Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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y llamó suavemente y de una
forma convenida entre él y su lacayo. Planchet, a quien dos horas antes había enviado del
palacio del Ayunta miento recomendándole que lo esperase, vino a abrirle la puerta.
-¿Alguien ha traído una carta para mî? -preguntó vivamente D'Artagnan.
-Nadie ha traído ninguna carta, señor -respondió Planchet-; pero hay una que ha venido
totalmente sola.
-¿Qué quieres decir, imbécil?
-Quiero decir que al volver, aunque tenía la llave de vuestra casa en mi bolsillo y aunque esa
llave no me haya abandonado, he encontrado una carta sobre el tapiz verde de la mesa, en
vuestro dormitorio.
-¿Y dónde está esa carta?
-La he dejado donde estaba, señor. No es natural que las cartas entren así en casa de las
gentes. Si la ventana estuviera abierta, o solamente entreabierta, no digo que no; pero no, todo
estaba herméticamente cerrado. Señor, tened cuidado, porque a buen seguro hay alguna magia
en ella.
Durante este tiempo, el joven se había lanzado a la habitación y abierto la carta; era de la
señora Bonacieux y estaba concebida en estos términos:

«Hay vivos agradecimientos que haceros y que transmitiros. Estad
esta noche hacia las diez en Saint-Cloud, frente al pabe llón que se alza
en la esquina de la casa del señor D'Estrées.

C. B.»

Al leer aquella carta, D'Artagnan sentía su corazón dilatarse y encogerse con ese dulce
espasmo que tortura y acaricia el corazón de los amantes.
Era el primer billete que recibía, era la primera cita que se le concedía. Su corazón, henchido
por la embriaguez de la alegría, se sentía presto a desfallecer sobre el umbral de aquel paraíso
terrestre que se llamaba el amor.
-¡Y bien, señor! -dijo Planchet, que había visto a su amo enrojecer y palidecer sucesivamente-.
¿No es justo lo que he adivinado y que se trata de algún asunto desagradable?
-Te equivocas, Planchet -respondió D'Artagnan-, y la prueba es que ahí tienes un escudo para
que bebas a mi salud.
-Agradezco al señor el escudo que me da, y le prometo seguir exactamente sus instrucciones;
pero no es menos cierto que las cartas que entran así en las casas cerradas...
-Caen del cielo, amigo mío, caen del cielo.
-Entonces, ¿el señor está contento? -preguntó Planchet.
-¡Mi querido Planchet, soy el más feliz de los hombres!
-¿Puedo aprovechar la felicidad del señor para irme a acostar?
-Sí, vete.
-Que todas las bendiciones del cielo caigan sobre el señor, pero no es menos cierto que esa
carta... Y Planchet se retiró moviendo la cabeza con aire de duda que no había conseguido borrar
enteramente la liberalidad de D'Artagnan.
Al quedarse solo, D'Artagnan leyó y releyó su billete, luego besó y volvió a besar veinte veces
aquellas líneas trazadas por la mano de , su bella amante. Finalmente se acostó, se durmió y
tuvo sueños dorados.
A las siete de la mañana se levantó y llamó a Planchet, que a la segunda llamada abrió la
puerta, el rostro todavía mal limpio de las inquietudes de la víspera.
-Planchet -le dijo D'Artagnan-, salgo por todo el día quizá; eres, pues, libre hasta las siete de la
tarde; pero a las siete de la tarde, estate dispuesto con dos caballos.
-¡Vaya! -dijo Planchet-. Parece que todavía vamos a hacernos agujerear la piel en varios
lugares.
-Cogerás tu mosquetón y tus pistolas.
-¡Bueno! ¿Qué decía yo? -exclamó Planchet-. Estaba seguro; , esa maldita carta...
-Tranquilízate, imbécil, se trata simplemente de una partida de placer.
-Sí, como los viajes de recreo del otro día, en los que llovían las balas y donde había trampas.
-Además, si tenéis miedo, señor Planchet -prosiguió D'Arta gnan-, iré sin vos; prefiero viajar
solo antes que tener un compañero que tiembla.
-El señor me injuria -dijo Planchet-; me parece, sin embargo, que me ha visto en acción.
-Sí, pero creo que gastaste todo tu valor de una sola vez.
-El señor verá que cuando la ocasión se presente todavía me queda; sólo que ruego al señor
no prodigarlo demasiado si quiere que me quede por mucho tiempo.
-¿Crees tener todavía cierta cantidad para gastar esta noche?


 

 
 

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