Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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a las diez de la
mañana esté en Londres.
-Caso perdido, señor; pero yo he llegado el primero y no pasaré el segundo.
-Caso perdido, señor; pero yo he llegado el segundo y pasaré el primero.
-¡Servicio del rey! -dijo el gentilhombre.
-¡Servicio mío! -dijo D'Artagnan.
-Me parece que es una mala pelea la que me buscáis.
-¡Pardiez! ¿Qué queréis que sea?
-¿Qué deseáis?
-¿Queréis saberlo?
-Por supuesto.
-Pues bien, quiero la orden de que sois portador, dado que yo no la tengo y dado que necesito
una.
-¿Bromeáis, verdad?
-No bromeo nunca.
-¡Dejadme pasar!
-No pasaréis.
-Mi valiente joven, voy a romperos la cabeza. ¡Eh, Lubin, mis pistolas!
-Planchet -dijo D'Artagnan-, encárgate tú del criado, yo me encargo del amo. Planchet, enardecido por la primera proeza, saltó sobre Lubin, y como era fuerte y vigoroso,
dio con sus riñones en el suelo y le puso la rodilla en el pecho.
-Cumplid vuestro cometido, señor -dijo Planchet-, que yo ya he hecho el mío.
Al ver esto, el gentilhombre sacó su espada y se abalanzó sobre D'Artagnan; pero tenía que
habérselas con un adversario terrible.
En tres segundos D'Artagnan le suministró tres estocadas, diciendo a cada una:
-Una por Athos, otra por Porthos, y otra por Aramis.
A la tercera, el gentilhombre cayó como una mole.
D'Artagnan le creyó muerto, o al menos desvanecido, y se aproxi mó a él para cogerle la orden,
pero en el momento en que extendía el brazo para registrarlo, el herido, que no había soltado su
espada, le asestó un pinchazo en el pecho diciendo:
-Una por vos.
-¡Y una por mí! ¡Para el final la buena! -exclamó D'Artagnan fu rioso, clavándole en tierra con
una cuarta estocada en el vientre.
Aquella vez el gentilhombre cerró los ojos y se desvaneció.
D'Artagnan registró el bolsillo en que había visto poner la orden de paso y la cogió. Estaba a
nombre del conde de Wardes.
Luego, lanzando una última ojeada sobre el hermoso joven, que apenas tenía veinticinco años
y al que dejaba allí tendido, privado del sentido y quizá muerto, lanzó un suspiro sobre aquel
extraño destino que lleva a los hombres a destruirse unos a otros por intereses de personas que
les son extrañas y que a menudo no saben siquiera que existen.
Pero muy pronto fue sacado de estas cavilaciones por Lubin, que lanzaba aullidos y pedía
ayuda con todas sus fuerzas.
Planchet le puso la mano en la garganta y apretó con todas sus fuerzas.
-Señor -dijo- mientras lo tenga así, no gritará, de eso estoy seguro; pero tan pronto como lo
suelte, volverá a gritar. Es, según creo, normando, y los normandos son cabezotas.
-¡Espera! -dijo D'Artagnan.
Y cogiendo su pañuelo lo amordazó.
-Ahora -dijo Planchet- atémoslo a un árbol.
La cosa fue hecha a conciencia, luego arrastraron al conde de Wardes junto a su doméstico; y
como la noche comenzaba a caer y el atado y el herido estaban algunos pasos dentro del
bosque, era evidente que debían quedarse allí hasta el día siguiente.
-¡Y ahora -dijo D'Artagnan-, a casa del gobernad or!
-Pero estáis herido, me parece -dijo Planchet.
-No es nada; ocupémonos de lo que más urge; luego ya volveremos a mi herida que, además,
no me parece muy peligrosa.
Y los dos se encaminaron deprisa hacia la casa de campo del digno funcionario.
Anunciaron al señor conde de Wardes.
D'Artagnan fue introducido.
-¿Tenéis una orden firmada del cardenal? -dijo el gobernador.
-Sí, señor -respondió D'Artagnan-, aquí está.
-¡Ah, ah! Está en regla y bien certificada - dijo el gobernador.
-Es muy simple -respondió D'Artagnan-,soy uno de sus más fieles-. -Parece que Su Eminencia quiere impedir a alguien llegar a Inglaterra.
-Sí, a un tal D'Artagnan, un gentilhombre bearnés que ha salido de París con tres amigos suyos
con la intención de llegar a Londres.
-¿Le conocéis vos personalmente? -preguntó el gobernador.
-¿A quién?
-A ese D'Artagnan.
-De maravilla.


 

 
 

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