó con un acento tan lleno de inquietud y de
promesas, de terror y zalamería, que su voz era capaz por naturaleza de tranquilizar al más
miedoso. Por fin, un viejo postigo carcomido se abrió, o mejor se entreabrió, y se volvió a cerrar
cuando la claridad de una miserable lámpara que ardía en un rincón hubo iluminado el tahalí, el
puño de la espada y la empuñadura de las pistolas de D'Artagnan. Sin embargo, por rápido que
fuera el movimiento, D' Artagnan había tenido tiempo de vislumbrar una cabeza de anciano.
-¡En nombre del cielo, escuchadme! Yo esperaba a alguien que no viene, me muero de
inquietud. ¿No habrá ocurrido alguna desgracia por los alrededores? Hablad.
La ventana volvió a abrirse lentamente, y el mismo rostro apareció de nuevo, sólo que ahora
más pálido aún que la primera vez. D'Artagnan contó ingenuamente su historia, nombres excluidos; dijo cómo tenía una cita con
una joven ante aquel pabellón, y cómo, al no verla venir, se había subido al tilo y, a la luz de la
lámpara, había visto el desorden de la habitación.
El viejo lo escuchó atentamente, al tiempo que hacía señas de que estaba bien todo aquello;
luego, cuando D'Artagnan hubo terminado, movió la cabeza con un aire que no anunciaba nada
bueno.
-¿Qué queréis decir? -exclamó D'Artagnan-. ¡En nombre del cielo, explicaos!
-¡Oh, señor -dijo el viejo-, no me pidáis nada! Porque si os dijera lo que he visto, a buen
seguro que no me ocurrira nada bueno.
-¿Habéis visto entonces algo? -repuso D'Artagnan-. En tal críso, en nombre del cielo -continuó,
entregándole una pistola-, decid, decid lo que habéis visto, y os doy mi palabra de gentilhombre
de que ninguna de vuestras palabras saldrá de mi corazón.
El viejo leyó tanta franqueza y dolor en el rostro de D'Artagnan que le hizo seña de escuchar y
le dijo en voz baja:
-Senan las nueve poco más o menos, había oído yo algún ruido en la calle y quería saber qué
podía ser, cuando al acercarme a mi puerta me di cuenta de que alguien trataba de entrar. Como
soy pobre y no tengo miedo a que me roben, fui a abrir y vi a tres hombres a algunos pasos de
allí. En la sombra había una carroza con caballos engancha dos y caballos de mano. Esos caballos
de mano pertenecían evidentemente a los tres hombres que estaban vestidos de caballeros. «Ah,
mis buenos señores -exclamé yo-, ¿qué queréis?» «Debes tener una escalera», me dijo aquel
que parecía el jefe del séquito. «Sí, señor; una con la que recojo la fruta.» «Dánosla, y vuelve a
tu casa. Ahí tienes un escudo por la molestia que te causamos. Recuerda solamente que si dices
una palabra de lo que vas a ver y de lo que vas a oír (porque mirarás y escucharás pese a las
amenazas que te hagamos, estoy seguro), estás perdido.» A estas


 

 
 

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