Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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-Sí -dijo- sí, es que Ana de Austria es mi verdadera reina; a una palabra de ella traicionaría a
mi país, traicionaría a mi rey, traicio naría a mi Dios. Ella me pidió no enviar a los protestantes de
La Rochelle la ayuda que yo les había prometido, y no lo he hecho. Faltaba así a mi palabra,
¡pero no importa! Obedecía a su deseo. ¿No he sido suficientemente pagado por mi obediencia?
Porque a esa obediencia debo precisamente su retrato.
D'Artagnan admiró de qué hilos frágiles y desconocidos están a veces suspendidos los destinos
de un pueblo y la vida de los hombres.
Estaba él en lo más profundo de sus reflexiones, cuando entró el orfebre: era un irlandés de
los más hábiles en su arte, y que confesaba él mismo ganar cien mil libras al año con el duque de
Buckingham.
-Señor O'Reilly -le dijo el duque, conduciéndolo a la capilla-, ved estos herretes de diamantes y
decidme cuánto vale cada pieza.
El orfebre lanzó una sola ojeada sobre la forma elegante en que estaban engastados, calculó
uno con otro el valor de los diamantes y sin duda alguna:
-Mil quinientas pistolas la pieza, milord -respondió.
-¿Cuántos días se necesitarían para hacer dos herretes como estos? Como veis, faltan dos.
-Ocho días, milord.
-Los pagaré a tres mil pistolas la pieza, pero los necesito para pasado mañana.
-Los tendrá, milord.
-Sois un hombre preciso, señor O'Reilly, pero esto no es todo; esos erretes no pueden ser
confiados a nadie, es preciso que sean hechos en este palacio. -Imposible, milord, sólo yo puedo realizarlos para que no se vea la diferencia entre los nuevos
y los viejos.
-Entonces, mi querido señor O'Reilly, sois mi prisionero, y aunque ahora quisierais salir de mi
palacio no podríais; decidid, pues. De cidme los nombres de los ayudantes que necesitáis, y
designad los utensilios que deben traer.
El orfebre conocía al duque, sabía que cualquier observación era inútil, y por eso tomó al
instante su decisión.
-¿Me será permitido avisar a mi mujer? -preguntó.
-¡Oh! Os será incluso permitido verla, mi querido señor O'Reilly; vuestro cautiverio será dulce,
estad tranquilo; y como toda molestia vale una compensación, además del precio de los dos
herretes, aquí tenéis un buen millar de pistolas para haceros olvidar la molestia que os causo.
D'Artagnan no volvía del asombro que le causaba aquel ministro, que movía a su placer
hombres y millones.
En cuanto al orfebre, escribía a su mujer enviándole el bono de mil pistolas y encargándola
devolverle a cambio su aprendiz más hábil, un surtido de diamantes cuyo peso y título le daba, y
una lista de los instrumentos que le eran necesarios.
Buckingham condujo al orfebre a la habitación que le estaba destinada y que, al cabo de media
hora, fue transformada en taller. Luego puso un centinela en cada puerta con prohibición de
dejar entrar a quienquiera que fuese, a excepción de su ayuda de cámara Patrice. Es inútil añadir
que al orfebre O'Reilly y a su ayudante les estaba abso lutamente prohibido salir bajo el pretexto
que fuera.
Arreglado este punto, el duque volvió a D'Artagnan.
-Ahora, joven amigo mío -dijo-, Inglaterra es nuestra. ¿Qué queréis qué deseáis?
-Una cama -respondió D'Artagnan-. Os confieso que por el momento es lo que más necesito.
Buckingham dio a D'Artagnan una habitación que pegaba con la suya. Quería tener al joven
bajo su mano, no porque desconfiase de él, sino para tener alguien con quien hablar
constantemente de la reina.
Una hora después fue promulgada en Londres la ordenanza de no dejar salir de los puertos
ningún navío cargado para Francia, ni siquiera el paquebote de las camas. A los ojos de todos,
aquello era una declaración de guerra entre los dos reinos.
Dos días después, a las once, los dos herretes en diamantes estaban acabados y tan
perfectamente imitados, tan perfectamente parejos que Buckingham no pudo reconocer los
nuevos de los antiguos, y los más expertos en semejante materia se habrían equivocado igual
que él.
Al punto hizo llamar a D'Artagnan.
-Mirad -le dijo-. Aquí están los herretes de diamantes que habéis venido a buscar, y sed mi
testigo de que todo cuanto el poder humano podía hacer lo he hecho.
-Estad tranquilo, milord, diré lo que he visto; pero ¿me entrega Vuestra Gracia los herretes sin
la caja?
-La caja os sería un embarazo. Además, la caja es para mí tanto más preciosa cuanto que sólo
me queda ella. Diréis que la conservo yo.


 

 
 

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