-¿No le ha ocurrido ninguna desgracia a la reina? -exclamó Buckingham,
pintándose en esta
pregunta todo su pensamiento y todo su amor.
-No lo creo; sin embargo, creo que corre algún gran peligro del que sólo
Vuestra Gracia puede
sacarla.
-¿Yo? -exclamó Buckingham-. ¡Bueno, me sentiría muy
feliz de servirla para alguna cosa!
¡Hablad! ¡Hablad!
-Tomad esta carta -dijo D'Artagnan.
-¡Esta carta! ¿De quién viene esta carta?
-De Su Majestad, según pienso.
-¡De Su Majestad! -dijo Buckingham palideciendo hasta tal punto que D'Artagnan
creyó que iba
a marearse.
Y rompió el sello.
-¿Qué es este desgarrón? -dijo mostrando a D'Artagnan un
lugar en el que se hallaba
atravesada de parte a parte.
-¡Ah, ah! -dijo D'Artagnan-. No había visto eso; es la espada
del conde de Wardes la que ha
hecho ese hermoso agujero al agujerearme el pecho.
-¿Estáis herido? -preguntó Buckingham rompiendo el sello.
-¡Oh! ¡No es nada! -dijo D'Artagnan-. Un rasguño.
-¡Justo cielo! ¡Qué he leído! -exclamó el duque-.
Patrice, quédate aquí, o mejor, reúnete con el
rey donde esté, y di a Su Majestad que le suplico humildemente excusarme,
pero un asunto de la
más alta importancia me llama a Londres. Venid, señor, venid.
Y los dos juntos volvieron a tomar al galope el camino de la capital.
Capítulo XXI
La condesa de Winter
Durante el camino, el duque se hizo poner al corriente por D'Artagnan no de
cuanto había
pasado, sino de lo que D'Artagnan sabía. Al unir lo que había
oído salir de la boca del joven a sus
recuerdos propios, pudo, pues, hacerse una idea bastante exacta de una situación,
de cuya
gravedad, por lo demás, la carta de la reina, por corta y poco explícita
que fuese, le daba la
medida. Pero lo que le extrañaba sobre todo es que el cardenal, interesado
como estaba en que
aquel joven no pusiera el pie en Inglaterra, no hubiera logrado detenerlo en
ruta.
Fue entonces, y ante la manifestación de esta sorpresa, cuando D'Artagnan
le contó las
precauciones tomadas, y cómo gracias a la abnegación de sus tres
amigos, que había diseminado
todo ensangrentados en el camino, había llegado a librarse, salvo la
estocada que había atra-
vesado el billete de la reina y que había devuelto al señor de
Wardes en tan terrible moneda. Al
escuchar este relato hecho con la mayor simplicidad, el duque miraba de vez
en cuando al joven
con aire asombrado, como si no hubiera podido comprender que tanta prudencia,
coraje y
abnegación hubieran venido a un rostro que no indicaba tod¿ via
los veinte años.
Los caballos iban como el viento y en algunos minutos estuvieron a las puertas
de Londres.
D'Artagnan había creído que al llegar a la ciudad el duque aminoraría
la marcha del suyo, pero no
fue así: conti nuó su camino a todo correr, inquietándose
poco de si derribaba a quienes se
hallaban en su camino. En efecto, al atravesar la ciudad, ocurrieron dos o tres
accidentes de este
género; pero Buckingham no volvió siquiera la cabeza para mirar
qué había sido de aquellos a los
que había volteado. D'Artagnan le seguía en medio de gritos que
se parecían mucho a
maldiciones.
Al entrar en el patio del palacio, Buckingham saltó de su caballo y,
sin preocuparse por lo que
le ocurriría, lanzó la brida sobre el cuello y se abalanzó
hacia la escalinata. D'Artagnan hizo otro
tanto, con alguna inquietua más sin embargo, por aquellos nobles animales
cuyo mérito había
podido apreciar; pero tuvo el consuelo de ver que tres o cuatro criados se habían
lanzado de las
cocinas y las cuadras y se apoderaban al punto de sus monturas.
El duque caminaba tan rápidamente que D'Artagnan apenas podía
seguirlo. Atravesó
sucesivamente varios salones de una elegancia de la que los mayores señores
de Francia no
tenían siquiera idea, y llegó por fin a un dormitorio que era
a la vez un milagro de gusto y de
riqueza. En la alcoba de esta habitación había una puerta, oculta
en la tapicería, que el duque
abrió con una llavecita de oro que llevaba colgada de su cuello por una
cadena del mismo metal.
Por discreción, D'Artag nan se había quedado atrás; pero
en el momento en que Buckingham
franqueaba el umbral de aquella puerta, se volvió, y viendo la indeci
sión del joven:
-Venid -le dijo-, y si tenéis la dicha de ser admitido en presencia de
