algo?
-¿No os parece, señor, que los bosques son como iglesias?
-¿Y eso por qué, Planchet?
-Porque tanto en éstas como en aquéllos nadie se atreve a hablar
en voz alta.
-¿Por qué no te atreves a hablar en voz alta, Planchet? ¿Porque
tienes miedo?
-Miedo a ser oído, sí, señor.
-¡Miedo a ser oído! Nuestra conversación es sin embargo
moral, mi querido Planchet, y nadie
encontraría nada qué decir de ella.
-¡Ay, señor! -repuso Planchet volviendo a su idea madre-. Ese señor
Bonacieux tiene algo de
sinuoso en sus cejas y de desagradable en el juego de sus labios.
-¿Quién diablos te hace pensar en Bonacieux?
-Señor, se piensa en lo que se puede y no en lo que se quiere.
-Porque eres un cobarde, Planchet.
-Señor, no confundamos la prudencia con la cobardía; la prudencia
es una virtud.
-Y tú eres virtuoso, ¿no es así, Planchet?
-Señor, ¿no es aquello el cañn de un mosquete que brilla?
¿Y si bajáramos la cabeza?
-En verdad -murmur ó D'Artagnan, a quien las recomendaciones del señor
de Tréville volvían a
la memoria-, en verdad, este animal terminará por meterme miedo.
Y puso su caballo al trote.
Planchet siguió el movimiento de su amo, exactamente como si hubiera
sido su sombra, y se
encontró trotando tras él.
-¿Es que vamos a caminar así toda la noche, señor? -preguntó.
-No, Planchet, porque tú has llegado ya.
-¿Cómo que he llegado? ¿Y el señor?
-Yo voy a seguir todavía algunos pasos.
-¿Y el señor me deja aquí solo?
-¿Tienes miedo Planchet?
-No, pero sólo hago observar al señor que la noche será
muy fría, que los relentes dan
reumatismos y que un lacayo que tiene reumatis mos es un triste servidor, sobre
todo para un
amo alerta como el señor.
-Bueno, si tienes frío, Planchet, entra en una de esas tabernas que ves
allá abajo, y me
esperas mañana a las seis delante de la puerta.
-Señor, he comido y bebido respetuosamente el escudo que me disteis esta
mañana, de suerte
que no me queda ni un maldito centavo en caso de que tuviera frío.
-Aquí tienes media pistola. Hasta mañana.
D'Artagnan descendió de su caballo, arrojó la brida en el brazo
de Planchet y se alejó
rápidamente envolviéndose en su capa.
-¡Dios, qué frío tengo! -exclamó Planchet cuando
hubo perdido de vista a su amo y, apremiado
como estaba por calentarse, se fue a todo correr a llamar a la puerta de una
casa adornada con
todos los atributos de una taberna de barrio.
Sin embargo, D'Artagnan, que se había metido por un pequeño atajo,
continuaba su camino y
llegaba a Saint-Cloud; pero en lugar de seguir la carretera principal, dio la
vuelta por detrás del
castillo, ganó una especie de calleja muy apartada y pronto se encontró
frente al pabellón
indicado. Estaba situado en un lugar completamente desierto. Un gran muro, en
cuyo ángulo
estaba aquel pabellón dominaba un lado de la calleja, y por el otro un
seto defendía de los
transeúntes un pequeño jardín en cuyo fondo se alzaba una
pobre cabaña.
Había llegado a la cita, y como no le habían dicho anunciar su
presencia con ninguna señal,
esperó.
Ningún ruido se dejaba oír, se hubiera dicho que estaba a cien
le gUas de la capital. D'Artagnan
se pegó al seto después de haber lanzado una ojeada detrás
de sí. Por encima de aquel seto,
aquel jardín y aquella cabaña, una niebla sombría envolvía
en sus pliegues aquella inmensidad en
que duerme París, vacía, abierta inmensidad donde bri llaban algunos
puntos luminosos, estrellas
fúnebres de aquel infierno.
Pero para D'Artagnan todos los aspectos revestían una forma feliz, todas
las ideas tenían una
sonrisa, todas las tinieblas eran diáfanas. La hora de la cita iba a
sonar.
En efecto, al cabo de algunos instantes, el campanario de Saint- Cloud dejó
caer lentamente
diez golpes de su larga lengua mugiente.
Había algo lúgubre en aquella voz de br once que se lamentaba
así en medio de la noche.
Pero cada una de aquellas horas que componían la hora esperada vibraba
armoniosamente en
el corazón del joven.
Sus ojos estaban fijos en el pequeño pabellón situado en el ángulo
del muro, cuyas ventanas
estaban todas cerradas con los postigos, salvo una sola del primer piso.
A través de aquella ventana brillaba una luz suave que argentaba el follaje
tembloroso de dos o
tres tilos que se elevaban formando grupo fuera del parque. Evidentemente, detrás
de aquella
ventanita, tan graciosamente iluminada, le aguardaba la señora Bonacieux.
