Hubo en la sala un momento de desconcierto y confusión.
Todo el mundo había podido notar que algo había pasado entre el
rey y la reina; pero los dos
habían hablado tan bajo que, habiéndose alejado todos por respeto
algunos pasos, nadie había
oído nada. Los violines tocaban con toda su fuerza, pero no los escuchaban.
El rey salió el primero de su gabinete; iba en traje de caza de los más
elegantes y Monsieur y
los otros señores iban vestidos como él. Era el traje que mejor
llevaba el rey, y así vestido
parecía verdaderamente el primer gentilhombre de su reino.
El cardenal se acercó al rey y le entregó una caja. El rey la
abrió y encontró en ella dos
herretes de diamantes.
-¿Qué quiere decir esto? -preguntó al cardenal.
-Nada -respondió éste-. Sólo que si la reina tiene los
herretes, cosa que dudo, contadlos, Sire,
y si no encontráis más que diez, preguntad a Su Majestad quién
puede haberle robado los dos
herretes que hay ahí.
El rey miró al cardenal como para interrogarle; pero no tuvo tiempo de
dirigirle ninguna
pregunta: un grito de admiración salió de todas las bocas. Si
el rey parecía el primer
gentilhombre de su reino, la reina era a buen seguro la mujer más bella
de Francia.
Es cierto que su tocado de cazadora le iba de maravilla; tenía un sombrero
de fieltro con
plumas azules, un corpiño de terciopelo gris perla unido con broches
de diamantes, y una falda
de satén azul toda bordada de plata. En su hombro izquierdo resplandecían
los herretes
sostenidos por un nudo del mismo color que las plumas y la falda.
El rey se estremecía de alegría y el cardenal de cólera;
sin embargo, distantes como estaban
de la reina, no podían contar los herretes; la reina los tenía,
sólo que, ¿tenía diez o tenía doce?
En aquel momento, los violines hicieron sonar la señal del baile. El
rey avanzó hacia la señora
presidenta, con la que debía bailar, y S. A. Monsieur con la reina. Se
pusieron en sus puestos y el
baile comenzó.
El rey estaba en frente de la reina, y cada vez que pasaba a su lado, devoraba
con la mirada
aquellos herretes, cuya cuenta no podía saber. Un sudor frío cubría
la frente del cardenal.
El baile duró una hora: tenía dieciséis intermedios.
El baile terminó en medio de los aplausos de toda la sala, cada cual
llevó a su dama a su sitio,
pero el rey aprovechó el privilegio que tenía de dejar a la suya
donde se encontraba para avanzar
deprisa hacia la reina.
-Os agradezco, señora -le dijo-, la deferencia que habéis mostrado
hacia mis deseos, pero creo
que os faltan dos herretes, y yo os los devuelvo.
Y con estas palabras, tendió a la reina los dos herretes que le había
entregado el cardenal.
-¡Cómo, Sire! -exclamó la joven reina fingiendo sorpresa-.
¿Me dais aún otros dos? Entonces
con éstos tendré catorce.
En efecto, el rey contó y los doce herretes se hallaron en los hom bros
de Su Majestad.
El rey llamó al cardenal.
-Y bien, ¿qué significa esto, monseñor cardenal? - preguntó
el rey en tono severo.
-Eso significa, Sire -respondió el cardenal-, que yo deseaba que Su Majestad
aceptara esos dos
herretes y, no atreviéndome a ofrecérselos yo mismo, he adoptado
este medio.
-Y yo quedo tanto más agradecida a Vuestra Eminencia -res pondió
Ana de Austria con una
sonrisa que pr obaba que no era vícti ma de aquella ingeniosa galantería-,
cuanto que estoy
segura de que estos dos herretes os cuestan tan caros ellos solos como los otros
doce han
costado a Su Majestad.
Luego, habiendo saludado al rey y al cardenal, la reina tomó el camino
de la habitación en que
se había vestido y en que debía desvestirse.
La atención que nos hemos visto obligados a prestar durante el comienzo
de este capítulo a los
personajes ilustres que en él hemos introducido, nos han alejado un instante
de aquel a quien
Ana de Austria debía el triunfo inaudito que acababa de obtener sobre
el cardenal y que,
confundido, ignorado perdido en la muchedumbre apiñada en una de las
puertas, miraba desde
allí esta escena sólo comprensible para cuatro personas: el rey,
la reina Su Eminencia y él.
La reina acababa de ganar su habitación y D'Artagnan se aprestaba a retirarse
cundo sintió que
le tocaban ligeramente en el hombro; se volvió y vio a una mujer joven
que le hacía señas de
seguirla. Aquella joven tenía el rostro cubierto por un antifaz de terciopelo
negro, mas pese a
esta precaución que, por lo demás, estaba tomada más para
los otros que para él, reconoció al
instante mismo a su guía habitual, la ligera a ingeniosa señora
Bonacieux.
