según su fantasía
y calmaba a su capricho, Georges Villiers, duque de Buckingham, había
emprendido una de esas
existencias fabulosas que quedan en el curso de los siglos como asombro para
la posteridad.
Por eso, seguro de sí mismo, convencido de su poder, cierto de que las
leyes que rigen a los
demás hombres no podían alcanzarlo, iba erecho al fin que se había
fijado, por más que ese fin
fuera tan eleva do y tan deslumbrante que para cualquier otro sólo mirarlo
habría sido locura. Así
es como había conseguido acercarse varias veces a la bella y orgullosa
Ana de Austria y hacerse
amar a fuerza de deslumbramiento.
Georges Villiers se situó, pues, ante un espejo, como hemos di cho, devolvió
a su bella cabellera
rubia las ondulaciones que el peso del sombrero le había hecho perder,
se atusó su mostacho, y
con el corazón todo henchido de alegría, feliz y orgulloso de
alcanzar el momento que durante
tanto tiempo había deseado, se sonrió a sí mismo de orgullo
y de esperanza.
En aquel momento, un puerta oculta en la tapicería se abrió y
apareció una mujer. Buckingham
vio aquella aparición en el cristal; lanzó un grito, ¡era
la reina!
Ana de Austria tenía entonces veintiséis o veintisiete años,
es decir, se encontraba en todo el
esplendor de su belleza.
Su caminar era el de una reina o de una diosa; sus ojos, que despedían
reflejos de esmeralda,
eran perfectamente bellos, y al mismo tiempo llenos de dulzura y de majestad.
Su boca era pequeña y bermeja y aunque su labio inferior, como el de
los príncipes de la Casa
de Austria, sobresalía ligeramente del otro, era eminentemente graciosa
en la sonrisa, pero
también profundamente desdeñosa en el desprecio.
Su piel era citada por su suavidad y su aterciopelado, su mano y sus brazos
eran de una
belleza sorprendente y todos los poetas de la época los cantaban como
incomparables.
Finalmente, sus cabellos, que de rubios que eran en su juventud se habían
vuelto castaños, y
que llevaba rizados, muy claros y con mu cho polvo, enmarcaban admirablemente
su rostro, en el
que el censor más rígido no hubiera podido desear más que
un poco menos de rouge, y el
escultor más exigente sólo un poco más de finura en la
nariz.
Buckingham permaneció un instante deslumbrado; jamás Ana de Austria
le había parecido tan
bella en medio de los bailes, de las fiestas, de los carruseles como le pareció
en aquel momento,
vestida con un simple vestido de satén blanco y acompañada de
doña Estefanía, la única de sus
mujeres españolas que no había sido expulsada por los celos del
rey y por las persecuciones de
Richelieu.
Ana de Austria dio dos pasos hacia adelante; Buckingham se precipitó
a sus rodillas y, antes de
que la reina hubiera podido impedírselo, besó los bajos de su
vestido.
-Duque, ya sabéis que no he sido yo quien os ha hecho escribir.
-¡Oh! Sí, señora, sí, vuestra majestad -exclamó
el duque-, sé que he sido un loco, un insensato
por creer que la nieve se animaría, que el mármol se calentaría;
mas, ¿qué queréis? Cuando se
ama se cree fácilmente en el amor; además, no he perdido todo
en este viaje, puesto que os
veo.
-Sí -respondió Ana-, pero debéis saber por qué y
cómo os veo, milord. Os veo por piedad hacia
vos mismo; os veo porque, insensible a todas mis penas, os habéis obstinado
en permanecer en
una ciudad en la que, permaneciendo, corréis riesgo de la vida y me hacéis
a mí correr el riesgo
de mi honor; os veo para deciros que todo nos separa, las profundidades del
mar, la enemistad
de los reinos, la santidad de los juramentos. Es sacrilegio luchar contra tantas
cosas, milord. Os
veo, en fin para deciros que no tenemos que vernos más.
-Hablad, señora; hablad, reina - dijo Buckingham-; la dulzura de vuestra
voz cubre la dureza de
vuestras palabras. ¡Vos habláis de sacrilegio! Pero el sacrilegio
está en la separación de
corazones que Dios había formado el uno para el otro.
-Milord -exclamó la reina-, olvidáis que nunca os he dicho que
os amaba.
-Pero jamás me habéis dicho que no me amarais; y, realmente, decirme
semejantes palabras,
sería por parte de vuestra majestad una ingratitud demasiado grande.
Porque, decidme, ¿dónde
encontráis un amor semejante al mío, un amor que ni el tiempo,
ni la ausencia, ni la
desesperación pueden apagar, un amor que se contenta con una cinta extraviada,
con una
mirada perdida, con una palabra escapada? Hace tres años, señora,
que os vi por primera vez, y
desde hace tres años os amo así. ¿Queréis que os
