Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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D'Artagnan, su amigo, pero que hasta esa hora había estado en casa del señor de Tréville donde
había cenado: veinte testigos -añadió- podían atestiguar el hecho y nombró a varios
gentileshombres distinguidos, entre otros al señor duque de La Trémouille.
El segundo comisario quedó tan aturdido como el primero por la declaración simple y firme de
aquel mosquetero, sobre el cual de buena gana habrían querido tomar la revancha que las
gentes de toga tanto gustan de obtener sobre las gentes de espada; pero el nombre del señor de
Tréville y el del señor duque de La Trémouille merecían reflexión.
También Athos fue enviado al cardenal, pero desgraciadamente el cardenal estaba en el Louvre
con el rey.
Era precisamente el momento en que el señor de Tréville, al salir de casa del teniente de lo
criminal y de la del gobernador del Fort-l'Evê que, sin haber podido encontrar a Athos, llegó al
palacio de Su Majestad. Como capitán de los mosqueteros, el señor de Tréville tenía a toda hora acceso al rey.
Ya se sabe cuáles eran las prevenciones del rey contra la reina, pre venciones hábilmente
mantenidas por el cardenal que, en cuestión de intrigas, desconfiaba infinitamente más de las
mujeres que de los hombres. Una de las grandes causas de esa prevención era sobre todo la
amistad de Ana de Austria con la señora de Chevreuse. Estas dos mujeres le inquietaban más
que las guerras con España, las complicaciones con Inglaterra y la penuria de las finanzas. A sus
ojos y en su pensamiento, la señora de Chevreuse servía a la reina no sólo en sus intrigas
políticas, sino, cosa que le atormentaba más aún, en sus intrigas amorosas.
A la primera frase que le había dicho el señor cardenal, que la señora de Chevreuse, exiliada
en Tours y a la que se creía en esa ciu dad, había venido a Paris y que durante los cinco días que
había per manecido en ella había despistado a la policía, el rey se había encolerizado con furia.
Caprichoso a infiel, el rey quería ser llamado Luis el Justo y Luis el Casto. La posteridad
comprenderá difícilmente este carácter que la historia sólo explica por hechos y nunca por
razonamientos.
Pero cuando el cardenal añadió que no solamente la señora de Chevreuse había venido a París,
sino que además la reina se había relacionado con ella con ayuda de una de esas
correspondencias misteriosas que en aquella época se denominaba una cábala, cuando afir mó
que él, el cardenal, estaba a punto de desenredar los hilos más os curos de aquella intriga,
cuando, en el momento de arrestar con las manos en la masa, en flagrante delito, provisto de
todas las pruebas, al emisario de la reina junto a la exiliada, un mosquetero había osado
interrumpir violentamente el curso de la justicia cayendo, espada en mano, sobre honradas
gentes de ley encargadas de examinar con imparcialidad todo el asunto para ponerlo ante los
ojos del rey, Luis XIII no se contuvo más y dio un paso hacia las habitaciones de la reina con esa
pálida y muda indignación que, cuando estallaba, llevaba a ese príncipe hasta la más fría
crueldad.
Y, sin embargo, en todo aquello el cardenal no había dicho aún una palabra del duque de
Buckingham.
Fue entonces cuando el señor de Tréville entró, frío, cortés y con una vestimenta irreprochable.
Advertido de lo que acababa de pasar por la presencia del cardenal y por la alteración del
rostro del rey, el señor de Tréville se sintió fuerte como Sansón ante los Filisteos.
Luis XIII ponía ya la mano sobre el pomo de la puerta; al ruido que hizo el señor de Tréville al
entrar, se volvió.
-Llegáis en el momento justo, señor -dijo el rey que, cuando sus pasiones habían subido a
cierto punto, no sabía disimular-, y me entero de cosas muy bonitas a cuenta de vuestros
mosqueteros.
-Y yo -respondió fríamente el señor de Tréville- tengo muy bonitas cosas de que informarle
sobre sus gentes de toga.
-¿De verdad? -dijo el rey con altivez.
-Tengo el honor de informar a Vuestra Majestad -continuó el señor de Tréville en el mismo
tono- de que una partida de procuradores, de comisarios y de gentes de policía, gentes todas
muy estimables pero muy encarnizadas, según parece, contra el uniforme, se ha permitido
arrestar en una casa, llevar en plena calle y arrojar en el Fort-l'Evêque, y todo con una orden que
se han negado a presentar, a uno de mis mosqueteros, o mejor dicho, de los vuestros,


 

 
 

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