-Sí, cuando la casa en la que confraterniza con ese amigo es sospechosa.
-Es que esa casa es sospechosa, Tréville -dijo el rey-. Quizá
no lo sabíais.
-En efecto, sire, lo ignoraba. En cualquier caso, puede ser sospechosa en cualquier
parte; pero
niego que lo sea en la parte que habita el señor D'Artagnan; porque puedo
afirmaros, sire, que
de creer en lo que ha dicho, no existe ni un servidor más fiel de Su
Majestad, ni un admirador
más profundo del señor cardenal.
-¿No es ese D'Artagnan el que hirió un día a Jussac en
ese desafortunado encuentro que tuvo
lugar junto al convento de los Carmelitas Descalzos? -preguntó el rey
mirando al cardenal, que
enrojeció de despecho.
-Y al día siguiente a Bernajoux. Sí, sire; sí, ése
es, y Vuestra Majestad tiene buena memoria.
-Entonces, ¿qué decidimos? -dijo el rey.
-Eso atañe a Vuestra Majestad más que a mí -dijo el cardenal-.
Yo afirmaría la culpabilidad.
-Y yo la niego -dijo Tréville-. Pero Su Majestad tiene jueces y sus jueces
decidirán.
-Eso es -dijo el rey-. Remitamos la causa a los jueces; su mi sión es
juzgar, y juzgarán.
-Sólo que -prosiguió Tréville- es muy triste que, en estos
tiempos desgraciados que vivimos la
vida más pura, la virtud más irrefuta ble no eximan a un hombre
de la infamia y de la
persecución. Y el ejército no estará demasiado contento,
puedo responder de ello, de estar
expuesto a tratos rigurosos por asuntos de policía.
La frase era imprudente, pero el señor de Tréville la había
lanzado con conocimiento de causa.
Quería una explosión, por eso de que la mina hace fuego, y el
fuego ilumina.
-¡Asuntos de policía! -exclamó el rey, repitiendo las palabras
del señor de Tréville-. ¡Asuntos de
policía! ¿Y qué sabéis vos de eso, señor?
Mezclaos con vuestros mosqueteros y no me rompáis la
cabeza. En vuestra opinión parece que si por desgracia se detiene a un
mosquetero, Francia está
en peligro. ¡Cuánto escándalo por un mosquete ro! ¡Vive
el cielo que haré detener a diez! ¡Cien,
incluso; toda la compaña! Y no quiero que se oiga ni una palabra.
-Desde el momento en que son sospechosos a Vuestra Majestad -dijo Tréville-,
los
mosqueteros son culpables; por eso me veis, sire, dispuesto a devolveros mi
espada; porque,
después de haber acusado a mis soldados, no dudo que el señor
cardenal terminará por acusar-
me a mí mismo; así, pues, es mejor que me constituya prisionero
con el señor Athos, que ya está
detenido, y con el señor d'Artagnan, a quien se arrestará sin
duda.
-Cabezota gascón ¿terminaréis? -dijo el rey.
-Sire -respondió Tréville sin bajar ni por asomo la voz-, orde
nad que se me devuelva mi
mosquetero o que sea juzgado.
-Se le juzgará -dijo el cardenal.
-¡Pues bien tanto mejor! Porque en tal caso pediré a Su Majestad
permiso para abogar por él.
El rey temió un estallido.
-Si Su Eminencia -dijo- no tiene personalmente motivos...
El cardenal vio venir al rey y se le adelantó.
-Perdón -dijo-, pero desde el momento en que Vuestra Majestad ve en mí
un juez
predispuesto, me retiro.
-Veamos -dijo el rey-. ¿Me juráis vos, por mi padre, que el señor
Athos estaba con vos durante
el suceso y que no ha tomado parte en él?
-Por vuestro glorioso padre y por vos mismo, que sois lo que yo amo y venero
más en el
mundo, ¡lo juro!
-¿Queréis reflexionar, sire? -dijo el cardenal-. Si soltamos de
este modo al prisionero, no
podremos conocer nunca la verdad.
-El señor Athos seguirá estando ahí -prosigió el
señor de Tréville-, dispuesto a responder
cuando plazca a las gentes de toga interrogarlo. No escapará, señor
cardenal, estad tranquilo, yo
mismo respondo de él.
-Claro que no desertará -dijo el rey-. Se le encontrará siem pre,
como dice el señor de Tréville.
Además -añadió, bajando la voz y mirando con aire suplicante
a Su Eminencia-, démosle
seguridad: eso es política.
Esta política de Luis XIII hizo sonreír a Richelieu.
-Ordenad, sire -dijo-. Tenéis el derecho de gracia.
-El derecho de gracia no se aplica más que a los culpables -dijo Tréville,
que quería tener la
última palabra- y mi mosquetero es inocente. No es, pues, gracia lo que
vais a conceder, sire, es
justicia.
-¿Y está en Fort-l'Evêque? -dijo el rey.
-Sí, sire, y en secreto, en un calabozo, como el último de los
criminales.
-¡Diablos! ¡Diablos! -murmuró el rey-. ¿Qué
hay que hacer?
-Firmar la orden de puesta en libertad y todo estará dicho -añadió
