por el precio que os
dé; por judío que sea, siempre encontreréis ochocientas
pistolas. Las pistolas no tienen nombre,
joven, y ese anillo tiene uno terrible, y que puede traicionar a quien lo lleve.
-¡Vender este anillo! ¡Un anillo que viene de mi soberana! ¡Jamás!
- dijo D'Artagnan.
-Entonces volved el engaste hacia dentro, pobre loco, porque es de todos sabido
que un cadete
de Gascuña no encuentra joyas semejantes en el escriño de su madre.
-¿Pensáis, pues, que tengo algo que temer? -preguntó d'Artagnan.
-Equivale a decir, joven, que quien se duerme sobre una mina cuya mecha está
encendida
debe considerarse a salvo en comparación con vos.
-¡Diablo! -dijo D'Artagnan, a quien el tono de seguridad del señor
de Tréville comenzaba a
inquietar-. ¡Diablo! ¿Qué debo hacer?
-Estar vigilante siempre y ante cualquier cosa. El cardenal tiene la memoria
tenaz y la mano
larga; creedme, os jugará una mala pasada.
-Pero ¿cuál?
-¿Y qué sé yo? ¿No tiene acaso a su servicio todas
las trampas del demonio? Lo menos que
puede pasaros es que se os arreste.
-¡Cómo! ¿Se atreverían a arrestar a un hombre al
servicio de Su Majestad?
-¡Pardiez! Mucho les ha preocupado con Athos. En cualquier caso, joven,
creed a un hombre
que está hace treinta años en la corte; no os durmáis en
vuestra seguridad, estaréis perdido. Al
contrario, y soy yo quien os lo digo, ved enemigos por todas partes. Si alguien
os busca pelea,
evitadla, aunque sea un niño de diez años el que la bus ca; si
os atacan de noche o de día, batíos
en retirada y sin vergüenza; si cruzáis un puente, tantead las planchas,
no vaya a ser que una os
falte bajo el pie; si pasáis ante una casa que están construyendo,
mirad al aire, no vaya a ser
que una piedra os caiga encima de la cabeza; si volvéis a casa tarde,
haceos seguir por vuestro
criado, y que vuestro criado esté armado, si es que estáis seguro
de vuestro criado. Desconfiad
de todo el mundo, de vuestro amigo, de vuestro hermano, de vuestra amante, de
vuestra
amante sobre todo.
D'Artagnan enrojeció.
-De mi amante -repitió él maquinalmente-. ¿Y por qué
más de ella que de cualquier otro?
-Es que la amante es uno de los medios favoritos del cardenal; no lo hay más
expeditivo: una
mujer os vende por diez pistolas, testigo Dalila. ¿Conocéis las
Escrituras, no?
D'Artagnan pensó en la cita que le había dado la señora
Bonacieux para aquella misma noche;
pero debemos decir, en elogio de nuestro heroe, que la mala opinión que
el señor de Tréville
tenía de las mujeres en general, no le inspiró la más ligera
sospecha contra su preciosa
huéspeda.
-Pero, a propósito -prosiguió el señor de Tréville-.
¿Qué ha sido de vuestros tres compañeros?
-Iba a preguntaros si vos habíais sabido alguna noticia.
-Ninguna, señor.
-Pues bien yo los dejé en mi camino: a Porthos en Chantilly, con un duelo
entre las manos; a
Aramis en Crévocoeur, con una bala en el hombro, y a Athos en Amiens,
con una acusación de
falso monedero encima.
-¡Lo veis! -dijo el señor de Tréville-. Y vos, ¿cómo
habéis escapado?
-Por milagro, señor, debo decirlo, con una estocada en el pecho y clavando
al señor conde de
Wardes en el dorso de la ruta de Calais como a una mariposa en una tapicería.
-¡Lo veis todavía! De Wardes, un hombre del cardenal, un primo
de Rochefort. Mirad, amigo
mío, se me ocurre una idea.
-Decid, señor.
-En vuestro lugar, yo haría una cosa.
-¿Cuál?
-Mientras Su Eminencia me hace buscar en Paris, yo, sin tambor ni trompeta,
tomaría la ruta
de Picardía, y me ¡ría a saber noticias de mis tres compañeros.
¡Qué diablo! Bien merecen ese
pequeño detalle por vuestra parte.
-El consejo es bueno, señor, y mañana partiré.
-¡Mañana! ¿Y por qué no esta noche?
-Esta noche, señor, estoy retenido en Paris por un asunto indis pensable.
-¡Ah, joven, joven! ¿Algún amorcillo? Tened cuidado, os
lo repito; fue la mujer la que nos
perdió a todos nosotros, y la que nos perderá aún a todos
nosotros. Creedme, partid esta noche.
-¡Imposible, señor!
-¿Habéis dado vuestra palabra?
-Sí, señor.
-Entonces es otra cosa; pero prometedme que, si no sois muerto esta noche, mañana
partiréis.
