diga cómo estabais vestida la primera vez que
os vi? ¿Queréis que detalle cada uno de los adornos de vuestro
tocado? Mirad, aún lo veo;
estabais sentada en un cojín cuadrado, a la moda de España; teníais
un vestido de satén verde
con brocados de oro y de plata; las mangas colgantes y anudadas sobre vuestros
hellos brazos,
sobre esos brazos admirables, con gruesos diamantes; teníais una gorguera
cerrada, un pequeño
bonete sobre vuestra cabeza del color de vuestro vestido, y sobre ese bonete
una pluma de
garza. ¡Oh! Mirad, mirad, cierro los ojos y os veo tal cual erais entonces;
los abro y os veo cual
sois ahora, es decir, ¡cien veces más bella aún!
-¡Qué locura! -murmuró Ana de Austria, que no tenía
el valor de admitirle al duque haber
conservado tan bien su retrato en su corazón-. ¡Qué locura
alimentar una pasión inútil con
semejantes recuerdos!
-¿Y con qué queréis entonces que yo viva? Yo no tengo más
que recuerdos. Es mi felicidad, es
mi tesoro, es mi esperanza. Cada vez que os veo, es un diamante más que
guardo en el escriño
de mi corazón. Este es el cuarto que vos dejáis caer y que yo
recojo; porque en tres años,
señora, no os he visto más que cuatro veces: esa primera de que
acabo de hablaros, la segunda
en casa de la señora de Chevreuse, la tercera en los jardines de Amiens.
-Duque -dijo la reina ruborizándose- no habléis de esa noche.
-¡Oh! Al contrario, hablemos, señora, hablemos de ella; es la noche
feliz y resplandeciente de
mi vida. ¿Os acordáis de la bella noche que hacía? ¡Cuán
dulce y perfumado era el aire, cuán azul
el cielo todo esmaltado de estrellas! ¡Ah! Aquella vez, señora,
pude estar un instante a solas con
vos; aquella vez vos estabais dispuesta a decirme todo: el aislamiento de vuestra
vida, las penas
de vuestro corazón. Vos esta bais apoyada en mi brazo, mirad, en éste.
Al inclinar mi cabeza a
vuestro lado, yo sentía vuestros hermosos cabellos rozar mi rostro, y
cada vez que me rozaban
yo temblaba de la cabeza a los pies. ¡Oh, reina, reina! ¡Oh! No
sabéis cuánta felicidad del cielo,
cuánta alegría del paraíso hay encerradas en un momento
semejante. Mirad, mis bienes, mi
fortuna, mi gloria, ¡todos los días que me quedan por vivir a cambio
de un momento semejante y
de una noche parecida! Porque esa noche, señora, esa noche vos me amabais,
os lo juro.
-Milord, es posible, sí, que la influencia del lugar, que el encanto
de aquella hermosa noche,
que la fascinación de vuestra mirada, que esas mil circunstancias, en
fin, que se juntan a veces
para perder a una mujer, se hayan agrupado en torno mío en aquella noche
fatal; pero ya lo
visteis, milord; la reina vino en ayuda de la mujer que flaqueaba: a la primera
palabra que
osasteis decir, a la primera osadía a la que tuve que responder, pedí
ayuda.
-¡Oh! Sí, sí, eso es cierto, y cualquier otro amor distinto
al mío habría sucumbido a esa prueba;
pero mi amor, en mi caso, ha salido de ella ardiente y más eterno. Creisteis
huir de mí volviendo
a París, creisteis que no osaría abandonar el tesoro que mi amo
me había encargado vigilar. ¡Ah,
qué me importan a mí todos los tesoros del mundo ni todos los
reyes de la tierra! Ocho días
después, yo estaba de regreso, señora. Y esa vez, nada tuvisteis
que decirme: yo había arries-
gado mi favor, mi vida, por veros un segundo, no toqué siquiera vuestra
mano, y vos me
perdonasteis al verme tan sometido y arrepentido.
-Sí, pero la calumnia se ha apoderado de todas esas locuras en las que
yo no contaba para
nada, y vos lo sabéis bien, milord. El rey, excitado por el señor
cardenal, organizó un escándalo
terrible: la seño ra de Vernet ha sido echada, Putange exiliado, la señora
de Chevreuse ha caído
en desgracia, y cuando vos quisisteis volver como embajador de Francia, recordad,
milord, que el
rey mismo se opuso.
-Sí, y Francia va a pagar con una guerra el rechazo de su rey. Yo no
puedo veros, señora; pues
bien, quiero que cada día oigáis hablar de mí. ¿Qué
otro objetivo pensáis que han tenido esa
expedición de Ré y esa liga con los protestantes de la Rochelle
que proyecto? ¡El placer de
veros!. No tengo la esperanza de penetrar a mano armada hasta Paris, lo sé
de sobra; pero esta
guerra podrá llevar a una paz, esa paz necesitará un negociador,
ese negociador seré yo.
Entonces no se atreverán a rechazarme, y volveré a Paris, y os
veré, y seré feliz un instante.
Cierto q ue miles de hombres habrán pagado mi dicha con su vida; pero
¿qué me importaría a mí,
dado que os vuelvo a ver? Todo esto es quizá muy loco, quizá muy
insensato; pero decidme,
¿qué mujer tiene un amante más enamorado? ¿Qué
