Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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reina ha tenido un servidor más ardiente?
-Milord, milord, invocáis para vuestra defensa cosas que os acusan incluso; milord, todas esas
pruebas de amor que queréis darme son casi crímenes.
-Porque vos no me amáis, señora; si me amaseis, todo esto lo veríais de otro modo; si me
amaseis, ¡oh!, si vos me amaseis sería demasiada felicidad y me volvería loco. ¡Ah! La señora de
Chevreuse, de la que hace un momento hablabais, la señora de Chevreuse ha sido menos cruel
que vos; Holland la amó y ella respondió a su amor.
-La señora de Chevr euse no era reina -murmuró Ana de Austria, vencida a pesar suyo por la
expresión de un amor tan profundo. -¿Me amaríais entonces si no lo fuerais, señora, decid, me amaríais entonces? ¿Puedo, pues,
creer que es la dignidad sola de vuestro rango la que os hace cruel para mí? ¿Puedo, pues, creer
que si vos hubierais sido la señora de Chevreuse, el pobre Buckingham habría podido esperar?
Gracias por esas dulces palabras, mi bella Majestad, cien veces gracias.
-¡Ah! Milord, habéis entendido mal, habéis interpretado mal; yo no he querido decir...
-¡Silencio! ¡Silencio! -dijo el duque-. Si yo soy feliz por un error, no tengáis la crueldad de
quitármelo. Lo habéis dicho vos misma, se me ha atraído a una trampa, tal vez deje mi vida en
ella porque, mirad, es extraño, pero desde hace algún tiempo tengo presentimientos de que voy
a morir -y el duque sonrió con una sonrisa triste y encantadora a la vez.
-¡Oh, Dios mío! -exclamó Ana de Austria con un acento de te rror que probaba que sentía por el
duque un interés mayor del que quería confesar.
-No os digo esto para asustaros, señora, no; es incluso ridículo lo que os digo, y creedme que
no me preocupo nada por semejantes sueños. Pero esa palabra que acabáis de decirme, esa
esperanza que casi me habéis dado, lo habr á pagado todo, incluso mi vida.
-¡Y bien! -dijo Ana de Austria-. Yo también, duque, tengo presentimientos, también yo tengo
sueños. He soñado que os veía tendido, sangrando, víctima de una herida.
-¿En el lado izquierdo, no es verdad, con un cuchillo? -interrumpió Buckingham.
-Sí, eso es, milord, eso es, en el lado izquierdo, con un cuchillo. ¿Quién ha podido deciros que
yo había tenido ese sueño? No lo he confiado más que a Dios, a incluso en mis plegarias.
-No quiero más, y vos me amáis, señora, está claro.
-¿Que yo os amo?
-Sí, vos. ¿Os enviaría Dios los mismos sueños que a mí si no me amaseis? ¿Tendríamos los
mismos presentimientos si nuestras dos existencias no estuvieran en contacto por el corazón?
Vos me amáis, oh, reina, y ¿me lloraréis?
-¡Oh, Dios mío, Dios mío! -exclamó Ana de Austria-. Es más de lo que puedo soportar. Mirad,
duque, en el nombre del cielo, partid, retiraos; no sé si os amo o si no os amo, pero lo que sé es
que no seré perjura. Tened, pues, piedad de mí y partid. ¡Oh! Si fuerais herido en Francia, si
murieseis en Francia, si pudiera suponer que vuestro amor por mí fue causa de vuestra muerte,
no me consolaría jamás, me volvería loca por ello. Partid, pues, partid, os lo suplico.
-¡Oh, qué bella estáis así! ¡Cuánto os amo! -dijo Buckingham.
-¡Partid, partid! Os lo suplico, y volved más tarde; volved como embajador, volved como
ministro, volved rodeado de guardias que os defiendan, de servidores que vigilen por vos, y
entonces no temeré más por vuestra vida y sentiré dicha en volveros a ver.
-¡Oh! ¿Es cierto lo que me decís?
-Sí...
-Pues entonces, una prenda de vuestra indulgencia, un objeto que venga de vos y que me
recuerde que no he tenido un sueño; algo que vos hayáis llevado y que yo pueda llevar a mi vez,
un anillo, un collar, una cadena.
-¿Y os iréis, os iréis si os doy lo que me pedís?
-Sí.
-¿En el mismo momento?
-Sí.
-¿Abandonaréis Francia, volveréis a Inglaterra? -Sí, os lo juro.
-Esperad, entonces, esperad.
Y Ana de Austria regresó a sus habitaciones y salió casi al momen to, llevando en la mano un
pequeño cofre de palo de rosa con sus ini ciales, incrustado de oro.
-Tomad, milord duque -dijo-, guardad esto en recuerdo mío.
Buckingham tomó el cofre y cayó por segunda vez de rodillas.
-Me habíais prometido iros -dijo la reina.
-Y mantengo mi palabra. Vuestra mano, vuestra mano, señora, y me voy.


 

 
 

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