aurora le pareció haber tornado tintes fúnebres.
De golpe oyó correr los cerrojos, y tuvo un sobresalto terrible. Creía
que venían a buscarlo para
conducirlo al cadalso; así, cuando vio pura y simplemente aparecer, en
lugar del verdugo que
esperaba, a su comisario y su escribano de la víspera, estuvo a punto
de saltarles al cuello.
-Vuestro asunto se ha complicado desde ayer por la noche, buen hombre -le dijo
el comisario-,
y os aconsejo decir toda la verdad; porque solo vuestro arrepentimiento puede
aplacar la cólera
del cardenal.
-Pero si yo estoy dispuesto a decir todo -exclamó Bonacieux-, al menos
todo lo que sé.
Interrogad, os lo suplico.
-Primero, ¿dónde está vuestra mujer?
-Pero si ya os he dicho que me la habían raptado.
-Sí, pero desde ayer a las cinco de la tarde, gracias a vos, se ha escapado.
-¡Mi mujer se ha escapado! -exclamó Bonacieux-. ¡Oh, la desgraciada!
Señor si se ha escapado,
no es culpa mía os lo juro.
-¿Qué fuisteis, pues, a hacer a casa del señor D'Artagnan,
vuestro vecino, con el que tuvisteis
una larga conferencia durante el día?
-¡Ah! Sí, señor comisario, sí, eso es cierto, y confieso
que me equivoqué. Estuve en casa del
señor D'Artagnan.
-¿Cuál era el objeto de esa visita?
-Pedirle que me ayudara a encontrar a mi mujer. Creía que tenía
derecho a reclamarla; me
equivocaba, según parece, y por eso os pido perdón .
-¿Y qué respondió el señor D'Artagnan?
-El señor D'Artagnan me prometió su ayuda; pero pronto me di cuenta
de que me traicionaba.
-¡Os burláis de la justicia! El señor D'Artagnan ha hecho
un pacto con vos y, en virtud de ese
pacto, él ha puesto en fuga a los hombres de policía que habían
detenido a vuestra mujer, y la
ha sustraído a todas las investigaciones.
-¡El señor D'Artagnan ha raptado a mi mujer! ¡Vaya! Pero
¿qué me decís?
-Por suerte, D'Artagnan está en nuestras manos, y vais a ser careado
con él.
-¡Ah? A fe que no pido otra cosa -exclamó Bonacieux-, no me molestará
ver un rostro
conocido.
-Haced entrar al señor D'Artagnan -dijo el comisario a los dos guardias.
Los dos guardias hicieron entrar a Athos.
-Señor D'Artagnan -dijo el comisario dirigiéndose a Athos-, declarad
lo que ha pasado entre vos
y el señor.
-¡Pero -exclamó Bonacieux- si no es el señor D'Artagnan
ése que me mostráis!
-¡Cómo! ¿No es el señor D'Artagnan? -exclamó
el comisario.
-En modo alguno -respondió Bonacieux.
-¿Cómo se llama el señor? -preguntó el comisario.
-No puedo decíroslo, no lo conozco.
-¡Cómo! ¿No lo conocéis?
-No.
-¿No lo habéis visto jamás?
-Sí, lo he visto, pero no sé cómo se llama.
-¿Vuestro nombre? -preguntó el comisario.
-Athos -respondió el mosquetero.
-Pero eso no es un nombre de hombre, ¡eso es un nombre de montaña!
-exclamó el pobre
interrogador, que comenzaba a perder la cabeza.
-Es mi nombre -dijo tranquilamente Athos.
-Pero vos habéis dicho que os llamabais D'Artagnan.
-¿Yo?
-Sí, vos.
-Veamos, cuando me han dicho: «Vos sois el señor D'Artagnan»,
yo he respondido: «Lo creéis
así?» Mis guardias han exclamado que estaban seguros. Yo no he
querido contrariarlos. Además,
yo podía equivocarme.
-Señor, insultáis a la majestad de la justicia.
-De ningún modo -dijo tranquilamente Athos.
-Vos sois el señor D'Artagnan.
-Como veis, sois vos el que aún me lo decís.
-Pero -exclamó a su vez el señor Bonacieux- os digo, señor
comisario, que no tengo la más
minima duda. El señor D'Artagnan es mi huésped, y en consecuencia,
aunque no me pague mis
alquileres, y precisamente por eso, debo conocerlo. El señor D'Artagnan
es un joven de
diecinueve a veinte años apenas, y este señor tiene treinta por
lo menos. El señor D'Artagnan
está en los guardias del señor Des Essarts, y este señor
está en la compaña de los mosqueteros
del señor de Tréville: mirad el uniforme, señor comisario,
mirad el uniforme.
-Es cierto -murmuró el comisario-; es malditamente cierto.
En aquel momento la puerta se abrió de golpe, y un mensajero, introducido
por uno de los
carceleros de la Bastilla, entregó una carta al comisario.
-¡Oh, la desgraciada! -exclamó el comisario.
