Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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-¡Silencio! -dijo D'Artagnan, apretándole más fuerte la mano.
-¿Cómo que aún hay tiempo? -prosiguió el hombre de la capa.
-Vuelvo al Louvre, pregunto por la señora Bonacieux, le digo que lo he pensado, que me hago
cargo del asunto, obtengo la carts y corro adonde el cardenal.
-¡Bien! Id deprisa; yo volveré pronto para saber el resultado de vuestra gestión.
El desconocido salió.
-¡Infame! -dijo la señora Bonacieux, dirigiendo todavía este epíteto a su marido.
-¡Silencio! -repitió D'Artagnan apretándole la mano más fuertemente aún.
Un aullido terrible interrumpió entonces las reflexiones de D'Artagnan y de la señora
Bonacieux. Era su marido, que se había percatado de la desaparición de su bolsa y que maldecía
al ladrón.
-¡Oh, Dios mío! -exclamó la señora Bonacieux-. Va a alborotar a todo el barrio.
Bonacieux chilló mucho tiempo; pero como semejantes gritos, dada su frecuencia, no atraían a
nadie en la calle des Fossoyeurs y, como por otra parte la casa del mercero tenía desde hacía
algún tiempo mala fama al ver que nadie acudía salió gritando, y se oyó su voz que se alejaba en
dirección de la calle du Bac.
-Y ahora que se ha marchado, os tots alejaros a vos -dijo la señora Bonacieux-. Valor, pero
sobre todo prudencia, y pensad que os debéis a la reina.
-¡A ella y a vos! -exclamó D'Artagnan-. Estad tranquila, bella Constance volveré digno de su
reconocimiento; pero ¿volveré tan digno de vuestro amor?
La joven no respondió más que con el vivo rubor que coloreó sus mejillas. Algunos instantes
después, D'Artagnan salía a su vez, envuelto, él también, en una gran capa que alzaba
caballerosamente la vaina de una larga espada.
La señora Bonacieux le siguió con los ojos, con esa larga mirada de amor con que la mujer
acompaña al hombre del que se siente amar; pero cuando hubo desaparecido por la esquina de
la calle, cayó de rodillas y, uniendo las manos, exclamó:
-¡Oh, Dios mío! ¡Proteged a la reina, protegedme a mï!

Capítulo XIX

Plan de campaña
D'Artagnan se dirigió directamente a casa del señor de Tréville. Había pensado que, en pocos
minutos, el cardenal sería advertido por aquel maldito desconocido que parecía ser su agente, y
pensaba con razón que no había un instante que perder.
El corazón del joven desbordaba de alegría. Ante él se presentaba una ocasión en la que había
a la vez gloria que adquirir y dinero que ganar, y como primer aliento acababa de acercarle a una
mujer a la que adoraba. Este azar, de golpe, hacía por él más que lo que hubiera osado pedir a
la Providencia.
El señor de Tréville estaba en su salón con su corte habitual de gentileshombres. D'Artagnan, a
quien se conocía como familiar de la casa, fue derecho a su gabinete y le avisó de que le
esperaba para una cosa importante.
D'Artagnan estaba allí hacía apenas cinco minutos cuando el señor de Tréville entró. A la
primera ojeada y ante la alegría que se pintó sobre su rostro, el digno capitán comprendió que
efectivamente pasaba algo nuevo.
Durante todo el camino, D'Artagnan se había preguntado si se confiaría al señor de Tréville o si
solamente le pediría concederle carta blanca para un asunto secreto. Pero el señor de Tréville
había sido siempre tan perfecto para él, era tan adicto al rey y a la reina, odiaba tan cor-
dialmente al cardenal, que el joven resolvió decirle todo.
-¿Me habéis hecho llamar, mi joven amigo? -dijo el señor de Tréville.
-Sí, señor -dijo D'Artagnan-, y espero que me perdonéis por haberos molestado cuando sepáis
el importante asunto de que se trata.
-Decid entonces, os escucho.
-No se trata de nada menos -dijo D'Artagnan bajando la voz que del honor y quizá de la vida
de la reina.
-¿Qué decís? -preguntó el señor de Tréville mirando en torno suyo si estaban completamente
solos y volviendo a poner su mirada interrogadora en D'Artagnan.
-Digo, señor, que el azar me ha hecho dueño de un secreto...
-Que yo espero que guardaréis, joven, por encima de vuestra vida.
-Pero que debo confiaros a vos, señor, porque sólo vos podéis ayudarme en la misión que
acabo de recibir de Su Majestad.
-¿Ese secreto es vuestro?
-No, señor, es de la reina.
-¿Estáis autorizado por Su Majestad para confiármelo?


 

 
 

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