-No, señor, porque, al contrario, se me ha recomendado el más
profundo misterio.
-¿Por qué entonces ibais a traicionarlo por mí?
-Porque ya os digo que sin vos no puedo nada y porque tengo miedo de que me
neguéis la
gracia que vengo a pediros si no sabéis con qué objeto os lo pido.
-Guárdad vuestro secreto, joven, y decidme lo que deseáis.
-Deseo que obtengáis para mí, del señor des Essarts, un
permiso de quince días.
-¿Cuándo?
-Esta misma noche.
-¿Abandonáis Paris?
-Voy con una misión.
-¿Podéis decirme adónde?
-A Londres.
-¿Está alguien interesado en que no lleguéis a vuestra
meta?
-El cardenal, según creo, daría todo el oro del mundo por impedirme
alcanzarlo.
-¿Y va is solo?
-Voy solo.
-En ese caso, no pasaréis de Bondy. Os lo digo yo, palabra de Tréville.
-¿Por qué?
-Porque os asesinarán.
-Moriré cumpliendo con mi deber.
-Pero vuestra misión no será cumplida.
-Es cierto -dijo D'Artagnan.
-Creedme -continuó Tréville-, en las empresas de este género
hay que ser cuatro para que
llegue uno.
-¡Ah!, tenéis razón, señor! - dijo D'Artagnan-. Vos
conocéis a Athos, Porthos y Aramis y vos
sabéis si puedo disponer de ellos.
-¿Sin confiarles el secreto que yo no he querido saber?
-Nos hemos jurado, de una vez por todas, confianza ciega y abnegación
a toda prueba;
además, podéis decirles que tenéis toda vuestra confianza
en mí, y ellos no serán más incrédulos
que vos.
-Puedo enviarles a cada uno un permiso de quince días, eso es todo: a
Athos, a quien su
herida hace siempre sufrir, para ir a tomar las aguas de Forges; a Porthos y
a Aramis para que
acompañen a su amigo, a quien no quieren abandonar en una situación
tan dolorosa. El envío de
su permiso será la prueba de que autorizo su viaje.
-Gracias, señor, sois cien veces bueno.
-Id a buscarlos ahora mismo, y que se haga todo esta noche. ¡Ah!, y lo
primero escribid
vuestra petición al señor Des Essarts. Quizá tengáis
algún espía a vuestros talones, y vuestra
visita, que en tal caso ya es conocida del cardenal, será legitimada
de este modo.
D'Artagnan formuló aquella solicitud, y el señor de Tréville,
al recibirla en sus manos, aseguró
que antes de las dos de la mañana los cuatro permisos estarían
en los domicilios respectivos de
los viajeros.
-Tened la bondad de enviar el mío a casa de Athos -dijo D'Artagnan-.
Temo que de volver a mi
casa tenga algún mal encuentro.
-Estad tranquilo. ¡Adiós, y buen viaje! A propósito -dijo
el señor de Tréville llamándole.
D'Artagnan volvió sobre sus pasos.
-¿Tenéis dinero?
D'Artagnan hizo sonar la bolsa que tenía en su bolsillo.
-¿Bastante? -preguntó el señor de Tréville.
-Trescientas pistolas.
-Está bien, con eso se va al fin del mundo; id pues.
D'Artagnan saludó al señor de Tréville, que le tendió
la mano; D'Artagnan la estrechó con un
respeto mezclado de gratitud. Desde que había llegado a Paris, no había
tenido más que motivos
de elogio para aquel hombre excelente a quien siempre había encontrado
digno, leal y grande.
Su primera visita fue para Aramis; no había vuelto a casa de su amigo
desde la famosa noche
en que había seguido a la señora Bonacieux. Hay más: apenas
había visto al joven mosquetero, y
cada vez que lo había vuelto a ver, había creído observar
una profunda tristeza en su rostro.
Aquella noche, Aramis velaba, sombrío y soñador; D'Artagnan le
hizo algunas preguntas sobre
aquella melancolía profunda; Aramis se excusó alegando un comentario
del capítulo dieciocho de
San Agustín que tenía que escribir en latín para la semana
siguiente, y que le preo cupaba mucho.
Cuando los dos amigos hablaban desde hacía algunos instantes, un servidor
del señor de
Tréville entró llevando un sobre sellado.
-¿Qué es eso? -preguntó Aramis.
-El permiso que el señor ha pedido -respondió el lacayo.
-Yo no he pedido ningún permiso.
-Callaos y tomadlo -dijo D'Artagnan-. Y vos, amigo mío, tomad esta media
pistola por la
molestia; le diréis al señor de Tréville que el señor
Aramis se lo agradece sinceramente. Idos.
El lacayo saludó hasta el suelo y salió.
