ha vuelto.
-El conde está ahí -dijo el official-, pide hablar al instante
con Vuestra Eminencia.
-¡Con Vuestra Eminencia! -murmuró Bonacieux, que sabía
que tal era el título que
ordinariamente se daba al señor cardenal-. ¡Con Vuestra Eminencia!
-¡Que venga entonces, que venga! -dijo vivamente Richelieu.
El official se lanzó fuera de la habitación con esa rapidez que
ponían de ordinario todos los
servidores del cardenal en obedecerle.
-¡Con Vuestra Eminencia! -murmuraba Bonacieux haciendo gi rar los ojos
extraviados.
No habían transcurrido cinco segundos desde la desaparición del
official, cuando la puerta se
abrió y un nuevo personaje entró.
-¡Es él! -exclamó Bonacieux.
-¿Quién es él? -preguntó el cardenal.
-El que ha raptado a mi mujer.
El cardenal llamó por segunda vez. El official reapareció.
-Devolved este hombre a manos de sus dos guardias, y que espere a que yo lo
llame ante mí.
-¡No, monseñor! ¡No, no es él! -exclamó Bonacieux-.
No, me he equivocado, es otro que se le
parece algo. El señor es un hombre honrado.
-Llevaos a este imbécil - dijo el cardenal.
El official cogió a Bonacieux por debajo del brazo y volvió a
llevarlo a la antecámara donde
encontró a sus dos guardias.
El nuevo personaje al que se acababa de introducir siguió con ojos de
impaciencia a Bonacieux
hasta que éste hubo salido, y cuando 1a puerta fue cerrada tras él,
dijo aproximándose
rápidamente al car denal.
-Han sido vistos.
-¿Quiénes? -preguntó Su Eminencia.
-Ella y él.
-¿La reina y el duque? -exclamó Richelieu.
-Sí.
-¿Y dónde?
-En el Louvre.
-¿Estáis seguro?
-Completamente.
-¿Quién os lo ha dicho?
-La señora de Lannoy, que es completamente de Vuestra Eminencia, como
sabéis.
-¿Por qué no lo ha dicho antes?
-Sea por casualidad o por desconfianza, la reina ha hecho acostarse a la señora
de Fargis en su
habitación, y la ha tenido allí toda la jornada.
-Está bien, hemos perdido. Tratemos de tomar nuestra revancha.
-Os ayudaré con toda mi alma, monseñor, estad tranquilo.
-¿Cuándo ha sido?
-Alas doce y media de la noche, la reina estaba con sus mujeres...
-¿Dónde?
-En su cuarto de costura...
-Bien.
-Cuando han venido a entregarle un pañuelo de parte de su costurera...
-¿De spués?
-Al punto la reina ha manifestado una gran emoción, y pese al rouge con
que tenía el rostro
cubierto, ha palidecido.
-¡Y después! ¡Después!
-Sin embargo, se ha levantado, y con voz alterada, ha dicho: «Señoras,
esperadme diez
minutos, luego vengo.» Y ha abierto la puerta de su alcoba, y luego ha
salido.
-¿Por qué la señora de Lannoy no ha venido a preveniros
al instante?
-Nada era seguro todavía; además, la reina había dicho:
«Señoras, esperadme»; y no se
atrevía a desobedecer a la reina.
-¿Y cuánto tiempo ha estado la reina fuera de su cuarto?
-Tres cuartos de hora.
-¿La acompañaba alguna de sus mujeres?
-Doña Estefanía solamente.
-¿Y luego ha vuelto?
-Sí, pero para coger un pequeño cofre de palo de rosa con sus
iniciales y salir en seguida.
-Y cuando ha vuelto más tarde, ¿traía el cofre?
-No.
-¿La señora de Lannoy sabía qué había en
ese cofre?
-Sí, los herretes de diamantes que Su Majestad ha dado a la reina.
-¿Y ha vuelto sin ese cofre?
-Sí.
-¿La opinión de la señora de Lannoy es que se los ha entregado
a Buckingham?
-Está segura.
-¿Y cómo?
-Durante el día, la señora de Lannoy, en su calidad de azafata
de atavío de la reina, ha
buscado ese cofre, se ha mostrado inquieta al no encontrarlo y ha terminado
por pedir noticias a
la reina.
-¿Y entonces, la reina?...
-La reina se ha puesto muy roja y ha respondido que por haber roto la víspera
uno de sus
herretes lo había enviado a reparar a su orfebre.
