-¿Y vos recibís dinero de ese hombre?
-¿No me habéis dicho vos que ese rapto era completamente politico?
-Sí; pero ese rapto tenía por objeto hacerme traicionar a mi ama,
arrancarme mediante
torturas confesiones que pudieran comprometer el honor y quizá la vida
de mi augusta ama.
-Señora -prosiguió Bonacieux- vuestra augusta ama es una pérfida
española, y lo que el
cardenal hace está bien hecho.
-Señor -dijo la joven-, os sabía cobarde, avaro a imbécil,
¡pero no os sabía infame!
-Señora -dijo Bonacieux, que no había visto nunca a su mujer encolerizada
y que se echaba
atrás ante la ira conyugal-. Señora, ¿qué decís?
-¡Digo que sois un miserable! -continuó la señora Bonacieux,
que vio que recuperaba alguna
influencia sobre su marido-. ¡Ah, hacéis política vos! ¡Y
encima política cardenalista! ¡Ah, os
venderíais en cuerpo y alma al demonio por dinero!
-No, pero al cardenal sí.
-¡Es la misma cosa! -exclamó la joven-. Quien dice Richelieu dice
Satán.
-Callaos, señora, callaos, podrían oírnos.
-Sí, tenéis razón, y sería vergonzoso para vos vuestra
propia cobardía.
-Pero ¿qué exigís entonces de mí? Veamos.
-Ya os lo he dicho: que partáis al instante, señor, que cumpláis
lealmente la comisión que yo
me digno encargaros y, con esta condi ción, olvido todo, perdono; y hay
más -ella le tendió la
mano-: os devuelvo mi amistad.
Bonacieux era cobarde y avaro; pero amaba a su mujer: se enter neció.
Un hombre de
cincuenta años no guarda durante mucho tiempo rencor a una mujer de veintitrés.
La señora
Bonacieux vio que dudaba.
-Entonces, ¿estáis decidido? - dijo ella.
-Pero, querida amiga, reflexionad un poco en lo que exigís de mí;
Londres está lejos de Paris,
muy lejos, y quizá la comisión que me encarguéis no esté
exenta de peligro.
-¡Qué importa si los evitáis!
-Mirad, señora Bonacieux -dijo el mercero-. Mirad, decididamente, me
niego: las intrigas me
dan miedo. He visto la Bastilla. ¡Brrrr! ¡La Bastilla es horrible!
Nada más pensar en ella se me
pone la carne de gallina. Me han amenazado con la tortura. ¿Sabéis
vos lo que es la tortura?
Cuñas de madera que os meten entre las piernas hasta que los huesos estallan!
No,
decididamente, no iré. Y ¡pardiez!, ¿por qué no vais
vos misma? Porque en verdad creo que
hasta ahora he estado engañado sobre vos: ¡creo que sois un hombre,
y de los más rabiosos
incluso!
-Y vos, vos sois una mujer, una miserable mujer, estúpida y tonta. ¡Ah,
tenéis miedo! Pues
bien, si no partís ahora mismo, os hago detener por orden de la reina,
y os hago meter en la
Bastilla que tanto teméis.
Bonacieux cayó en una reflexión profunda; pesó detenidamente
las dos cóleras en su cerebro,
la del cardenal y la de la reina; la del cardenal prevaleció con mucha
diferencia.
-Hacedme detener de parte de la reina -dijo- y yo apelaré a Su Eminencia.
Por vez primera, la señora Bonacieux vio que había ido demasiado
lejos, y quedó asustada por
haber avanzado tanto. Contempló un instante con horror aquel rostro estúpido,
de una resolución
invencible, como el de esos tontos que tienen miedo.
-¡Pues entonces, sea! -dijo-. Quizá, a fin de cuentas, tengáis
razón: un hombre sabe mucho
más que las mujeres de política, y vos sobre todo, señor
Bonacieux, que habéis hablado con el
cardenal. Y sin embargo, es muy duro -añadió- que mi marido, que
un hombre con cuyo afecto
yo creía poder contar me trate tan descortésmente y no satisfaga
en nada mi fantasía.
-Es que vuestras fantasías pueden llevar muy lejos -respondió
Bonacieux, triunfante- y
desconfío de ellas.
-Renunciaré, pues, a ellas -dijo la joven suspirando-. Está bien,
no hablemos más.
-Si al menos me dijerais qué tenía que hacer en Londres -pro siguió
Bonacieux, que recordaba
un poco tarde que Rochefort le había encomendado tratar de sorprender
los secretos de su
mujer.
-Es inútil que lo sepáis - dijo la joven, a quien una desconfianza
instintiva impulsaba ahora hacia
trás-: era una bagatela de las que gustan a las muj eres, una compra
con la que había mucho que
ganar.
Pero cuanto más se resistía la joven, tanto más pensaba
Bonacieux que el secreto que ella se
negaba a confiarle era importante. Por eso decidió correr inmediatamente
a casa del conde de
