que soplaba, su navío
iba tan deprisa que al cabo de un instante estuvieron fuera del alcance de los
ojos.
Al día siguiente, hacia las nueve de la mañana, llegaron a Saint-Valèry.
D'Artagnan se dirigió al instante hacia el albergue indicado, y lo reconoció
por los gritos que de
él salían: se hablaba de guerra entre In glaterra y Francia como
de algo próximo a indudable, y
los marineros contentos alborotaban en medio de la juerga.
D'Artagnan hendió la multitud, avanzó hacia el hostelero y pronunció
la palabra Forword. Al
instante el huésped le hizo seña de que le siguiese, salió
con él por una puerta que daba al patio,
lo condujo a la cuadra donde lo esperaba un caballo completamente ensillado,
y le preguntó si
necesitaba alguna otra cosa.
-Necesito conocer la ruta que debo seguir -dijo D'Artagnan.
-Id de aquí a Blangy, y de Blangy a Neufchátel. En Neufchátel
entrad en el albergue de la
Herse d'Ord, dad la contraseña al hotelero, y, como aquí, encontraréis
un caballo totalmente
ensillado.
-¿Debo algo? -preguntó D'Artagnan.
-Todo está pagado -dijo el hostelero-, y con largueza. Id, pues, y que
Dios os guíe.
-¡Amén! -respondió el joven, partiendo al galope.
Cuatro horas después estaba en Neufchátel.
Siguió estrictamente las instrucciones recibidas; en Neufchátel,
como en Saint-Valèry, encontró
una montura totalmente ensillada y aguardándolo; quiso llevar las pistolas
de la silla que acababa
de dejar a la silla que iba a tomar: las guardas del arzón estaban provistas
de pisto las parecidas.
- Vuestra dirección en Paris?
-Palacio de los Guardias, compaña Des Essarts.
-Bien -respondió éste.
-¿Qué ruta hay que tomar? -preguntó a su vez D'Artagnan.
-La de Rouen; pero dejaréis la ciudad a vuestra derecha. En la Pequeña
aldea de Ecouis os
detendréis, no hay más que un albergue, el Ecu de France. No lo
juzguéis por su apariencia: en
sus cuadras tendrá un caballo que valdrá tanto como éste.
-¿La misma contraseña?
-Exactamente.
-¡Adiós, maese!
-¡Buen viaje, gentilhombre! ¿Tenéis necesidad de alguna
cosa? D'Artagnan hizo con la cabeza
señal de que no, y volvió a partir a todo galope. En Ecouis, la
misma escena se repitió: encontró
un hostelero tan previsor, un caballo fresco y descansado; dejó sus señas
como lo había hecho y
volvió a partir al mismo galope para Pontoise. En Pontoise, cambió
por última vez de montura y a
las nueve entraba a todo galope en el patio del palacio del señor de
Tréville.
Había hecho cerca de sesenta leguas en doce horas.
El señor de Tréville lo recibió como si lo hubiera visto
aquella misma mañana; sólo que,
apretándole la mano un poco más vivamente que de costumbre, le
anunció que la compaña del
señor Des Essarts estaba de guardia en el Louvre y que podía incorporarse
a su puesto.
Capítulo XXII
El ballet de la Merlaison
Al día siguiente no se hablaba en todo Paris más que del baile
que los señores regidores de la
villa darían al rey y a la reina, y en el cual sus Majestades debian
bailar el famoso ballet de la
Merlaison, que era el ballet favorito del rey.
En efecto, desde hacía ocho días se preparaba todo en el Ayunta
miento para aquella velada
solemne. El carpintero de la villa había levantado los estrados sobre
los que debían permanecer
las damas invitadas; el tendera del Ayuntamiento había adornado las salas
con doscientas velas
de cera blanca, lo cual era un lujo inaudito para aquella época; en fin,
veinte violines habían sido
avisados, y el precio que se les daba había sido fijado en el doble del
precio ordinario, dado que,
según este informe, debían tocar durante toda la noche.
A las diez de la mañana, el señor de La Coste, abanderado de los
guardias del rey, seguido de
dos exentos y de varios arqueros del cuerpo, vino a pedir al escribano de la
villa, llamado
Clément, todas las llaves de puertas, habitaciones y oficinas del Ayuntamiento.
Aquellas llaves le
fueron entregadas al instante; cada una de ellas llevaba un billete que debía
servir para hacerla
reconocer, y a partir de aquel momento el señor de La Coste quedó
encargado de la guardia de
todas las puertas y todas las avenidas.
A las once vino a su vez Duhallier, capitán de los guardias, trayen do
consigo cincuenta
arqueros que se repartieron al punto por el Ayuntamiento, en las puertas que
