Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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-Yo también -dijo Porthos-, si conviene a D'Artagnan. D'Artagnan, portador de la carta, es
naturalmente el jefe de la empresa; que él decida y nosotros obedeceremos.
-Pues bien -dijo D'Artagnan-, decido que adoptemos el plan de Athos y que partamos dentro de
media hora.
-¡Adoptado! -contestaron a coro los tres mosqueteros.
Y cada cual alargando la mano hacia la bolsa, cogió setenta y cinco pistolas a hizo sus
preparativos para partir a la hora convenida.

Capítulo XX

El viaje

A las dos de la mañana, nuestros cuatro aventureros salieron de Paris por la puerta de
Saint-Denis; mientras fue de noc he, permanecieron mudos; a su pesar, sufrían la influencia de la
oscuridad y veían acechanzas por todas partes.
A los primeros rayos del día, sus lenguas se soltaron; con el sol, la alegría volvió: era como en
la víspera de un combate, el corazón palpita ba, los ojos reían; se sentía que la vida que quizá se
iba a abandonar era, a fin de cuentas, algo bueno.
El aspecto de la caravana, por lo demás, era de lo más formidable: los caballos negros de los
mosqueteros, su aspecto marcial, esa cos tumbre de escuadrón que hace marchar regularmente a
esos nobles compañeros del soldado hubieran traicionado el incógnito más estricto.
Los seguían los criados, armados hasta los dientes.
Todo fue bien hasta Chantilly, adonde llegaron hacia las ocho de la mañana. Había que
desayunar. Descendieron ante un albergue que recomendaba una muestra que representaba a
San Martín dando la mitad de su capa a un pobre. Ordenaron a los lacayos no desensillar los
caballos y mantenerse dispuestos para volver a partir inmediatamente.
Entraron en la sala común y se sentaron en una mesa. Un gentilhombre que acababa de llegar por la ruta de San Martín estaba sentado en aquella
misma mesa y desayunaba. El entabló con versación sobre cosas sin importancia y los viajeros
respondieron; él bebió a su salud y los viajeros le devolvieron la cortesia.
Pero en el momento en que Mosquetón venía a anunciar que los caballos estaban listos y que
se levantaba la mesa, el extranjero propuso a Porthos beber a la salud del cardenal. Porthos
respondio que no deseaba otra cosa si el desconocido, a su vez, quería beber a la salud del rey.
El desconocido exclamó que no conocía más rey que Su Eminencia. Porthos lo llamó borracho; el
desconocido saco su espada.
-Habéis hecho una tontería -dijo Athos-; no importa, ya no se puede retroceder ahora: matad a
ese hombre y venid a reuniros con nosotros lo más rápido que podáis.
Y los tres volvieron a montar a caballo y partieron a rienda suelta, mientras que Porthos
prometía a su adversario perforarle con todas las estocadas conocidas en la esgrima.
-¡Unol -dijo Athos al cabo de quinientos pasos.
-Pero ¿por qué ese hombre ha atacado a Porthos y no a cualquier otro? -preguntó Aramis.
-Porque por hablar Porthos más alto que todos nosotros, le ha tomado por el jefe -dijo
D'Artagnan.
-Siempre he dicho que este cadete de Gascuña era un pozo de sabiduría -murmuró Athos.
Y los viajeros continuaron su ruta.
En Beauvais se detuvieron dos horas, tanto para dejar respirar a los caballos como para
esperar a Porthos. Al cabo de dos horas, como Porthos no llegaba, ni noticia alguna de él,
volvieron a ponerse en camino.
A una legua de Beauvais, en un lugar en que el camino se encon traba encajonado entre dos
taludes, encontraron ocho o diez hombres que, aprovechando que la ruta estaba desempedrada
en aquel lugar, fingían trabajar en ella cavando agujeros y haciendo rodadas en el fango.
Aramis, temiendo ensuciarse sus botas en aquel mortero artificial, los apostrofó duramente.
Athos quiso retenerlo; era demasiado tarde. Los obreros se pusieron a insultar a los viajeros a
hicieron perder con su insolencia la cabeza incluso al frío Athos, que lanzó su caballo con tra uno
de ellos.
Entonces, todos aquellos hombres retrocedieron hasta una zanja y cogieron mosquetes
ocultos; resultó de ello que nuestros siete viajeros fueron literalmente pasados por las armas.
Aramis recibió una bala que le atravesó el hombro, y Mosquetón otra que se alojó en las partes
carnosas que prolongan el bajo de los riñones. Sin embargo, Mosquetón sólo se cayó del caballo,
no porque estuviera gravemente herido, sino porque como no podía ver


 

 
 

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