mujer, por ser un sentimiento totalmente secundario, no podía luchar
con los sen timientos
primitivos que acabamos de enumerar.
Bonacieux reflexionó, en efecto, sobre lo que acababan de decirle.
-Pero, señor comisario -dijo tímidamente-, estad seguro de que
conozco y aprecio más que
nadie el mérito de la incomparable Emi nencia por la que tenemos el honor
de ser gobernados.
-¿De verdad? -preguntó el comisario con aire de duda-. Si realmente
fuera así, ¿cómo es que
estáis en la Bastilla?
-Cómo estoy, o mejor, por qué estoy -replicó el señor
Bonacieux-, eso es lo que me es
completamente imposible deciros, dado que yo mismo lo ignoro; pero a buen seguro
no es por
haber contrariado, conscientemente al menos, al señor cardenal.
-Sin embargo, es preciso que hayáis cometido un crimen, puesto que estáis
aquí acusado de
alta traición.
-¡De alta traición! -exclamó Bonacieux-. ¡De alta
traición! ¿Y cómo queréis vos que un pobre
mercero que detesta a los hugonotes y que aborrece a los españoles esté
acusado de alta
traición? Reflexionad, señor, es materialmente imposible.
-Señor Bonacieux - dijo el comisario mirando al acusado como si sus pequeños
ojos tuvieran la
facultad de leer hasta lo más profundo de los corazones-, señor
Bonacieux, ¿tenéis mujer?
-Sí, señor -respondió el mercero todo temblando, sintiendo
que ahí era donde el asunto iba a
embrollarse-; es decir, la tenía.
-¿Cómo? ¡La teníais! ¿Pues qué habéis
hecho de ella, si ya no la tenéis?
-Me la han raptado, señor.
-¿Os la han raptado? -prosiguió el comisario-. ¿Y sabéis
quién es el hombre que ha cometido
ese rapto?
-Creo conocerlo.
-¿Quién es?
-Pensad que yo no afirmo nada, señor comisario, y que yo sólo
sospecho.
-¿De quién sospecháis? Veamos, responded con franqueza.
El señor Bonacieux se hallaba en la mayor perplejidad: ¿debía
negar todo o decir todo?
Negando todo, podría creerse que sabía demasiado para confesar;
diciendo todo, daba prueba de
buena voluntad. Se decidió por tanto a decirlo todo.
-Sospecho -dijo- de un hombre alto, moreno, de buen aspec to, que tiene todo
el aire de un
gran señor; nos ha seguido varias ve ces, según me ha parecido,
cuando iba a esperar a mi mujer
al postigo del Louvre para llevarla a casa.
El comisario pareció experimentar cierta inquietud.
-¿Y su nombre? -dijo.
-¡Oh! En cuanto a su nombre, no sé nada, pero si alguna vez lo
vuelvo a encontrar lo
reconoceré al instante, os respondo de ello, aunque fuera entre mil personas.
La frente del comisario se ensombreció.
-¿Lo reconoceríais entre mil, decís? -continuo.
-Es decir -prosiguió Bonacieux, que vio que había ido desca minado-,
es decir...
-Habéis respondido que lo reconoceríais -dijo el comsario-; está
bien, basta por hoy; antes de
que sigamos adelante es preciso que alguien sea prevenido de que conocéis
al raptor de vuestra
mujer.
-Pero yo no os he dicho que le conociese -exclamó Bonacieux desesperado-.
Os he dicho, por
el contrario...
-Llevaos al prisionero -dijo el comisario a los dos guardias.
-¿Y dónde hay que conducirlo? - preguntó el escribano.
-A un calabozo.
-¿A cuál?
-¡Oh, Dios mío! Al primero que sea, con tal que cierre bien -respondió
el comisario con una
indiferencia que llenó de horror al pobre Bonacieux.
-¡Ay! ¡Ay! -se dijo-. La desgracia ha caído sobre mi cabeza;
mi mujer habrá cometido algún
crimen espantoso; me creen su cómplice, y me castigarán con ella;
ella habrá hablado, habrá
confesado que me había dicho todo; una mujer, ¡es tan débil!
¡Un calabozo, el primero que sea!
¡Eso es! Una noche pasa pronto; y mañana a la rueda, a la horca.
¡Oh, Dios mío! ¡Tened piedad
de mí!
Sin escuchar para nada las lamentaciones de maese Bonacieux, lamentaciones a
las que por
otra parte debían estar acostumbrados, los dos guardias cogieron al prisionero
por un brazo y se
lo llevaron, mientras el comisario escribía deprisa una carta que su
escribano es peraba.
Bonacieux no pegó ojo, y no porque su calabozo fuera demasiado desagradable,
sino porque
sus inquietudes eran demasiado grandes. Permaneció toda la noche sobre
su taburete,
temblando al menor ruido; y cuando los primeros rayos del día se deslizaron
en la habitacion, la
