Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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el cardenal-. Yo creo, como
Vuestra Majestad, que la garantía del señor de Tréville es más que suficiente.
Tréville se inclinó respetuosamente con una alegría que no estaba exenta de temor; hubiera
preferido una resistencia porfiada del cardenal a aquella repentina facilidad.
El rey firmó la orden de excarcelación y Tréville se la llevó sin demora.
En el momento en que iba a salir, el cardenal le dirigió una sonrisa amistosa y dijo al rey:
-Una buena armonía reina entre los jefes y los soldados de vuestros mosqueteros, sire; eso es
muy beneficioso para el servicio y muy honorable para todos.
-Me jugará alguna mala pasada de un momento a otro -decía Tréville-. Nunca se tiene la última
palabra con un hombre semejante. Pero démonos prisa porque el rey puede cambiar de opinión en seguridad, y á fin de cuentas es más difícil volver a meter en la Bastilla o en Fort-l'Evêque a
un hombre que ha salido de ahí que guardar un prisionero que ya se tiene.
El señor de Tréville hizo triunfalmente su entrada en el Fort-l'Évêque, donde liberó al
mosquetero, a quien su apacible indiferencia no había abandonado.
Luego, la primera vez que volvió a ver a D'Artagnan, le dijo:
-Escapáis de una buena, vuestra estocada a Jussac está pagada. Queda todavía la de
Bernajoux, y no debéis fiaros demasiado.
Por lo demás, el señor de Tréville tenía razón en desconfiar del cardenal y en pensar que no
todo estaba terminado, porque apenas hubo cerrado el capitán de los mosqueteros la puerta tras
él cuando Su Emi nencia dijo al rey:
-Ahora que no estamos más que nosotros dos, vamos a hablar seriamente, si place a Vuestra
Majestad. Sire, el señor de Buckingham estaba en París desde hace cinco días y hasta esta
mañana no ha partido.

Capítulo XVI

Donde el señor guardasellos Séguier buscó más de
una vez la campana para tocarla como lo hacía antaño

Es imposible hacerse una idea de la impresión que estas pocas palabras produjeron en Luis
XIII. Enrojeció y palideció sucesivamente; y el cardenal vio en seguida que acababa de
conquistar de un solo golpe todo el terreno que había perdido.
-¡El señor de Buckingham en Paris! -exclamó- ¿Y qué viene a hacer?
-Sin duda, a conspirar con vuestros enemigos los hugonotes y los españoles.
-¡No, pardiez, no! ¡A conspirar contra mi honor con la señora de Chevreuse, la señora de
Longueville y los Condé!
-¡Oh sire, qué idea! La reina es demasiado prudente y, sobre todo, ama demasiado a Vuestra
Majestad.
-La mujer es débil, señor cardenal -dijo el rey-; y en cuanto a amarme mucho, tengo hecha mi
opinión sobre ese amor.
-No por ello dejo de mantener -dijo el cardenal- que el duque de Buckingham ha venido a Paris
por un plan completamente politico.
-Y yo estoy seguro de que ha venido por otra cosa, señor cardenal; pero si la reina es culpable,
¡que tiemble!
-Por cierto -dijo el cardenal-, por más que me repugne detener mi espíritu en una traición
semejante, Vuestra Majestad me da que pensar: la señora de Lannoy, a quien por orden de
Vuestra Majestad he interrogado varias veces, me ha dicho esta mañana que la noche pasada Su
Majestad había estado en vela hasta muy tarde, que esta mañana había llorado mucho y que
durante todo el día había estado escribiendo.
-A él indudablemente -dijo el rey-. Cardenal, necesito los papeles de la reina.
-Pero ¿cómo cogerlos, sire? Me parece que no es Vuestra Majestad ni yo quienes podemos
encargarnos de una misión semejante. -¿Cómo se cogieron cuando la mariscala D'Ancre? -exclamó el rey en el más alto grado de
cólera-. Se registraron sus armarios y por último se la registró a ella misma.
-La mariscala D'Ancre no era más que la mariscala D'Ancre, una aventurera florentina, sire, eso
es todo, mientras que la augusta esposa de Vuestra Majestad es Ana de Austria, reina de
Francia, es decir, una de las mayores princesas del mundo.
-Por eso es más culpable, señor duque. Cuanto más ha olvidado la alta posición en que estaba
situada, tanto más bajo ha descendido. Además, hace tiempo que estoy decidido a terminar con
todas sus pequeñas intrigas de política y de amor. A su lado tiene también a un tal La Porte...
-A quien yo creo la clave de todo esto, lo confieso -dijo el cardenal.


 

 
 

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