Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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-Dadme sus señas entonces.
-Nada más fácil.
Y D'Artagnan hizo rasgo por rasgo la descripción del conde de Wardes.
-¿Va acompañado? -preguntó el gobernador.
-Sí, de un criado llamado Lubin.
-Se tendrá cuidado con ellos y, si les ponemos la mano encima, Su Eminencia puede estar
tranquilo, serán devueltos a Paris con una buena escolta.
-Y si lo hacéis, señor gobernador -dijo D'Artagnan-, habréis hecho méritos ante el cardenal.
-Lo veréis a vuestro regreso, señor conde?
-Sin ninguna duda.
-Os suplico que le digáis que soy su servidor.
-No dejaré de hacerlo.
Y contento por esta promesa, el goberandor visó el pase y lo entregó a D'Artagnan.
D'Artagnan no perdió su tiempo en cumplidos inútiles, saludó al gobernador, le dio las gracias y
partió.
Una vez fuera, él y Planctîet tomaron su camino y, dando un gran rodeo, evitaron el bosque y
volvieron a entrar por otra puerta.
El navío continuaba dispuesto para partir, el patrón esperaba en el puerto.
-¿Y bien? -dijo al ver a D'Artagnan.
-Aquí está mi pase visado -dijo éste.
-¿Y aquel otro gentilhombre?
-No pasará hoy -dijo D'Artagnan-, pero estad tranquilo, yo pagaré el pasaje por nosotros dos.
-En tal caso, partamos - dijo el patrón.
-¡Partamos! -repitió D'Artagnan.
Y saltó con Planchet al bote; cinco minutos después estaban a bordo.
Justo a tiempo: a media legua en alta mar, D'Artagnan vio brillar una luz y oyó una detonación.
Era el cañonazo que anunciaba el cierre del puerto.
Era momento de ocuparse de su herida; afortunadamente, como D'Artagnan había pensado, no
era de las más peligrosas: la punta de la espada había encontrado una costilla y se había
deslizado a lo largo del hueso; además, la camisa se había pegado al punto a la herida, y apenas
si había destilado algunas gotas de sangre.
D'Artagnan estaba roto de fatiga; extendieron para él un colchón en el puente, se echó encima
y se durmió.
Al día siguiente, al levantar el día se encontró a tres o cuatro leguas aún de las costas de
Inglaterra; la brisa había sido débil toda la noche y habían andado poco.
A las diez, el navío echaba el ancla en el puerto de Douvres. A las diez y media, D'Artagnan ponía el pie en tierra de Inglaterra, exclamando:
-¡Por fin, heme aquí!
Pero aquello no era todo; había que ganar Londres. En Inglaterra, la posta estaba bastante
bien servida. D'Artagnan y Planchet tomaron cada uno una jaca, un postillón corrió por delante
de ellos; en cuatro horas se plantaron en las puertas de la capital.
D'Artagnan no conocía Londres, D'Artagnan no sabía ni una palabra de inglés; pero escribió el
nombre de Buckingham en un papel, y todos le indicaron el palacio del duque.
El duque estaba cazando en Windsor, con el rey.
D'Artagnan preguntó por el ayuda de cámara de confianza del duque, el cual, por haberle
acompañado en todos sus viajes, hablaba perfectamente francés; le dijo que llegaba de Paris
para un asunto de vida o muerte, y que era preciso que hablase con su amo al instante.
La confianza con que hablaba D'Artagnan convenció a Patrice, que así se llamaba este ministro
del ministro. Hizo ensillar dos caballos y se encargó de conducir al joven guardia. En cuanto a
Planchet, le habían bajado de su montura rígido como un junco; el pobre muchacho se hallaba
en el límite de sus fuerzas; D'Artagnan parecía de hierro.
Llegaron al castillo; allí se informaron: el rey y Buckingham cazaban pájaros en las marismas
situadas a dos o tres leguas de allí.
A los veinte minutos estuvieron en el lugar indicado. Pronto Patri ce oyó la voz de su señor que
llamaba a su halcón.
-¿A quién debo anunciar a milord el duque? -preguntó Patrice.
-Al joven que una noche buscó querella con él en el Pont-Neuf, frente a la Samaritaine.
-¡Singular recomendación!
-Ya veréis cómo vale tanto como cualquier otra.
Patrice puso su caballo al galope, alcanzó al duque y le anunció en los términos que hemos
dicho que un mensajero le esperaba.
Buckingham reconoció a D'Artagnan al instante, y temiendo que en Francis pasaba algo cuya
noticia se le hacía llegar, no perdió más que el tiempo de preguntar dónde estaba quien la traía;
y habiendo reconocido de lejos el uniforme de los guardias puso su caballo al galope y vino
derecho a D'Artagnan. Patrice, por discreción, se mantuvo aparte.


 

 
 

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