Su Majestad, decidle lo que
habéis visto.
Alentado por esta invitación, D'Artagnan siguió al duque, que
cerró la puerta tras él.
Los dos se encontraron entonces en una pequeña capilla tapizada toda
ella de seda de Persia y
brocada de oro, ardientemente iluminada por un gran número de bujías.
Encima de una especie
de altar, y debajo de un dosel de terciopelo azul coronado de plumas btancas
y rojas, había un
retrato de tamaño natural representando a Ana de Austria, tan perfectamente
parecido que
D'Artagnan lanzó un grito de sorpresa: se hubiera creído que la
reina iba a hablar.
Sobre el altar, y debajo del retrato, estaba el cofre que guardaba los herretes
de diamantes.
El duque se acercó al altar, se arrodilló como hubiera podido
hacerlo un sacerdote ante Cristo;
luego abrió el cofre.
-Mirad -le dijo sacando del cofre un grueso nudo de cinta azul todo resplandeciente
de
diamantes-. Mirad, aquí están estos preciosos herretes con los
que había hecho juramento de ser
enterrado. La reina me los había dado, la reina me los pide; que en todo
se haga su voluntad,
como la de Dios.
Luego se puso a besar unos tras otros aquellos herretes de los que tenía
que separarse. De
pronto, lanzó un grito terrible.
-¿Qué pasa? -preguntó D'Artagnan con inquietud-. ¿Y
qué os ocurre, milord?
-Todo está perdido -exclamó Buckingham, volviéndose pálido
como un muerto-; dos de estos
herretes faltan, no hay más que diez.
-Milord, ¿los ha perdido o cree que se los han robado?
-Me los han robado -repuso el duque-. Y es el cardenal quien ha dado el golpe.
Mirad, las
cintas que los sostenían han sido cortadas con tijeras.
-Si milord pudiera sospechar quién ha cometido el robo... Quizá
esa persona los tenga aún en
sus manos.
-¡Esperad, esperad! -exclamó el duque-. La única vez que
me he puesto estos herretes fue en
el baile del rey, hace ocho días, en Windsor. La condesa de Winter, con
quien estaba enfadado,
se me acercó durante ese baile. Aquella reconciliación era una
venganza de mu jer celosa. Desde
ese día no la he vuelto a ver. Esa mujer es un agente del cardenal.
-¡Pero los tiene entonces en todo el mundo! -exclamó D'Ar tagnan.
-¡Oh, sí sí! - dijo Buckingham, apretando los dientes de
cólera-. Sí, es un luchador terrible. Pero,
no obstante, ¿cuándo ha de tener lugar ese baile?
-El próximo lunes.
-¡El próximo lunes! Todavía cinco días; es más
tiempo del que necesitamos. ¡Patrice! -exclamó
el duque, abriendo la puerta de la capilla-. ¡Patrice!
Su ayuda de cámara de confianza apareció.
-¡Mi joyero y mi secretario!
El ayuda de cámara salió con una presteza y un mutismo que probaban
el hábito que había
contraído de obedecer ciegamente y sin réplica.
Pero aunque fuera el joyero llamado en primer lugar, fue el secretario quien
apareció antes.
Era muy simple, vivía en palacio. Encontró a Buckingham sentado
ante una mesa en su
dormitorio y escribiendo algunas órdenes de su propio puño.
-Señor Jackson -le dijo-, vais a daros un paseo hasta casa del lord-canciller
y decirle que le
encargo la ejecución de estas órdenes. Deseo que sean promulgadas
al instante.
-Pero, monseñor, si el lord-canciller me interroga por los motivos que
han podido llevar a
Vuestra Gracia a una medida tan extraordinaria, ¿qué responderé?
-Que tal ha sido mi capricho, y que no tengo que dar cuenta a nadie de mi voluntad.
-¿Será esa la respuesta que deberá transmitir a Su Majestad
-repuso sonriendo el secretario- si
por casualidad Su Majestad tuviera la curiosidad de saber por qué ningún
bajel puede salir de los
puertos de Gran Bretaña?
-Tenéis razón señor -respondió Buckingham- En tal
caso le dirá al rey que he decidido la
guerra, y que esta medida es mi primer acto de hostilidad contra Francia.
El secretario se inclinó y salió.
-Ya estamos tranquilos por ese lado -dijo Buckingham, volviéndose hacia
D'Artagnan-. Si los
herretes no han partido ya para Fran cia, no llegarán antes que vos.
-Y eso, ¿por qué?
-Acabo de embargar a todos los navíos que se encuentran en este momento
en los puertos de
Su Majestad, y a menos que haya un per miso particular, ni uno solo se atreverá
a levar anclas.
D'Artagnan miró con estupefacción a aquel hombre que ponía
el poder ¡limitado de que estaba
revestido por la confianza de un rey al servicio de sus amores. Buckingham vio
en la expresión
del rostro del joven lo que pasaba en su pensamiento y sonrió.
