Acunado por esta idea, D Artagnan esperó por su parte media ho ra sin
impaciencia alguna, con
los ojos fijos sobre aquella casita de la que D'Artagnan percibía una
parte del techo de molduras
doradas, atestiguando la elegancia del resto del apartamento.
El campanario de Saint-Cloud hizo sonar las diez y media.
Aquella vez, sin que D'Artagnan comprendiese por qué, un temblor recorrió
sus venas. Quizá
también el frío comenzaba a apoderarse de él y tornaba
por una sensación moral lo que sólo era
una sensación completamente física.
Luego le vino la idea de que había leído mal y que la cita era
para las once solamente.
Se acercó a la ventana, se situó en un rayo de luz, sacó
la carta de su bolsillo y la releyó; no se
había equivocado, efectivamente la cita era para las diez.
Volvió a ponerse en su sitio, empezando a inquietarse por aquel silencio
y aquella soledad.
Dieron las once.
D'Artagnan comenzó a temer verdaderamente que le hubiera ocurrido algo
a la señora
Bonacieux.
Dio tres palmadas, señal ordinaria de los enamorados; pero nadie le respondió,
ni siquiera el
eco.
Entonces pensó con cierto despecho que quizá la joven se había
dormido mientras lo esperaba.
Se acercó a la pared y trató de subir, pero la pared estaba recientemente
revocada, y
D'Artagnan se rompió inútilmente las uñas.
En aquel momento se fijó en los árboles, cuyas hojas la luz continuaba
argentando, y como
uno de ellos emergía sobre el camino, pensó que desde el centro
de sus ramas su mirada podría
penetrar en el pabellón.
El árbol era fácil. Además D'Artagnan tenía apenas
veinte años, y por lo tanto se acordaba de
su oficio de escolar. En un instante estuvo en el centro de las ramas, y por
los vidrios
transparentes sus ojos se hundieron en el interior del pabellón.
Cosa extraña, que hizo temblar a D'Artagnan de la planta de los pies
a la raíz de sus cabellos,
aquella suave luz, aquella tranquila lám para iluminaba una escena de
desorden espantoso; uno
de los cristales de la ventana estaba roto, la puerta de la habitación
había sido hundi da y medio
rota pendía de sus goznes; una mesa que hubiera debido estar cubierta
con una elegante cena
yacía por tierra; frascos en añicos, frutas aplastadas tapizaban
el piso; todo en aquella habitación
daba testimonio de una lucha violenta y desesperada; D'Artagnan creyó
incluso reconocer en
medio de aquel desorden extraño trozos de vestidosy algunas manchas de
sangre maculando el
mantel y las cortinas.
Se dio prisa por descender a la calle con una palpitación horrible en
el corazón; quería ver si
encontraba otras huellas de violencia.
Aquella breve luz suave brillaba siempre en la calma de la noche. D'Artagnan
se dio cuenta
entonces, cosa que él no había observado al principio, porque
nada le empujaba a tal examen,
que el suelo, batido aquí, pisoteado allá, presentaba huellas
confusas de pasos de hombres y de
pies de caballos. Además, las ruedas de un coche, que parecía
venir de París, habían cavado en
la tierra blanda una pro funda huella que no pasaba más allá del
pabellón y que volvía hacia Paris.
Finalmente, prosiguiendo sus búsquedas, D'Artagnan encontró junto
al muro un guante de
mujer desgarrado. Sin embargo, aquel guante, en todos aquellos puntos en que
no había tocado
la tierra embarrada, era de una frescura irreprochable. Era uno de esos guantes
perfumados que
los amantes gustan quitar de una hermosa mano.
A medida que D'Artagnan proseguía sus investigaciones, un sudor más
abundante y más
helado perlaba su frente, su corazón estaba oprimido por una horrible
angustia, su respiración
era palpitante; y sin embargo se decía a sí mismo para tranquilizarse
que aquel pabellón no tenía
nada en común con la señora Bonacieux; que la joven le había
dado cita ante aquel pabellón y
no en el pabellón, que podía estar retenida en Paris por su servicio,
quizá por los celos de su
marido.
Pero todos estos razonamientos eran severamente criticados, destruidos, arrollados
por aquel
sentimiento de dolor íntimo que, en cier tas ocasiones, se apodera de
todo nuestro ser y nos
grita, para todo cuanto en nosotros está destinado a oírnos, que
una gran desgracia planea sobre
nosotros.
Entonces D'Artagnan enloqueció casi: corrió por la carretera,
tomb el mismo camino que ya
había andado, avanzó hasta la barca e interrogó al barquero.
Hacia las siete de la tarde el barquero había cruzado el río con
una mujer envuelta en un
