Y el cardenal se puso a examinar con la mayor atención el mapa de La
Rochelle que, como
hemos dicho, estaba extendido sobre su escritorio, trazando con un lápiz
la línea por donde debía
pasar el famoso dique que dieciocho meses más tarde cerraba el puerto
de la ciudad sitiada.
Cuando se hallaba en lo más profundo de sus meditaciones estratégicas,
la puerta volvió a
abrirse y Rochefort entró.
-¿Y bien? -dijo vivamente el cardenal, levantándose con la presteza
que probaba el grado de
importancia que concedía a la comisión que había encargado
al conde.
-¡Y bien! -dijo éste-. Una mujer de veintiséis a veintiocho
años y un hombre de treinta y cinco a
cuarenta años se han alojado, efectivamente, el uno cuatro días
y la otra cinco, en las casas
indicadas por Vuestra Eminencia; pero la mujer ha partido esta noche pasada
y el hombre esta
mañana.
-¡Eran ellos! -exclamó el cardenal, que miraba el péndulo-.
Y ahora -continuó-, es demasiado
tarde para correr tras ellos: la du quesa está en Tours y el duque en
Boulogne. Es en Londres
don de hay que alcanzarlos.
-¿Cuáles son las órdenes de Vuestra Eminencia?
-Ni una palabra de lo que ha pasado; que la reina permanezca totalmente segura;
que ignore
que sabemos su secreto, que crea que estamos a la busca de una conspiración
cualquiera.
Enviadme al guardasellos Séguier.
-¿Y ese hombre, ¿qué ha hecho de él Vuestra Eminencia?
-¿Qué hombre? -preguntó el cardenal.
-El tal Bonacieux.
-He hecho todo lo que se podía hacer con él. Lo he convertido
en espía de su mujer.
El conde de Rochefort se inclinó como hombre que reconocía la
gran superioridad del maestro,
y se retiró.
Una vez que se quedó solo, el cardenal se sentó de nuevo, escribió
una carta que selló con su
sello particular, luego llamó. El oficial entró por cuarta vez.
-Hacedme venir a Vitray -dijo- y decidle que se apreste para un viaje.
Un instante después, el hombre que había pedido estaba de pie
ante él, calzado con botas y
espuelas.
-Vitray -dijo-, vais a partir inmediatamente para Londres. No os detendréis
un instante en el
camino. Entregaréis esta carta a milady. Aquí tenéis un
vale de doscientas pistolas, pasad por
casa de mi tesorero y haceos pagar. Hay otro tanto a recoger si estáis
aquí de regreso dentro de
seis días y si habéis hecho bien mi comisión.
El mensajero, sin responder una sola palabra se inclinó, cogió
la carta, el vale de doscientas
pistolas y salió.
He aquí lo que contenía la carta:
«Milady,
Asistid al primer baile a que asista el duque de Buckingham. Tendrá en
su jubón doce herretes
de diamantes, acercaos a él y quitadle dos.
Tan pronto como esos herretes estén en vuestro poder, avisadme.»
Capítulo XV
Gentes de toga y gentes de espada
Al día siguiente de aquel en que estos acontecimientos tuvieron lugar,
no habiendo reaparecido
Athos todavía, el señor de Tréville fue avisado por D'Artagnan
y por Porthos de su desaparición.
En cuanto a Aramis, había solicitado un permiso de cinco días
y estaba en Rouen, según
decían, por asuntos de familia.
El señor de Tréville era el padre de sus soldados. El menor y
más desconocido de ellos, desde
el momento en que llevaba el uniforme de la compaña, estaba tan seguro
de su ayuda y de su
apoyo como habría podido estarlo de su propio hermano.
Se presentó, pues, al momento ante el teniente de lo criminal. Se hizo
venir al oficial que
mandaba el puesto de la Croix-Rouge, y los informes sucesivos mostraron que
Athos se hallaba
alojado momentá neamente en Fort-l'Évêque.
Athos había pasado por todas las pruebas que hemos visto sufrir a Bonacieux.
Hemos asistido a la escena de careo entre los dos cautivos. Athos, que nada
había dicho hasta
entonces por miedo a que D'Artagnan, inquieto a su vez no hubiera tenido el
tiempo que
necesitaba, Athos declaró a partir de ese momento que se llamaba Athos
y no D'Ar tagan .
Añadió que no conocía ni al señor ni a la señora
Bonacieux, que jamás había hablado con el
uno ni con la otra; que hacia las diez de la noche había ido a hacer
una visita al señor
