les habían sido
asignadas.
A las tres llegaron dos compañas de guardias, una francesa, otra suiza.
La compaña de los
guardias franceses estaba compuesta: la mitad por hombres del señor Duhallier,
la otra mitad
por hombres del señor des Essarts.
A las seis de la tarde, los invitados comenzaron a entrar. A medida que entraban,
eran
colocados en el salón, sobre los estrados preparados.
A las nueve llegó la señora primera presidenta. Como era después
de la reina la persona de
mayor consideración de la fiesta, fue recibida por los señores
del Ayuntamiento y colocada en el
palco frontero al que debía ocupar la reina.
A las diez se trajo la colación de confituras para el rey en la salita
del lado de la iglesia
Saint-Jean, y ello frente al aparador de plata del Ayuntamiento, que era guardado
por cuatro
arqueros.
A medianoche se oyeron grandes gritos y numerosas aclamaciones: era el rey que
avanzaba a
través de las calles que conducen del Louvre al palacio del Ayuntamiento,
y que estaban
iluminadas con linternas de color.
Al punto los señores regidores, vestidos con sus trajes de paño
y precedidos por seis
sargentos, cada uno de los cuales llevaba un hachón en la mano, fueron
ante el rey, a quien
encontraron en las gradas, donde el preboste de los comerciantes le dio la bienvenida,
cumplida
la cual Su Majestad respondió excusándose de haber venido tan
tarde, pero cargando la culpa
sobre el señor cardenal, que lo había re tenido hasta las once
para hablar de los asuntos del
Estado.
Su Majestad, en traje de ceremonia, estaba acompañado por S. A. R. Monsieur,
por el conde
de Soissons, por el gran prior, por el duque de Longueville, por el duque D'Elbeuf,
por el conde
D'Harcourt, por el conde de La Roche-Guyon, por el señor de Liancourt,
por el señor de Baradas,
por el conde de Cramail y por el caballero de Souveray.
Todos observaron que el rey tenía aire triste y preocupado.
Se había preparado para el rey un gabinete, y otro para Monsieur. En
cada uno de estos
gabinetes había depositados trajes de máscara. Otro tanto se había
hecho para la reina y para la
señora presidenta. Los señores y las damas del séquito
de Sus Majestades debían vestirse de dos
en dos en habitaciones preparadas a este efecto.
Antes de entrar en el gabinete, el rey ordenó que viniesen a preve nirlo
tan pronto como
apareciese el cardenal.
Media hora después de la entrada del rey, nuevas aclamaciones sonaron:
éstas anunciaban la
llegada de la reina . Los regidores hicieron lo que ya habían hecho antes
y precedidos por los
sargentos se adelan taron al encuentro de su ilustre invitada.
La reina entró en la sala: se advirtió que, como el rey, tenía
aire triste y sobre todo fatigado.
En el momento en que entraba, la cortina de una pequeña tribuna que hasta
entonces había
permanecido cerrada se abrió, y se vio aparecer la cabeza pálida
del cardenal vestido de
caballero español. Sus ojos se fijaron sobre los de la reina, y una sonrisa
de alegría terrible pasó
por sus labios: la reina no tenía sus herretes de diamantes.
La reina permaneció algún tiempo recibiendo los cumplidos de los
señores del Ayuntamiento y
respondiendo a los saludos de las damas.
De pronto el rey apareció con el cardenal en una de las puer tas de la
sala. El cardenal le
hablaba en voz baja y el rey estaba muy pálid o.
El rey hendió la multitud y, sin máscara, con las cintas de su
jubón apenas anudadas, se
aproximó a la reina y con voz alterada le dijo:
-Señora, ¿por qué, si os place, no tenéis vuestros
herretes de diamantes cuando sabéis que me
hubiera agradado verlos?
La reina tendió su mirada en torno a ella, y vio detrás del rey
al cardenal que sonreía con una
sonrisa diabólica.
-Sire -respondió la reina con voz alterada-, porque en medio de esta
gran muchedumbre he
temido que les ocurriera alguna desgracia.
-¡Pues os habéis equivocado, señora! Si os he hecho ese
regalo ha sido para que os adornarais
con él. Os digo que os habéis equi vocado.
Y la voz del rey estaba temblorosa de cólera; todos miraban y escuchaban
con asombro, sin
comprender nada de lo que pasaba.
-Sire -dijo la reina- puedo enviarlos a buscar al Louvre, don de están,
y así los deseos de
Vuestra Majestad serán cumplidos.
-Hacedlo, señora, hacedlo, y cuanto antes; porque dentro de una hora
va a comenzar el ballet.
La reina saludó en señal de sumisión y siguió a
las damas que debían conducirla a su gabinete.
Por su parte, el rey volvió al suyo.
