-Haré vuestro encargo palabra por palabra, milord.
-Y ahora -prosiguió Buckingham, mirando fijamente al joven-, ¿cómo
saldaré mi deuda con
vos?
D'Artagnan enrojeció hasta el blanco de los ojos. Vio que el duque buscaba
un medio de
hacerle aceptar algo, y aquella idea de que la sangre de sus compañeros
y la suya iban a ser
pagadas por el oro in glés le repugnaba extrañamente.
-Entendámonos milord -respondió D'Artagnan-, y sopesemos bien
los hechos por adelantado, a
fin de que no haya desprecio en ello. Estoy al servicio del rey y de la reina
de Francia, y formo
parte de la compaña de los guardias del señor des Essarts quien,
como su cuñado el señor de
Tréville, está particularmente vinculado a Sus Majesta des. Por
tanto, lo he hecho todo por la
reina y nada por Vuestra Gracia. Es más, quizá no hubiera hecho
nada de todo esto si no hubiera
tratado de ser agradable a alguien que es mi dama, como la reina lo es vuestra.
-Sí -dijo el duque, sonriendo-, y creo incluso conocer a esa persona,
es...
-Milord, yo no la he nombrado -interrumpió vivamente el joven.
-Es justo -dijo el duque-. Es, pues, a esa persona a quien debo estar agradecido
por vuestra
abnegación.
-Vos lo habéis dicho, milord, porque precisamente en este momento en
que se trata de guerra,
os confieso que no veo en Vuestra Gracia más que a un inglés,
y por consiguiente a un enemigo
al que estaría más encantado de encontrar en el campo de batalla
que en el parque de Windsor o
en los corredores del Louvre; lo cual, por lo demás, no me impedirá
ejecutar punto por punto mi
misión y hacerme matar si es necesario para cumplirla; pero, lo repito
a Vuestra Gracia, sin que
tenga que agradecerme personalmente lo que por mí hago en esta segunda
entrevista más de lo
que hice por ella en la primera.
-Nosotros decimos: «Orgulloso como un escocés» - murmuró
Buckingham.
-Y nosotros decimos: «Orgulloso como un gascón» -respondió
D'Artagnan. Los gascones son
los escoceses de Francia.
D'Artagnan saludó al duque y se dispuso a partir.
-¡Y bien! ¿Os vais as? ¿Por dónde? ¿Cómo?
-Es cierto.
-¡Dios me condene! Los franceses no temen a nada.
-Había olvidado que Inglaterra era una isla y que vos erais el rey.
-Id al puerto, buscad el bricbarca Sund, entregad esta carta al capitán;
él os conducirá a un
pequeño puerto donde ciertamente no os esperan, y donde no atracan por
regla general más
que barcos de pesca.
-¿Cómo se llama ese puerto?
-Saint-Valèry; pero, esperad: llegado allí, entraréis en
un mal albergue sin nombre y sin
muestra, un verdadero garito de marineros; no podéis confundiros, no
hay más que uno.
-¿Después?
-Preguntaréis por el hostelero, y le diréis: Forward.
-Lo cual quiere decir...
-Adelante: es la contraseña. Os dará un caballo completamente
ensillado y os indicará el
camino que debéis seguir; encontraréis de ese modo cuatro relevos
en vuestra ruta. Si en cada
uno de ellos queréis dar vuestra dirección de Paris, los cuatro
caballos os seguirán; ya conocéis
dos, y me ha parecido que sabéis apreciarlos como aficionado: son los
que hemos montado;
creedme, los otros no les son inferiores. Estos cuatro caballos están
equipados para campaña.
Por orgulloso que seáis, no os negaréis a aceptar uno ni hacer
aceptar los otros tres a vues tros
compañeros: además son para hacer la guerra. El fin excluye los
medios, como vos decís, como
dicen los franceses, ¿no es así?
-Sí, milord, acepto - dijo D'Artagnan-. Y si place a Dios, haremos buen
uso de vuestros
presentes.
-Ahora, vuestra mano, joven; quizá nos encontremos pronto en el campo
de batalla; pero
mientras tanto, nos dejaremos como buenos amigos, eso espero.
-Sí, milord, pero con la esperanza de convertirnos pronto en enemigos.
-Estad tranquilo, os lo prometo.
-Cuento con vuestra palabra, milord.
D'Artagnan saludó al duque y avanzó vivamente hacia el puerto.
Frente a la Torre de Londres encontró el navio designado, entregó
su carta al capitán, que la
hizo visar por el gobernador del puerto, y aparejó al punto.
Cincuenta navíos estaban en franquicia y esperaban.
Al pasar junto a la borda de uno de ellos, D'Artagnan creyó reconocer
a la mujer de Meung, la
misma a la que el gentilhombre desconocido había llamado «milady»,
y que él, D'Artagnan, había
encontrado tan bella; pero gracias a la corriente del río y al buen viento
