Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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su herida creyó sin duda
estar más peligrosamente herido de lo que lo estaba.
-Es una emboscada -dijo D'Artagnan-, no piquemos el cebo, y en marcha.
Aramis, aunque herido como estaba se agarró a las crines de su caballo, que le llevó con los
otros. El de Mosquetón se les había reunido y galopaba completamente solo a su lado.
-Así tendremos un caballo de recambio - dijo Athos.
-Preferiría tener un sombrero -dijo D'Artagnan-; el mío se lo ha llevado una bala. Ha sido una
suerte que la carta que llevo no haya estado dentro.
-¡Vaya, van a matar al pobre Porthos cuando pase! -dijo Aramis.
-Si Porthos estuviera sobre sus piernas, ya se nos habría unido -dijo Athos-. Mi opinión es que,
sobre la marcha, el borracho se ha despejado. Y galoparon aún durante dos horas, aunque los caballos estuvieran tan fatigados que era de
temer que negasen muy pronto el servicio.
Los viajeros habían cogido la trocha, esperando de esta forma ser menos inquietados; pero en
Crèvecoeur, Aramis declaró que no podía seguir. En efecto, había necesitado de todo su coraje
que ocultaba bajo su forma elegante y sus ademanes corteses para llegar hasta allí. A cada
momento palidecía, y tenían que sostenerlo sobre su caballo; lo bajaron a la puerta de una
taberna, le dejaron a Bazin que, por lo demás, en una escaramuza era más embarazoso que útil,
y volvieron a partir con la esperanza de ir a dormir a Amiens.
-¡Pardiez! - dijo Athos cuando se encontraron en camino, redu cidos a dos amos y a Grimaud y
Planchet-. ¡Pardiez! No seré yo su víctima, y os aseguro que no me harán abrir la boca ni sacar la
espada de aquí a Calais... Lo juro...
-No juremos -dijo D'Artagnan-, golopemos si nuestros caballos consienten en ello.
Y los viajeros hundieron sus espuelas en el vientre de sus caballos, que, vigorosamente
estimulados, volvieron a encontrar fuerzas. Llegaron a Amiens a medianoche y descendieron en
el albergue del Lis d'Or.
El hostelero tenía el aspecto del más honesto hombre de la tierra; recibió a los viajeros con su
palmatoria en una mano y su bonete de algodón en la otra; quiso alojar a los dos viajeros a cada
uno en una habitación encantadora, pero desgraciadamente cada una de aquellas habitaciones
estaba en una punta del hotel. D'Artagnan y Athos las rechazaron; el hostelero respondió,que no
había otras dignas de Sus Excelencias; pero los viajeros declararon que se acostarían en la
habitación común, cada uno sobre un colchón que pondrían en el suelo. El hostelero insistió, los
viajeros se obstinaron: hubo que hacer lo que querían.
Acababan de disponer el lecho y de atrancar la puerta por dentro, cuando llamaron al postigo
del patio; preguntaron quién estaba allí, reconocieron la voz de sus criados y abrieron.
En efecto, eran Planchet y Grimaud.
-Grimaud bastará para guardar los caballos -dijo Planchet-; si los señores quieren, yo me
acostaré atravesando la puerta; de esta forma, estarán seguros de que nadie llegará hasta ellos.
-¿Y en qué te acostarás? - dijo D'Artagnan.
-He aquí mi cama -respondió Planchet.
Y mostró un haz de paja.
-Ven entonces - dijo D'Artagnan-; tienes razón: la cara del hostelero no me gusta, es demasiado
graciosa.
-Ni a mí tampoco - dijo Athos.
Planchet subió por la ventana y se instaló atravesado junto a la puer ta, mientras Grimaud iba a
encerrarse en la cuadra, respondiendo de que a las cinco él y los cuatro caballos estarían
dispuestos.
La noche fue bastante tranquila. Hacia las dos de la mañana intentaron abrir la puerta, pero
cuando Ptanchet se despertó sobresalta do y gritó: «Quién va?», le respondieron que se
equivocaban, y se alejaron.
A las cuatro de la mañana, se oyó un gran escándalo en las cuadras; Grimaud había querido
despertar a los mozos de cuadra, y los mozos de cuadra le golpeaban. Cuando abrieron la
ventana, se vio al pobre muchacho sin conocimiento, la cabeza hendida por un golpe del mango
de un horcón. Planchet bajó entonces al patio y quiso ensillar los caballos; los caballos estaban extenuados.
Sólo el de Mosquetón, que había viajado sin amo durante cinco o seis horas la víspera, habría
podido continuar la ruta; pero por un error inconcebible, el veterinario al que se había mandado
a buscar, según parecía, para sangrar al caballo del hostelero, había sangrado al de Mosquetón.
Aquello comenzaba a ser inquietante: todos aquellos accidentes su cesivos eran quizá resultado
del azar, pero podían también ser muy bien fruto de una conspiración. Athos y D'Artagnan
salieron, mientras Plan chet iba a informarse de si había tres caballos


 

 
 

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