-Entonces, ¿vos pensáis, como yo, que ella me engaña? -dijo
el rey.
-Yo creo, y lo repito a Vuestra Majestad, que la reina conspira contra el poder
de su rey, pero
nunca he dicho contra su honor.
-Y yo os digo que contra los dos; yo os digo que la reina no me ama; yo os digo
que ama a
otro; ¡os digo que ama a ese infame duque de Buckingham! ¿Por qué
no lo habéis hecho arrestar
mientras estaba en París?
-¡Arrestar al duque! ¡Arrestar al primer ministro del rey Carlos
I! Pensad en ello, sire. ¡Qué
escándalo! Y si las sospechas de Vuestra Majestad, de las que yo sigo
dudando, tuvieran alguna
consistencia, ¡qué escándalo terrible! ¡Qué
escándalo desesperante!
-Pero puesto que se exponía como un vagabundo y un ladronzuelo, había...
Luis XIII se detuvo por sí mismo espantado de lo que iba a decir, mientras
que Richelieu,
estirando el cuello, esperaba inútilmente la palabra que había
quedado en los labios del rey.
-¿Había?
-Nada -dijo el rey-, nada. Pero en todo el tiempo que ha esta do en Paris, ¿le
habéis perdido de
vista?
-No, sire.
- Dónde se alojaba?
-In la calle de La Harpe, número 75.
-¿Dónde está eso?
-Junto al Luxemburgo.
-¿Y estáis seguro de que la reina y él no se han visto?
-Creo que la reina está demasiado vinculada a sus deberes, sire.
-Pero se han escrito; es a él a quien la reina ha escrito durante todo
el día; señor duque,
¡necesito esas cartas!
-Pero, sire...
-Señor duque, al precio que sea las quiero.
-Haré observar, sin embargo, a Vuestra Majestad...
-¿Me traicionáis vos también, señor cardenal, para
oponeros siempre así a mis deseos? ¿Estáis
de acuerdo con los españoles y con los ingleses, con la señora
de Chevreuse y con la reina?
-Sire -respondió suspirando el cardenal-, creía estar al abrigo
de semejante sospecha.
-Señor cardenal, ya me habéis oído: quiero esas cartas.
-No habría más que un medio.
- ¿Cuál?
-Sería encargar de esta misión al señor guardasellos Séguier.
La cosa entra por entero en los
deberes de su cargo.
-¡Que envíen a buscarlo ahora mismo!
-Debe estar en mi casa, sire; hice que le rogasen pasarse por allí, y
cuando he venido al Louvre
he dejado la orden de hacerle esperar si se presentaba.
-¡Que vayan a buscarlo ahora mismo!
-Las órdenes de Vuestra Majestad serán cumplidas, pero...
-¿Pero qué?
-La reina se negará quizá a obedecer.
-¿Mis órdenes?
-Sí, si ignora que esas órdenes vienen del rey.
-Pues bien para que no lo dude, voy a prevenirla yo mismo.
-Vuestra Majestad no debe olvidar que he hecho todo cuanto he podido para prevenir
una
ruptura.
-Sí duque, sé que vos sois muy indulgente con la reina, demasiado
indulgente quizá, y os
prevengo que luego tendremos que hablar de esto.
-Cuando le plazca a Vuestra Majestad; pero siempre estaré feliz y orgulloso,
sire, de
sacrificarme a la buena armonía que deseo ver reinar entre vos y la reina
de Francia.
-Bien, cardenal, bien; pero mientras tanto enviad en busca del señor
guardasellos; yo entro en
los aposentos de la reina.
Y abriendo la puerta de comunicación, Luis XIII se adentró por
el corredor que conducía de sus
habitaciones a las de Ana de Austria.
La reina estaba en medio de sus mujeres, la señora de Guitaut, la señora
de Sablé, la señora
de Montbazon y la señora de Guéménée. En un rincón
estaba aquella camarista española, doña
Estefanía, que la había seguido desde Madrid. La señora
de Guéménée leía, y todo el mundo
escuchaba con atención a la lectora, a excepción de la reina que,
por el contrario, había
provocado aquella lectura a fin de poder seguir el hilo de sus propios pensamientos
mientras
fingía escuchar.
Estos pensamientos, pese a lo dorados que estaban por un último reflejo
de amor, no eran
menos tristes. Ana de Austria, privada de la confianza de su marido, perseguida
por el odio del
cardenal, que no podía perdonarle haber rechazado un sentimiento más
dulce, con los ojos
puestos en el ejemplo de la reina madre, a quien aquel odio había atormentado
toda su vida
-aunque María de Médicis, si hay que creer las Memorias de la
