época, hubiera comenzado por
conceder al cardenal el sentimiento que Ana de Austria terminó siempre
por negarle-. Ana de
Austria había visto caer a su alrededor a sus servidores más abnegados,
sus confidentes más
íntimos, sus favoritos más queridos. Como esos desgraciados dotados
de un don funesto, llevaba
la desgracia a cuanto tocaba; su amistad era un signo fatal que apelaba a la
persecución. La
señora Chevreuse y la señora de Vernet estaban exi liadas; finalmente,
La Porte no ocultaba a su
ama que esperaba ser arrestado de un momento a otro.
Fue el instante en que estaba sumida en la más profunda y sombría
de estas reflexiones
cuando la puerta de la habitación se abrio y entró el rey.
La lectora se calló al momento, todas las damas se levantaron y se hizo
un profundo silencio.
En cuanto al rey, no hizo ninguna demostración de cortesía; sólo,
deteniéndose ante la reina,
dijo con voz alterada:
-Señora, vais a recibir la visita del señor canciller, que os
comuni cará ciertos asuntos que le he
encargado.
La desgraciada reina, a la que amenazaba constantemente con el divorcio, el
exilio e incluso el
juicio, palideció bajo el rouge y no pudo impedirse decir:
-Pero ¿por qué esta visita, sire? ¿Qué va a decirme
el señor canciller que Vuestra Majestad no
pueda decirme por sí misma?
El rey giró sobre sus talones sin responder y casi en ese mismo instante
el capitán de los
guardias, el señor de Guitaut, anunció la visita del señor
canciller.
Cuando el canciller apareció, el rey había salido ya por otra
puerta.
El canciller entró medio sonriendo, medio ruborizándose. Como
pro bablemente volveremos a
encontrarlo en el curso de esta historia, no estaría mal que nuestros
lectores traben desde ahora
conocimiento con él.
El tal canciller era un hombre agradable. Fue Des Roches de Masle, canónigo
de Notre-Dame y
que en otro tiempo había sido ayuda de cámara del cardenal, quien
le propuso a Su Eminencia
como un hombre totalmente adicto. El cardenal se fio y le fue bien.
Contaban de él algunas historias, entre otras ésta:
Tras una juventud tormentosa, se había retirado a un convento para expiar
al menos durante
algún tiempo las locuras de la adolescencia.
Pero, al entrar en aquel santo lugar, el pobre penitente no pudo cerrar la puerta
con la rapidez
suficiente para que las pasiones de que huía no entraran con él.
Estaba obsesionado sin tregua, y
el superior, a quien había confiado esa desgracia, queriendo ayudarlo
en lo que pudiese, le había
recomendado para conjurar al demonio tentador recurrir a la cuerda de la campana
y echarla al
vuelo. Al ruido delator, los monjes sabrían que la tentación asediaba
a un hermano, y toda la
comunidad se pondría a rezar.
El consejo pareció bueno al futuro canciller. Conjuró al espíritu
maligno con gran
acompañamiento de plegarias hechas por los monjes; pero el diablo no
se deja desposeer
fácilmente de una plaza en la que ha sentado sus reales; a medida que
redoblaban los
exorcismos, redoblaba él las tentaciones; de suerte que día y
noche la campana repicaba
anunciando el extremo deseo de mortificación que experimentaba el penitente.
Los monjes no tenían ni un instante de reposo. Por el día no hacían
más que subir y bajar las
escaleras que conducían a la capilla; por la noche, además de
completas y maitines, estaban
obligados a saltar veinte veces fuera de sus camas y a prosternarse en las baldosas
de sus
celdas.
Se ignora si fue el diablo quien soltó la presa o fueron los monjes quienes
se cansaron; pero al
cabo de tres meses, el diablo reapareció en el mundo con la reputación
del más terrible poseso
que jamás haya existido.
Al salir del convento entró en la magistratura, se convirtió en
presidente con birrete en el
puesto de su tío, abrazó el partido del cardenal, cosa que no
probaba poca sagacidad; se hizo
canciller, sirvió a su eminencia con celo en su odio contra la reina
madre y en su venganza contra
Ana de Austria; estimuló a los jueces en el asunto de Chalais, alentó
los ensayos del señor de
Laffemas, gran ahorcador de Francia; finalmente, investido de toda la confianza
del cardenal,
confianza que tan bien se había ganado, vino a recibir la singular comisión
para cuya ejecución
se presentaba en el aposento de la reina.
La reina estaba aún de pie cuando él entró, pero apenas
lo hubo visto se volvió a sentar en su
sillón a hizo seña a sus mujeres de volver se a sentar en sus
cojines y taburetes, y con un tono de
suprema altivez preguntó:
