en venta por los alrede-
dores. A la puerta había dos caballos completamente equipados, fuer tes
y vigorosos. Aquello
arreglaba el asunto. Preguntó dónde estaban los dueños;
le dijeron que los dueños habían
pasado la noche en el albergue y saldaban su cuenta en aquel momento con el
amo.
Athos bajó para pagar el gasto, mientras D'Artagnan y Planchet estaban
en la puerta de la
caller el hostelero se hallaba en una habitación baja y alejada, a la
que rogó a Athos que pasase.
Athos entró sin desconfianza y sacó dos pistolas para pagar: el
hos telero estaba solo y sentado
ante su mesa, uno de cuyos cajones estaba entreabierto. Tomó el dinero
que le ofreció Athos, lo
hizo dar vueltas y más vueltas en sus manos y de pronto, gritando que
la moneda era falsa,
declaró q ue iba a hacerle detener, a él y a su compañero,
por monederos falsos.
-¡Bribón! -dijo Athos, avanzando hacia él-. ¡Voy a
cortarte las orejas!
En aquel mismo instante, cuatro hombres armados hasta los dientes entraron por
las puertas
laterales y se arrojaron sobre Athos.
-¡Me han cogido! -gritó Athos con todas las fuerzas de sus pulmones-.
¡Largaos, D'Artagnan!
¡Pica espuelas, pícalas! -y soltó dos tiros de pistola.
D'Artagnan y Planchet no se lo hicieron repetir dos veces, soltaron los dos
caballos que
esperaban a la puerta, saltaron encima, les hun dieron las espuelas en el vientre
y partieron a
galope tendido.
-¿Sabes qué ha sido de Athos? -preguntó D'Artagnan a Planchet
mientras corrían.
-¡Ay, señor! -dijo Planchet-. He visto caer a dos por los dos disparos,
y me ha parecido, a
través de la vidriera, que luchaba con la espada con los otros.
-¡Bravo, Athos! -murmuró D'Artagnan-. ¡Cuando pienso que
hay que abandonarlo! De todos
modos, quizá nos espera otro tanto a dos pasos de aquí. ¡Adelante,
Planchet, adelante! Eres un
valiente.
-Ya os lo dije, señor -respondió Planchet-; en los picardos, eso
se ve con el uso, estoy en mi
tierra, y eso me excita.
Y los dos juntos, picando espuelas, llegaron a Saint-Omer de un solo tirón.
En Saint-Omer
hicieron respirar a los caballos brida en ma no, por miedo a contratiempos,
y comieron un bocado
deprisa y de pie en la calle; tras lo cual, volvieron a partir.
A cien pasos de las puertas de Calais, el caballo de D'Artagnan cayó,
y ya no hubo medio de
hacerlo levantarse: la sangre le salía por la nariz y por los ojos; quedaba
sólo el de Planchet,
pero éste se había parado y no hubo medio de hacerle andar.
Afortunadamente, como hemos dicho, estaban a cien pasos de la ciudad; dejaron
las dos
monturas en la carretera y corrieron al puerto. Planchet hizo observar a su
amo un gentilhombre
que llegaba con su criado y que no les precedía más que en una
cincuentena de pasos.
Se aproximaron rápidamente a aquel hombre que parecía muy agitado.
Tenía las botas
cubiertas de polvo y se informaba sobre si podría pasar en aquel mismo
momento a Inglaterra.
-Nada sería más fácil -le respondió el patrón
de un navío dispuesto a hacerse a la vela-; pero
esta mañana ha llegado la orden de no dejar partir a nadie sin un permiso
expreso del señor
cardenal.
-Tengo ese permiso -dijo el gentilhombre sacando un papel de su bolso-; aquí
está.
-Hacedlo visar por el gobernador del puerto - dijo el patrón y dadme
preferencia.
-¿Dónde encontraré al gobernador?
-En su casa de campo.
-¿Y dónde está situada esa casa?
-A un cuarto de legua de la villa; mirad, desde aquí la veréis
al pie de aquella pequeña
prominencia, aquel techo de pizarra.
-¡Muy bien! -dijo el gentilhombre.
Y seguido de su lacayo, tomó el cam¡no de la casa de campo del
gobernador.
D'Artagnan y Planchet siguieron al gentilhombre a quinientos pasos de distancia.
Una vez fuera de la villa, D'Artagnan apresuró el paso y alcanzó
al gentilhombre cuando éste
entraba en un bosquecillo.
-Señor -le dijo D'Artagnan-, parece que tenéis mucha prisa.
-No puedo tener más, señor.
-Estoy desesperado -dijo D'Artagnan-, porque como también tengo prisa,
querría pediros un
favor.
-¿Cuál?
-Que me dejéis pasar primero.
-Imposible -dijo el gentilhombre-; he hecho sesenta leguas en cuarenta y cuatro
horas y es
preciso que mañana a mediodía esté en Londres.
-Y yo he hecho el mismo camino en cuarenta horas y es preciso que mañana
