Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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A primera vista, nada denotaba, pues, al cardenal y era imposible a quienes no conocían su
rostro adivinar ante quién se encontraban.
El pobre mercero permaneció de pie a la puerta, mientras los ojos del personaje que acabamos
de describir se fijaban en él y parecían penetrar hasta el fondo del pasado.
- Está ahí ese Bonacieux? -pregunto tras un momento de silencio.
-Sí, monseñor -contestó el oficial.
-Esta bien, dadme esos papeles y dejadnos.
El oficial cogió de la mesa los papeles señalados, los entregó a quien se los pedía, se inclinó
hasta el suelo y salió.
Bonacieux reconoció en aquellos papeles sus interrogatorios de la Bastilla. De vez en cuando, el
hombre de la chimenea alzaba los ojos por encima de la escritura y los hundía como dos puñales
hasta el fondo del corazón del pobre mercero.
Al cabo de diez minutos de lectura y de diez segundos de examen, el cardenal se había
decidido.
-Esa cabeza no ha conspirado nunca -murmuró-; pero no importa, veamos de todas formas.
-Estáis acusado de alta traición -dijo lentamente el cardenal.
-Es lo que ya me han informado, monseñor -exclamó Bonacieux, dando a su interrogador el
título que había oído al oficial darle-; pero yo os juro que no sabía nada de ello.
El cardenal reprimió una sonrisa.
-Habéis conspirado con vuestra mujer, con la señora de Chevreuse y con milord el duque de
Buckingham.
-En realidad, monseñor -respondió el mercero-, he oído pronunciar todos esos nombres.
-¿Y en qué ocasión?
-Ella decía que el cardenal de Richelieu había atraído al duque de Buckingham a París para
perderlo y para perder a la reina con él.
-¿Ella decía eso? -exclamó el cardenal con violencia.
-Sí, monseñor; pero yo le he dicho que se equivocaba por man tener tales opiniones, y que Su
Eminencia era incapaz... -Callaos, sois un imbécil -prosiguió el cardenal.
-Es precisamente eso lo que mi mujer me respondió, monseñor.
-¿Sabéis quién ha raptado a vuestra mujer?
-No, monseñor.
-Sin embargo, ¿tenéis sospechas?
-Sí, monseñor, pero esas sospechas han parecido contrariar al señor comisario y ya no las
tengo.
-Vuestra mujer se ha escapado, ¿lo sabíais?
-No, monseñor, lo he sabido después de haber entrado en pri sión, y siempre por la mediación
del señor comisario, un hombre muy amable.
El cardenal reprimió una segunda sonrisa.
-Entonces, ¿ignoráis lo que ha sido de vuestra mujer después de su fuga?
-Completamente, monseñor; habrá debido volver al Louvre.
-A la una de la mañana no había vuelto aún.
-¡Ah D¡os mío! Pero entonces ¿qué habrá s¡do de ella?
-Ya lo sabremos, estad tranquilo; nada se oculta al cardenal; el cardenal lo sabe todo.
-En tal caso, monseñor, ¿creéis que el cardenal consent¡rá en dec¡rme qué ha ocurr¡do con mi
mujer?
-Quizá; pero es preciso primero que confeséis todo lo que sepáis relativo a las relaciones de
vuestra mujer con la señora de Chevreuse.
-Pero, monseñor, yo no sé nada; no la he visto nunca.
-Cuando ¡ba¡s a buscar a vuestra mujer al Louvre, ¿volvía ella d¡rectamente a casa?
-Cas¡ nunca: tenía que ver a vendedores de tela, a cuyas casas yo la llevaba.
-¿Y cuántos vendedores de telas había?
-Dos, monseñor.
-¿Dónde viven?
-Uno en la calle de Vaug¡rard; el otro en la calle de La Harpe.
-¿Entrasteis en sus casas con ella?
-Nunca, monseñor; la esperaba a la puerta.
-¿Y qué pretexto os daba para entrar así completamente sola?
-No me lo daba; me decía que esperase, y yo esperaba.
-Sois un marido complaciente, mi querido señor Bonacieux - dijo el cardenal.
«Ella me llama su querido señor! -dijo para sí mismo el mercero-. ¡Diablos, las cosas van
bien!»
-¿Reconoceríais esas puertas?
-Sí.
- Sabéis los números?
-¿Cuáles son?
-Número 25 en la calle de Vaugirard; número 75 en la calle de La Harpe.
-Está bien -dijo el cardenal.
A estas palabras, cogió una campanilla de plata y llamó; el official volvió a entrar.
-Idme a buscar a Rochefort -dijo a media voz-, y que venga inmediatamente si


 

 
 

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