-Os lo prometo.
-¿Necesitáis dinero?
-Tengo todavía cincuenta pistolas. Es todo lo que me hace falta, según
pienso.
-Pero ¿vuestros compañeros?
-Pienso que no deben necesitarlo. Salimos de Paris cada uno con setenta y cinco
pistolas en
nuestros bolsillos.
-¿Os volveré a ver antes de vuestra partida?
-No, creo que no, señor, a menos que haya alguna novedad.
-¡Entonces, buen viaje!
-Gracias, señor.
Y D'Artagnan se despidió del señor de Tréville, emocionado
como nunca por su solicitud
completamente paternal hacia sus mosqueteros.
Pasó sucesivamente por casa de Athos, de Porthos y de Aramis. Ninguno
de los tres había
vuelto. Sus criados tambien estaban ausentes, y no había noticia ni de
los unos ni de los otros.
-¡Ah, señor! -dijo Planchet al divisar a D'Artagnan-. ¡Qué
contento estoy de verle!
-¿Y eso por qué, Planchet? - preguntó el oven.
-¿Confiáis en el señor Bonacieux, nuestro huésped?
-¿Yo? Lo menos del mundo.
-¡Oh, hacéis bien, señor!
-Pero ¿a qué viene esa pregunta?
-A que mientras hablabais con él, yo os observaba sin escucharos; señor,
su rostro ha
cambiado dos o tres veces de color.
-¡Bah!
-El señor no ha podido notarlo, preocupado como estaba por la carta que
acababa de recibir;
pero, por el contrario, yo, a quien la extraña forma en que esa carta
había llegado a la casa había
puesto en guardia no me he perdido ni un solo gesto de su fisonomía.
-¿Y cómo la has encontrado?
-Traidora señor.
-¿De verdad?
-Además, tan pronto como el señor le ha dejado y ha desapareci
do por la esquina de la calle,
el señor Bonacieux ha cogido su sombrero, ha cerrado su puerta y se ha
puesto a correr en
dirección contraria.
-En efecto, tienes razón, Planchet, todo esto me parece muy sospechoso,
y estáte tranquilo, no
le pagaremos nuestro alquiler hasta que la cosa no haya sido categóricamente
explicada.
-El señor se burla, pero ya verá.
-¿Qué quieres, Planchet? Lo que tenga que ocurrir está
escrito.
-¿El señor no renuncia entonces a su paseo de esta noche?
-Al contrario, Planchet, cuanto más moleste al señor Bonacleux,
tanto más iré a la cita que me
ha dado esa carta que tanto lo inquieta.
-Entonces, si la resolución del señor...
-Inquebrantable, amigo mío; por tanto, a las nueves estate preparado
aquí, en el palacio; yo
vendré a recogerte.
Planchet, viendo que no había ninguna esperanza de hacer renunciar a
su amo a su proyecto,
lanzó un profundo suspiro y se puso a almohazar al tercer caballo.
En cuanto a D'Artagnan, como en el fondo era un muchacho lleno de prudencia,
en lugar de
volver a su casa, se fue a cenar con aquel cura gascón que, en los momentos
de penuria de los
cuatro amigos, les había dado un desayuno de chocolate.
Capítulo XXIV
El pabellón
A las nueve, D'Artagnan estaba en el palacio de los Guardias; encontró
a Planchet armado. El
cuarto caballo había llegado.
Planchet estaba armado con su mosquetón y una pistola.
D'Artagnan tenía su espada y pasó dos pistolas a su cintura, luego
los dos montaron cada uno
en un caballo y se alejaron sin ruido. Hacía noche cerrada, y nadie los
vio salir. Planchet se puso
a continuación de su amo, y marchó a diez pasos tras él.
D'Artagnan cruzó los muelles, salió por la puerta de la Conférence
y siguió luego el camino,
más hermoso entonces que hoy, que conduce a Saint-Cloud.
Mientras estuvieron en la ciudad, Planchet guardó respetuosamen te la
distancia que se había
impuesto; pero cuando el camino comenzó a volverse más desierto
y más oscuro, fue
acercándose lentamente; de tal modo que cuando entraron en el bosque
de Boulogne, se
encontró andando codo a codo con su amo. En efecto, no debemos disimular
que la oscilación de
los corpulentos árboles y el reflejo de la luna en los sombríos
matojos le causaban viva inquietud.
D'Artagnan se dio cuenta de que algo extraordinario ocurría en su lacayo.
-¡Y bien, señor Planchet! -le preguntó-. ¿Nos pasa
