La víspera apenas si se habían visto en el puesto del suizo Germain,
donde D'Artagnan la había
hecho llamar. La prisa que tenía la joven por llevar a la reina la excelente
noticia del feliz retorno
de su mensajero hizo que los dos amantes apenas cambiaran algunas palabras.
D'Artagnan
siguió, pues, a la señora Bonacieux movido por un doble sentimiento:
el amor y la curiosidad.
Durante todo el camino, y a medida que los corredores se hacían más
desiertos, D'Artagnan
quería detener a la joven, cogerla, contemplarla, aunque no fuera más
que un instante; pero
vivaz como un pájaro, se deslizaba siempre entre sus manos, y cuando
él quería hablar, su dedo
puesto en su boca con un leve gesto imperativo lleno de encanto le recordaba
que estaba bajo el
imperio de una potencia a la que debía obedecer ciegamente, y que le
prohibía incluso la más
ligera queja; por fin, tras un minuto o dos de vueltas y revueltas, la señora
Bonacieux abrió una
puerta a introdujo al joven en un gabinete completamente oscuro. Allí
le hizo una nueva señal de
mutismo, y abriendo una segunda puerta oculta por una tapicería cuyas
aberturas esparcieron de
pronto viva luz, desapareció.
D'Artagnan permaneció un instante inmóvil y preguntándose
dónde estaba, pero pronto un
rayo de luz que penetraba por aquella habitación, el aire cálido
y perfumado que llegaba hasta él,
la conversación de dos o tres mujeres, en lenguaje a la vez respetuoso
y elegante, la palabra
Majestad muchas veces repetida, le indicaron claramente que estaba en un gabinete
contiguo a
la habitación de la reina.
El joven permaneció en la sombra y esperó.
La reina se mostraba alegre y feliz, lo cual parecía asombrar a las personas
que la rodeaban y
que tenían por el contrario la costumbre de verla casi siempre preocupada.
La reina achacaba
aquel sentimiento gozoso a la belleza de la fiesta, al placer que le había
hecho experimentar el
baile, y como no está permitido contradecir a una reina, sonría
o llore, todos ponderaban la
galantería de los señores regidores del Ayuntamiento de Paris.
Aunque D'Artagnan no conociese a la reina, distinguió su voz de las otras
voces, en primer
lugar por un ligero acento extranjero, luego por ese sentimiento de dominación,
impreso
naturalmente en todas las palabras soberanas. La oyó acercarse y alejarse
de aquella puerta
abierta, y dos o tres veces vio incluso la sombra de un cuerpo interceptar la
luz.
Finalmente, de pronto, una mano y un brazo adorables de forma y de blancura
pasaron a
través de la tapicería; D'Artagnan comprendió que aquella
era su recompensa: se postró de
rodillas, cogió aquella mano y apoyó respetuosamente sus labios;
luego aquella mano se retiró
dejando en las suyas un objeto que reconoció como un anillo; al punto
la puerta volvió a cerrarse
y D'Artagnan se encontró de nuevo en la más completa oscuridad.
D'Artagnan puso el anillo en su dedo y esperó otra vez; era evidente
que no todo había
terminado aún. Después de la recompensa de su abnegación
venía la recompensa de su amor.
Además, el ballet había acabado, pero la noche apenas había
comenzado: se cenaba a las tres y
el reloj de Saint- Jean hacía algún tiempo que había tocado
ya las dos y tres cuartos.
En efecto, poco a poco el ruido de las voces disminuyó en la habitación
vecina; se las oyó
alejarse; luego, la puerta del gabinete donde estaba D'Artagnan se volvió
a abrir y la señora
Bonacieux se adelantó.
-¡Vos por fin! -exclamó D'Artagnan.
-¡Silencio! -dijo la joven, apoyando su mano sobre los labios del joven-.
¡Silencio! E idos por
donde habéis venido.
-Pero ¿cuándo os volveré a ver? -exclamó D'Artagnan.
-Un billete que encontraréis al volver a vuestra casa lo dirá.
¡Mar chaos, marchaos!
Y con estas palabras abrió la puerta del corredor y empujó a D'Artagnan
fuera del gabinete.
D'Artagnan obedeció cómo un niño, sin resistencia y sin
obción alguna, lo que prueba que
estaba realmente muy enamorado.
Capítulo XXIII
La cita
D'Artagnan volvió a su casa a todo correr, y aunque eran más de
las tres de la mañana y
aunque tuvo que atravesar los peores barrios de Paris, no tuvo ningún
mal encuentro. Ya se sabe
que hay un dios que vela por los borrachos y los enamorados.
Encontró la puerta de su casa entreabierta, subió su escalera,
