Ana de Austria tendió su mano cerrando los ojos y apoyándose con
la otra en Estefanía, porque
sentía que las fuerzas iban a faltarle.
Buckingham apoyó con pasión sus labios sobre aquella bella mano;
luego, al alzarse, dijo:
-Si antes de seis meses no estoy muerto, os habré visto, señora,
aunque tenga que desquiciar
el mundo para ello.
Y, fiel a la promesa hecha, se lanzó fuera de la habitación.
En el corredor encontró a la señora Bonacieux que lo esperaba
y que, con las mismas
precauciones y la misma fortuna, volvió a conducirlo fuera del Louvre.
Capítulo XIII
El señor Bonacieux
Como se ha podido observar, en todo esto había un personaje que, pese
a su posición, no
había parecido inquietarse más que a medias; este personaje era
el señor Bonacieux, respetable
mártir de las intrigas políticas y amorosas que tan bien se encadenaban
unas a otras, en aquella
época a la vez tan caballeresca y tan galante.
Afortunadamente -lo recuerde el lector o no lo recuerde-, afor tunadamente hemos
prometido
no perderlo de vista.
Los esbirros que lo habían detenido lo condujeron directamente a la Bastilla,
donde, todo
tembloroso, se le hizo pasar por delante de un pelotón de soldados que
cargaban sus mosquetes.
Allí, introducido en una galería semisubtenánea, fue objeto,
por par te de quienes lo habían
llevado, de las más groseras injurias y del más feroz trato. Los
esbirros veían que no se las
habían con un gentilhombre, y lo trataban como a verdadero patán.
Al cabo de media hora aproximadamente, un escribano vino a po ner fin a sus
torturas, pero no
a sus inquietudes, dando la orden de conducir al señor Bonacieux a la
cámara de interrogatorios.
Generalmente se interrogaba a los prisioneros en sus casas, pero con el señor
Bonacieux no se
guardaban tantas formas.
Dos guardias se apoderaron del mercero, le hicieron atravesar un patio, le hicieron
adentrarse
por un corredor en el que había tres centinelas, abrieron una puerta
y lo empujaron en una
habitación baja, donde por todo mueble no había más que
una mesa, una silla y un comisario.
El comisario estaba sentado en la silla y se hallaba ocupado escribiendo algo
sobre la mesa.
Los dos guardias condujeron al prisionero ante la mesa y, a una señal
del comisario, se alejaron
fuera del alcance de la voz.
El comisario, que hasta entonces había mantenido la cabeza inclinada
sobre sus papeles, la
alzó para ver con quién tenía que habérselas. Aquel
comisario era un hombre de facha repelente,
la nariz puntiaguda, las mejillas amarillas y salientes, los ojos pequeños
pero investigadores y
vivos, y la fisonomía tenía al mismo tiempo algo de garduña
y de zorro. Su cabeza sostenida por
un cuello largo y móvil, salía de su amplio traje negro balanceándose
con un movimiento casi
parecido al de la tortuga cuando saca su cabeza fuera de su caparazón.
Comenzó por preguntar al señor Bonacieux sus apellidos y su nombre,
su edad, su estado y su
domicilio.
El acusado respondió que se llamaba Jacques-Michel Bonacieux, que tenía
cincuenta y un años,
mercero retirado, y que vivía en la calle des Fossoyeurs, número
11.
Entonces el comisario, en lugar de continuar interrogándole, le soltó
un largo discurso sobre el
peligro que corre un burgués oscuro mez clándose en asuntos públicos.
Complicó este exordio con una exposición en la que contó
el po der y los actos del señor
cardenal, aquel ministro incomparable, aquel triunfador de los ministros pasados,
aquel ejemplo
de los ministros futuros: actos y poder a los que nadie se oponía impunemente.
Después de esta segunda parte de su discurso, fijando su mirada de gavilán
sobre el pobre
Bonacieux, lo invitó a reflexionar sobre la gravedad de la situación.
Las reflexiones del mercero estaban ya hechas; lanzaba pestes contra el momento
en que el
señor de La Porte había tenido la idea de casar lo con su ahijada,
y sobre todo contra el momento
en que esta ahijada había sido admitida como costurera de la reina.
El fondo del carácter de maese Bonacieux era un profundo egoísmo
mezclado a una avaricia
sórdida todo ello sazonado con una co bardía extrema. El amor
que le había inspirado su joven
