de mí.
-Pero para ir a Londres -añadió Porthos-, se necesita dinero,
y yo no lo tengo.
-Ni yo -dijo Aramis.
-Ni yo -dijo Athos.
-Yo lo tengo -prosiguió D'Artagnan sacando su tesoro de su bolso y depositándolo
sobre la
mesa-. En esa bolsa hay trescientas pistolas; tomemos cada uno setenta y cinco;
es más de lo
que se necesita para ir a Londres y volver. Además, estad tranquilos,
no todos llegaremos a
Londres.
-Y eso ¿por qué?
-Porque según todas las probabilidades, habrá alguno de nosotros
que se quede en el camino.
-¿Es acaso una campaña lo que emprendemos?
-Y de las más peligrosas, os lo advierto.
-¡Vaya! Pero dado que corremos el riesgo de hacernos matar -dijo Porthos-,
me gustaría saber
por qué al menos.
-Lo sabrás más adelante -dijo Athos.
-Sin embargo -dijo Aramis-, yo soy de la opinión de Porthos.
-¿Suele el rey rendiros cuenta? No, os dice buenamente: Señores
se pelea en Gascuña o en
Flandes, id a batiros; y vos vais. ¿Por qué? No os preocupáis
siquiera.
-D'Artagnan tiene razón -dijo Athos-, aquí están nuestros
tres permisos que proceden del señor
de Tréville, y ahí hay trescientas pis tolas que vienen de no
sé dónde. Vamos a hacernos matar
allí donde se nos dice que vayamos. ¿Vale la vida la pena de hacer
tantas preguntas? D'Artagnan,
yo estoy dispuesto a seguirte.
-Y yo también -dijo Porthos.
-Y yo también -dijo Aramis-. Además, no me molesta dejar París.
Necesito distracciones.
-¡Pues bien, tendréis distracciones, señores, estad tranquilos!
-dijo D'Artagnan.
-Y ahora, ¿cuándo partimos? -dijo Athos.
-Inmediatamente -respondió D'Artagnan-; no hay un minuto que perder.
-¡Eh, Grimaud, Planchet, Mosquetón, Bazin! -gritaron los cuatro
jóvenes llamando a sus
lacayos-. Dad grasa a nuestras botas y traed los caballos de palacio.
En efecto, cada mosquetero dejaba en el palacio general, como en un cuartel,
su caballo y el
de su criado.
Planchet, Grimaud, Mosquetón y Bazin partieron a todo correr.
-Ahora, establezcamos el plan de campaña -dijo Porthos-. ¿Dónde
vamos primero?
-A Calais -dijo D'Artagnan-; es la línea más recta para llegar
a Londres.
-¡Bien! -dijo Porthos-. Mi opinión es ésta.
-Habla.
-Cuatro hombres que viajan juntos serían sospechosos; D'Artagnan nos
dará a cada uno sus
instrucciones, yo partiré delante por la ruta de Boulogne para aclarar
el camino; Athos partirá dos
horas después por la de Amiens; Aramis nos seguirá por la de Noyon;
en cuanto a D'Artagnan,
partirá por la que quiera, con los vestidos de Plan chet, mientras Planchet
nos seguirá vestido de
D'Artagnan y con el uniforme de los guardias.
-Señores -dijo Athos-, mi opinión es que no conviene meter para
nada lacayos en un asunto
semejante; un secreto puede ser traicionado por azar por gentileshombres, pero
es casi siempre
vendido por lacayos.
-El plan de Porthos me parece impracticable -dijo D'Artagnan-, porque yo mismo
ignoro qué
instrucciones puedo daros. Yo soy portador de una carta, eso es todo. No la
sé y por tanto no
puedo hacer tres copias de esa carta, puesto que está sellada; en mi
opinión, hay que viajar en
compaña. Esa carta está aquí, en mi bolsillo -y mostró
el bolsillo en que estaba la carta -. Si
muero, uno de vosotros la cogerá y continuaréis la ruta; si éste
muere, le tocará a otro, y así
sucesivamente; con tal que uno solo llegue, se habrá hecho lo que había
que hacer.
-¡Bravo, D'Artagnan! Tu opinión es la mía -dijo Athos-.
Además, hay que ser consecuente: voy
a tomar las aguas, vosotros me acompañis; en lugar de Forges, voy a tomar
baños de mar: soy
libre. Si se nos quiere detener, muestro la carta del señor de Tréville,
y vosotros mostráis
vuestros permisos; si se nos ataca, nosotros nos defenderemos; si se nos juzga,
defenderemos
erre que erre que no te níamos otra intención que meternos cierto
número de veces en el mar;
darían buena cuenta de cuatro hombres aislados, mientras que cuatro hombres
juntos son una
tropa. Armaremos a los cuatro lacayos de pistolas y mosquetones; si se envía
un ejército contra
nosotros, libraremos batalla, y el superviviente, como ha dicho D'Artagnan,
llevará la carta.
-Bien dicho -exclamó Aramis-; no hablas con frecuencia, Athos, pero cuando
hablas es como
San Juan Boca de Oro. Adopto el plan de Athos. ¿Y tú, Porthos?
