estéis espe rando vos con tanta
impaciencia como yo. Quizá esta noche la señora Bonacieux visite
el domicilio conyugal.
-La señora Bonacieux no está libre esta noche -respondió
con tono grave el marido-; está
retenida en el Louvre por su servicio.
-Tanto peor para vos, mi querido huésped, tanto peor; cuando soy feliz
quisiera que todo el
mundo lo fuese; pero parece que no es posible.
Y el joven se alejó riéndose a carcajadas que sólo él,
eso pensaba, podía comprender.
-¡Divertíos mucho! -respondió Bonacieux con un acento sepulcral.
Pero D'Artagnan estaba ya demasiado lejos para oírlo y, aunque lo hubiera
oído, en la
disposición de ánimo en que estaba, no lo hubiera ciertamente
notado.
Se dirigió hacia el palacio del señor de Tréville; su visita
de la víspera había sido como se
recordará, muy corta y muy poco explicativa.
Encontró al señor de Tréville con la alegría en
el alma. El rey y la reina habían estado
encantadores con él en el baile. Cierto que el cardenal había
estado perfectamente desagradable.
A la una de la mañana se había retirado so pretexto de que estaba
indispuesto. En cuanto a
Sus Majestades, no habían vuelto al Louvre hasta las seis de la mañana.
-Ahora -dijo el señor de Tréville bajando la voz a interrogando
con la mirada a todos los
ángulos de la habitación para ver si estaban completamente solos-,
ahora hablemos de vos,
joven amigo, porque es evidente que vuestro feliz retorno tiene algo que ver
con la alegría del
rey, con el triunfo de la reina y con la humillación de su Eminencia.
Se trata de protegeros.
-¿Qué he de temer -respondió D'Artagnan- mientras tenga
la dicha de gozar del favor de Sus
Majestades?
-Todo, creedme. El cardenal no es hombre que olvide una mistificación
mientras no haya
saldado sus cuentas con el mistificador, y el mistificador me parece ser cierto
gascón de mi
conocimiento.
-¿Creéis que el cardenal esté tan adelantado como vos y
sepa que soy yo quien ha estado en
Londres?
-¡Diablos! ¿Habéis estado en Londres? De Londres es de donde
habéis traído ese hermoso
diamante que brilla en vuestro dedo? Tened cuidado, mi querido D'Artagnan, no
hay peor cosa
que el presente de un enemigo. ¿No hay sobre esto cierto verso latino?...
Esperad...
-Sí, sin duda -prosiguió D'Artagnan, que nunca había podido
meterse la primera regla de los
rudimentos en la cabeza y que, por ignorancia, había provocado la desesperación
de su
preceptor-; sí, sin duda, debe haber uno.
-Hay uno, desde luego -dijo el señor de Tréville, que tenía
cierta capa de letras- y el señor de
Benserade me lo citaba el otro día... Esperad, pues... Áh, ya
está:
Timeo Danaos et dona ferentes
Lo cual quiere decir: «Desconfiad del enemigo que os hace presentes».
-Ese diamante no
proviene de un enemigo, señor -repuso D'Ar tagnan-, proviene de la reina.
-¡De la reina! ¡Oh, oh! -dijo el señor de Tréville-.
Efectivamente es una auténtica joya real, que
vale mil pistolas por lo menos. ¿Por quién os ha hecho dar este
regalo?
-Me lo ha entregado ella misma.
-Y eso, ¿dónde?
-En el gabinete contiguo a la habitación en que se cambió de tocado.
-¿Cómo?
-Dándome su mano a besar.
-¡Habéis besado la mano de la reina! -exclamó el señor
de Tréville mirando a D'Artagnan.
-¡Su Majestad me ha hecho el honor de concederme esa gracia!
-Y eso, ¿en presencia de testigos? Imprudente, tres veces imprudente.
-No, señor, tranquilizaos, nadie lo vio -repuso D'Artagnan. Y le contó
al señor de Tréville cómo
habían ocurrido las cosas.
-¡Oh, las mujeres, las mujeres! -exclamó el viejo soldado-. Las
reconozco en su imaginación
novelesca; todo lo que huele a misterio les encanta; así que vos habéis
visto el brazo, eso es
todo; os encontraríais con la reina y no la reconoceríais; ella
os encontraría y no sabría quién sois
vos.
-No, pero gracias a este diamante... -repuso el joven.
-Escuchad -dijo el señor de Tréville-. ¿Queréis
que os dé un consejo, un buen consejo, un
consejo de amigo?
-Me haréis un honor, señor -dijo D'Artagnan.
-Pues bien, id al primer orfebre que encontréis y vendedie ese diamante
