-Hay que pasar por él y asegurarse si la cosa es cierta o no.
-Ya he pasado.
-Y bien, ¿el orfebre?
-El orfebre no ha oído hablar de nada.
-¡Bien! ¡Bien! Rochefort, no todo está perdido, y quizá...,
quizá todo sea para mejor.
-El hecho es que no dudo de que el genio de Vuestra Eminencia...
-Reparará las tonterías de mi guardia, ¿no es eso?
-Es precisamente lo que iba a decir si Vuestra Eminencia me hu biera dejado
acabar mi frase.
-Ahora, ¿sabéis dónde se ocultaban la duquesa de Chevreuse
y el duque de Buckingham?
-No, monseñor, mis gentes no han podido decirme nada positivo al respecto.
-Yo sí lo sé.
-¿Vos, monseñor?
-Sí, o al menos lo creo. Estaban el uno en la calle de Vaugirard, número
25, y la otra en la calle
de La Harpe, número 75.
-¿Quiere Vuestra Eminencia que los haga arrestar a los dos?
-Será demasiado tarde, habrán partido.
-No importa, podemos asegurarnos.
-Tomad diez hombres de mis guardias y registrad las dos casas.
-Voy monseñor.
Y Rochefort se abalanzó fuera de la habitación.
El cardenal, ya solo, reflexionó un instante y llamó por tecera
vez. Apareció el mismo oficial.
-Haced entrar al prisionero -dijo el cardenal.
Maese Bonacieux fue introducido de nuevo y, a una seña del cardenal,
el oficial se retiró.
-Me habéis engañado -dijo severamente el cardenal.
-¡Yo! -exclamó Bonacieux-. ¡Yo engañar a Vuestra Eminencia!
-Vuestra mujer, al ir a la calle de Vaugirard y a la calle de La Harpe, no iba
a casa de
vendedores de telas.
-¿Y adónde iba, santo cielo?
-Iba a casa de la duquesa de Chevreuse y a casa del duque de Buckingham.
-Sí -dijo Bonacieux echando mano de todos sus recursos-, sí, eso
es, Vuestra Eminencia tiene
razón. Muchas veces le he dicho a mi mujer que era sorprendente que vendedores
de telas vivan
en casas semejantes, en casas que no tenían siquiera muestras, y las
dos veces mi mujer se ha
echado a reír. ¡Ah, monseñor! -continuó Bonacieux
arrojándose a los pies de la Eminencia-. ¡Ah!
¡Con cuánto motivo sois el cardenal, el gran cardenal, el hombre
de genio al que todo el mundo
reverencia!
El cardenal, por mediocre que fuera el triunfo alcanzado sobre un ser tan vulgar
como era
Bonacieux, no dejó de gozarlo durante un instante; luego, casi al punto,
como si un nuevo
pensamiento se presen tara a su espíritu, una sonrisa frunció
sus labios y, tendiendo la mano al
mercero, le dijo:
-Alzaos, amigo mío, sois un buen hombre.
-¡El cardenal me ha tocado la mano! ¡Yo he tocado la mano del gran
hombre! -exclamó
Bonacieux-. ¡El gran hombre me ha llamado su amigo!
-Sí, amigo mío, sí -dijo el cardenal con aquel tono paternal
que sabía adoptar a veces, pero que
sólo engañaba a quien no le conocía-; y como se ha sospechado
de vos injustamente, hay que
daros una in demnización. ¡Tomad! Coged esa bolsa de cien pistolas,
y perdonadme.
-¡Que yo os perdone, monseñor! -dijo Bonacieux dudando en tomar
la bolsa, temiendo sin
duda que aquel don no fuera más que una chanza-. Pero vos sois libre
de hacerme arrestar, sois
bien libre de hacerme torturar, sois bien libre de hacerme prender; sois el
amo, y yo no tendría la
más minima palabra que decir. ¿Perdonaros, monseñor? ¡Vamos,
no penséis más en ello!
-¡Ah, mi querido Bonacieux! Sois generoso ya lo veo, y os lo agradezco.
Tomad, pues, esa
bolsa. ¿Os vais sin estar demasiado descon tento?
-Me voy encantado, monseñor.
-Adiós, entonces, o mejor, hasta la vista, porque espero que nos volvamos
a ver.
-Siempre que monseñor quiera, estoy a las órdenes de Su Eminencia.
-Será a menudo, estad tranquilo, porque he hallado un gusto extremo
con vuestra
conversación.
-¡Oh, monseñor!
-Hasta la vista, señor Bonacieux, hasta la vista.
Y el cardenal le hizo una señal con la mano, a la que Bonacieux respondió
inclinándose hasta el
suelo; luego salió a reculones, y cuando estuvo en la antecámara
el cardenal le oyó que en su
entusiasmo, se desgañitaba a grito pelado: «Viva monseñor!
¡Viva Su Eminencia! ¡Viva el gran
cardenal!» El cardenal escuchó sonriendo aquella brillante manifestación
de sentimientos
entusiastas de maese Bonacieux; luego, cuando los gritos de Bonacieux se hubieron
perdido en
la lejanía:
-Bien -dijo-. De ahora en adelante será un hombre que se haga matar por
mí.
