con despecho.
-Como se confía una carta al hueco de un árbol, al ala de un
pichón, al collar de un perro.
-Sin embargo yo, como veis, os amo.
-Vos lo decís.
-¡Soy un hombre galante!
-Lo creo.
-¡Soy valiente!
-¡Oh, de eso estoy segura!
-Entonces, ponedme a prueba.
La señora Bonacieux miró al joven, contenida por una última
duda. Pero había tal ardor en sus
ojos, tal persuasión en su voz, que se sintió arrastrada a fiarse
de él. Además, se hallaba en una
de esas circunstancias en que hay que arriesgar el todo por el todo. La reina
estaba tan perdida
por una exagerada discreción como por una excesiva confianza. Además,
confesémoslo, el
sentimiento involuntario que experimentaba por aquel joven proector la decidió
a hablar.
-Escuchad -le dijo-. Me rindo a vuestras protestas y cedo ante vuestras palabras.
Pero os juro
ante Dios que nos oye, que si me traicionáis y mis enemigos me perdonan,
me mataré
acusándoos de mi muerte.
-Y yo yo os juro ante Dios, señora -dijo D'Artagnan-, que, si soy cogido
durante el
cumplimiento de las órdenes que vais a dar me, moriré antes de
hacer o decir nada que
comprometa a alguien.
Entonces la joven le confió el terrible secreto del que el azar le había
revelado ya una parte
frente a la Samaritana. Esta fue su mutua declaración de amor.
D'Artagnan resplandecía de alegría y de orgullo. Aquel secreto
que poseía, aquella mujer a la
que amaba, la confianza y el amor hacían de él un gigante.
-Parto -dijo-. Parto al instante.
-¡Cómo! ¿Partís? -exclamó la señora
Bonacieux-. ¿Y vuestro regimiento , vuestro capitán?
-Por mi alma, me habéis hecho olvidar todo eso, querida Cons tance. Sí,
tenéis razón, necesito
un permiso.
-Un obstáculo todavía -murmuró la señora Bonacieux
con dolor.
-¡Oh, ese -exclamó D'Artagnan, tras un momento de reflexión-
lo superaré , estad tranquila!
-¿Cómo?
-Iré a buscar esta misma noche al señor de Tréville, a
quien encargaré que pida para mí este
favor a su cuñado el señor des Essarts. -Ahora, otra cosa.
-¿Qué? -preguntó D'Artagnan, viendo que la señora
Bonacieux dudaba en continuar.
-¿Quizá no tengáis dinero?
-Quizá demasiado -dijo D'Artagnan, sonriendo.
-Entonces - prosiguió la señora Bonacieux abriendo un armario
y sacando de ese armario la
bolsa que media hora antes acariciaba tan amorosamente su marido- tomad esta
bolsa.
-¡El del cardenal! -exclamó estallando de risa D'Artagnan que,
como se recordará, gracias a sus
baldosas levantadas no se había perdido una sílaba de la conversación
del mercero y de su
mujer.
-El del cardenal -dijo la señora Bonacieux-. Como veis, se presenta bajo
un aspecto bastante
respetable.
-¡Pardiez! -exclamó D'Artagnan-. Será una cosa doblemente
divertida: ¡Salvar a la reina con el
dinero de Su Eminencia!
-Sois un joven amable y encantador -dijo la señora Bonacieux-. Estad
seguro de que Su
Majestad no será nada ingrata.
-¡Oh, yo ya estoy bien recompensado! -exclamó D'Artagnan-. Os amo,
vos me permitís
decíroslo: es ya más dicha de la que me atrevía a esperar.
-¡Silencio! -dijo la señora Bonacieux, estremeciéndose.
-¿Qué?
-Están hablando en la calle.
-Es la voz...
-De mi marido. ¡Sí, lo he reconocido!
D'Artagnan corrió a lá puerta y pasó el cerrojo.
-Que no entre hasta que yo no haya salido, y cuando yo salga, vos le abrís.
-Pero también yo debería haberme marchado. Y la desaparición
de ese dinero, ¿cómo
justificarla si estoy yo aquí?
-Tenéis razón, hay que salir.
-¿Salir? ¿Y cómo? Nos verá si salimos.
-Entonces hay que subir a mi casa.
-¡Ah! -exclamó la señora Bonacieux-. Me decís eso
en un tono que me da miedo.
La señora Bonacieux pronunció estas palabras con una lágrima
en los ojos. D'Artagnan vio esa
lágrima y, turbado, enternecido, se arrojó a sus pies.
-En mi casa -dijo- estaréis tan segura como en un templo, os doy mi palabra
de gentilhombre.
-Partamos -dijo ella-. Me fío de vos, amigo mío.
D'Artagnan volvió a abrir con precaución el cerrojo y los dos
