Rochefort y decirle que la reina buscaba un mensajero para enviarlo a Londres.
-Perdonadme si os dejo, querida señora Bonacieux -dijo él-; pero
por no saber que vendríais
hoy he quedado citado con uno de mis amigos; vuelvo ahora mismo, y si queréis
esperarme,
aunque sólo sea medio minuto, tan pronto como haya terminado con ese
amigo, vuelvo para
recogeros y, como comienza a hacerse tarde, acompañaros al Louvre.
-Gracias, señor -respondió la señora Bonacieux-; no sois
lo suficientemente valiente para serme
de ninguna utilidad, y volveré al Louvre perfectamente sola.
-Como os plazca, señora Bonacieux -respondió el exmercero-. ¿Os
veré pronto?
-Claro que sí; espero que la próxima semana mi servicio me deje
alguna libertad, y la
aprovecharé para venir a ordenar nuestras cosas, que deben estar algo
desordenadas.
-Está bien; os esperaré. ¿No me guardáis rencor?
-¡Yo! Por nada del mundo.
-¿Hasta pronto entonces?
-Hasta pronto.
Bonacieux besó la mano de su mujer y se alejó rápidamente.
-¡Vaya! -dijo la señora Bonacieux cuando su marido hubo cerrado
la puerta de la calle y ella se
encontró sola-. ¡Sólo le faltaba a este imbécil ser
cardenalista! Y yo que había asegurado a la
reina, yo que había prometido a mi pobre ama... ¡Ay, Dios mío,
Dios mío! Me va a tomar por una
de esas miserables que pupulan por palacio y que han puesto junto a ella para
espiarla. ¡Ay,
señor Bonacieux! Nunca os he amado mucho, pero ahora es mucho peor: os
odio, y ¡palabra que
me la pagaréis!
En el momento en que decía estas palabras, un golpe en el techo la hizo
alzar la cabeza, y una
voz, que vino a ella a través del piso, gritó:
-Querida señora Bonacieux, abridme la puerta pequeña de la ave
nida y bajo junto a vos.
Capítulo XVlll
El amante y el marido
-¡Ay, señora! -dijo D'Artagnan entrando por la puerta que le abría
la joven-. Permitidme
decíroslo, tenéis un triste marido.
-¡Entonces habéis oído nuestra conversación! -preguntó
vivamente la señora Bonacieux,
mirando a D'Artagnan con inquietud.
-Toda entera.
-Dios mío, ¿cómo?
-Mediante un procedimiento conocido por mí, gracias al cual oí
también la conversación más
animada que tuvisteis con los esbirros del cardenal.
-¿Y qué habéis comprendido de lo que decíamos?
-Mil cosas: en primer lugar, que vuestro marido es un necio y un imbécil,
afortunadamente;
luego, que estáis en un apuro, cosa que me ha encantado y que me da ocasión
de ponerme a
vuestro servicio, y Dios sabe si estoy dispuesto a arrojarme al fuego por vos;
finalmente que la
reina necesita que un hombre valiente, inteligente y adicto haga por ella un
viaje a Londres. Yo
tengo al menos dos de las tres cualidades que necesitáis, y heme aquí.
La señora Bonacieux no respondió, pero su corazón batía
de alegría y una secreta esperanza
brilló en sus ojos.
-¿Y qué garantía me daréis -preguntó- si
consiento en confiaros esta misión?
-Mi amor por vos. Veamos, decid, ordenad: ¿qué hay que hacer?
-¡Dios mío, Dios mío! -murmuró la joven-. Debo confiaros
un secreto semejante, señor. ¡Sois
casi un niño!
-Bueno, veo que os falta alguien que os responda por mí.
-Confieso que eso me tranquilizarla mucho.
-¿Conocéis a Athos?
-No.
-¿A Porthos?
-No.
-¿A Aramis?
-No. ¿Quiénes son esos señores?
-Mosqueteros del rey. ¿Conocéis al señor de Tréville,
su capitán?
-¡Oh, sí, a ese lo conozco. ¡No personalmente, sino por haber
oí do hablar de él más de una vez
a la reina como de un valiente y leal gentilhombre.
-¿No teméis que él os traicione por el cardenal, no es
así?
-¡Oh, no, seguro que no!
-Pues bien, reveladle vuestro secreto y preguntadle si por importante, por precioso,
por terrible
que sea podéis confiármelo.
-Pero ese secreto no me pertenece y no puedo revelarlo de ese modo.
-Ibais a confiar de buena gana en el señor Bonacieux -dijo D'Artagnan
